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colectivo de mujeres

Los kilómetros de tela que tejen memoria

Un colectivo de mujeres y hombres se reúne cada semana en Bogotá para unir retazos de sus vidas. Desde hace 11 años, entre agujas de colores y costuras sus integrantes tejen historias de esperanza, resiliencia y transformación.

Bogotá es la ciudad más grande de Colombia. En ella se combina lo antiguo y lo moderno, lo natural con lo industrial, pero también la vida millones de personas, muchas de las cuales llegan en busca de oportunidades o por fuerza mayor, como la que ha llevado a más de seis millones de personas a dejar su hogar y desplazarse dentro y fuera del territorio como consecuencia de la violencia contemporánea, según el Centro Nacional de Memoria Histórica.

En un país donde la violencia y el conflicto se han normalizado, a menudo se pasa por alto la importancia de escuchar y comprender al otro. Rara vez surgen diálogos desde la expresión emocional, y pocas veces reflexionamos sobre las historias que han marcado el camino de quienes nos rodean. Es por esta razón, y con el objetivo de enmendar un país tan fragmentado, que el bordado, la costura y el tejido puede ofrecer un medio y una excusa para el encuentro entre diversos sectores, un laboratorio para que personas de todas las edades encuentren bienestar emocional y físico, como sucede en El Costurero Kilómetros de Vida y Memoria.

Este colectivo, pionero en el país y fundado en 2013, surgió como una estrategia de acompañamiento a víctimas, principalmente mujeres, de diferentes formas de violencia. Todo comenzó con el testimonio de una madre que perdió a tres de sus cuatro hijas en medio del conflicto. Como acto de homenaje, ella cosió un cubrelecho utilizando las ropas de sus hijas, fusionando así la memoria de sus seres queridos con su cuerpo mediante la acción repetitiva y meditativa del tejido.

Cada jueves, de dos a cinco de la tarde, este espacio liderado por la psicóloga Claudia Girón, su directora, se abre en el Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. Aquí se comparten historias, se borda y se recuerda. Es un espacio itinerante y abierto, con una población diversa que incluye tanto a mujeres como a hombres. Estudiantes, profesores, profesionales y ciudadanos de diferentes ámbitos se han sumado a este colectivo, aportando desde su experiencia y conocimiento. Todos son bienvenidos a participar en esta experiencia de esperanza y transformación de memoria ciudadana.

Construir caminos de sanación

Sostener con firmeza las agujas de tejer y dar forma a la lana entre los dedos es un acto que evoca recuerdos, lágrimas y la voluntad de compartir para iniciar el proceso de sanación. En lugar de relegar al olvido las experiencias vividas como víctimas de violencia, los participantes del costurero narran sus historias, estableciendo una conexión con su cuerpo y su territorio.

Hablar de sanación, perdón y reconciliación implica comprender que hay experiencias que tienen sentido recordar y conservar, mientras que otras necesitan ser soltadas sin recurrir al olvido como mecanismo para borrar. Este proceso se vuelve esencial cuando algo ya no nos beneficia, y es aquí donde el arte desempeña un papel fundamental. "Nos permite procesar y expresar, liberando la humanidad y manteniéndonos atentos a la solidaridad, al dolor del otro y a alimentar el alma", afirma Marlen Eslava, quien hace parte del taller desde el 2015.

Aunque el Costurero acompaña principalmente a víctimas de diversas formas de violencia vinculada al conflicto político, social y armado, también se presenta como un espacio para cualquier persona que busque mejorar su bienestar mental y emocional. Mercedes Giraldo, quien hace parte del costurero desde hace un año, dice que el bordado y la tela le han brindado la oportunidad de expresar el dolor tras el fallecimiento de su hijo y de entender los tipos de violencia que ha vivido. 

“Aquí empecé a fortalecer mi propia red de apoyo, que no solo me ayudó a entender las diferentes violencias que hay en los pueblos, los procesos que viven las personas que se desplazan, pero también la información necesaria sobre el suicidio, que es el motivo de la muerte de mi hijo, que murió en 2022”, dice Mercedes, contando que el bordado y la tela le han permitido crear una red de apoyo para compartir sentimientos que resultan difíciles de expresar verbalmente.

En este laboratorio social, las agujas se mueven al ritmo de las historias, creando un lienzo único que va más allá de ser una manta. Es un tejido de memorias, un canto a la vida y un símbolo de la resiliencia humana, donde el dolor se transforma en arte y la memoria se convierte en un puente hacia la paz. Las manos de mujeres y hombres en el taller simbolizan la fuerza y la capacidad de transformación, así como el diálogo que fortalece los vínculos desde nuevas masculinidades y feminismos.

"Acá hay mujeres y hombres que quieren pensarse diferente y replantear este sistema patriarcal que los ha afectado a ellos y a nosotras muchas más", señala Girón. A pesar de las dificultades para abordar la emocionalidad en un país atravesado por tantas heridas, el taller se erige como un espacio necesario para confrontar y transformar, contribuyendo a la construcción de un futuro más compasivo y lleno de memoria.

Creacción: crear y generar acciones

La palabra tejido adquiere un significado especial al tomar parte en la construcción de una comunidad que fue obligada a perder su tierra y que ahora busca renacer desde un espacio de resistencia contra el olvido y la impunidad, colaborando con diversas organizaciones de víctimas. Claudia Girón destaca la importancia de abordar violencias estructurales y visibilizar prácticas que han sido normalizadas.

Además del bordado, la costura y el tejido, el colectivo también ha explorado la creación de narrativas testimoniales a través de performances teatrales, de danza, y de música, o a través del libro virtual Textimoniando: trayectorias y haceres textiles, con el que los participantes del costurero han sumado sus voces y expresado por qué consideran importante entrelazar sus vidas con las de otros. Girón destaca que la posibilidad de corporalizar experiencias a través del arte ayuda a generar conciencia sobre la necesidad de reflexión y acción para conmover, emocionar, sensibilizar y crear iniciativas conjuntas.

El propósito del colectivo va más allá de la elaboración de productos tejidos y cosidos; se trata de crear piezas colectivas que, al unirse en un tejido común de "kilómetros" de largo, adquieren significado en acciones estéticas de intervención en el espacio público. Esto incluye acciones como envolver el Palacio de Justicia en 2016 junto con otros 40 artistas y colectivos, así como cuidar con amor a la tortuga Pazciencia, la mascota del grupo que simboliza la idea de que la ciencia de hacer la paz comienza por encontrar la paz con el propio cuerpo.Este espacio se erige como un refugio donde tejer no solo implica la creación de objetos, sino también recordar, llorar, compartir y comenzar el proceso de sanación. Blanca Díaz, líder social de la Comunidad Indígena Wayúu y víctima del asesinato de su hija, su esposo y otros familiares, describe al grupo como "hormiguitas guerreras", comprometidas a llevar sus performances y su costurero a cualquier rincón al que sean invitados junto con sus compañeras y compañeros. Buscan envolver la justicia, unir historias y luchas, como Francisco Bustamante, artista plástico de la Asociación MINGA y uno de los fundadores del costurero, lo dejó en sus versos:

No queda más salida que reescribir la historia de los innombrados…
Hacer barquitos misteriosos que en la noche le cantan versos de amor a los hijos distantes, mientras tejen ausentes sus mujeres.  
Un pedazo de tela gritando vida en un telón de colores y de cuentos,
describiendo el pasado con ojales, cuellos, senderos y paisajes.
No queda más que reescribir la historia de los imposibles.

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