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El último sobreviviente de Tower Records

El último sobreviviente de Tower Records

Fotografía

En la tienda La Música, del centro de Bogotá, continúa trabajando Ricardo León, el man del afro que influenció a toda una generación de melómanos como vendedor de discos en Tower Records. Isaac Hayes, William Vinasco Ch. y Frank Sinatra hacen parte del reparto de su biografía musical.

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acia principios de 1997 la revista Semana anunciaba que, como parte de su estrategia de diversificación, la Casa Editorial El Tiempo estaba contemplando traer a Colombia la franquicia de Tower Records, por entonces la más importante cadena de tiendas musicales en el mercado de Estados Unidos, Europa y Japón. La empresa era la niña consentida de Russ Salomon, un empresario nacido en Sacramento durante la Gran Depresión, y llegaba a nuestro país con la intención de afianzar sedes también en Venezuela y Ecuador.

En poco tiempo las manos detrás del negocio de Tower Records supieron que habían dado en el clavo: su megatienda de 1200 metros cuadrados en el segundo piso del Centro Comercial Andino era todo un éxito. La expansión continúo con una sucursal en Cali, segunda tienda de la cadena en el país, y durante quince años el gigante amarillo y rojo gobernó el horizonte de consumo musical de los colombianos abriendo tiendas por todo nuestro territorio.

La cadena de tiendas se convirtió en punto de encuentro y fuente de provisiones para una ávida generación de melómanos y coleccionistas. El grueso número de importaciones y la amplia oferta de productos relacionados con la música (libros, revistas especializadas, películas, conciertos, colecciones de videoclips, etc.), hizo de Tower Records el lugar al que uno tenía que ir si estaba buscando construir una colección respetable. Para quienes empezamos a construir una colección a partir de las visitas a este universo autocontenido de canciones, una figura inmediata aparece en el recuerdo cuando evocamos nuestras mesadas invertidas en discos compactos: el hombre del afro, Ricardo León Farfán.

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Ricardo, Richie para la clientela de una vida, se ha convertido a fuerza de una vida dedicada a la música en un ícono popular de la cultura bogotana. Era usual verlo cargar una pila de álbumes bajo el brazo mientras usaba con orgullo su chaleco amarillo con letras rojas. Hace veinte años los melómanos sabían que si buscaban una referencia era él quien podía encontrarla entre la plétora de discos que gobernaba. Sin embargo, su camino en la música comenzó mucho antes de su paso por Tower, en la prolífica década de los setenta cuando, aún joven y bachiller, Ricardo encontraba la mejor manera de gastar las horas en las casetas de discos y libros de la calle 19, zona del centro de Bogotá en la que se formaron desde hace medio siglo los melómanos capitalinos. Quizás entonces, recién llegado de Honda, Tolima, Ricardo sabía que su destino estaba entre discos y canciones, entre las historias humanas detrás de los íconos musicales.

“Toda la vida me ha fascinado la música”, explica Ricardo apoyado sobre los álbumes de Foo Fighters y Rammstein del almacén La Música en el que trabaja desde hace varios años.  “En esa época estudiaba en el Colegio Moderno Americano, que quedaba en la calle 106 con 13A, y todos los santos días hacía lo mismo: salía de allá y me venía para acá, para el centro, a la calle 19 que, en esa época, tenía las casetas de libros y de música en la pura calle. Yo era feliz porque a mí me gustaba pararme en las casetas a escuchar lo que ellos decían, porque uno aprendía. Uno aprendía que fulano de tal que tocaba en tal grupo antes había tocado en tal otro, y cosas así por el estilo. Eso lo alimentaba a uno, le metía a uno mucha información”, cuenta Ricardo mientras de los altoparlantes del almacén reproducen clásicos decembrinos. “Ahí empezó la fiebre. Eso fue en los años setenta. Esas casetas duraron allá hasta mediados de los ochenta, más o menos. Ya finalizando los ochenta, casi sobre los noventa, fue que desaparecieron: los desalojaron de ahí e hicieron el centro comercial Omni 19, en la calle 19 con carrera octava. Eso básicamente lo hicieron para ellos”, explica Ricardo sobre el comercio del disco hace décadas en la ciudad.

Cuando terminó su bachillerato había tomado la decisión que lo llevó a trabajar con el mercado del disco, del que aún vive a sus 65 años. “Hice radio con William Vinasco en una emisora que se llamaba Beverly Hills y empecé a viajar a Venezuela, sobre mediados de los ochenta. Porque, en aquellos días, si uno quería buena música, tenía que ir allá. Iba allá, traía música y a ellos mismos, a los de la 19, les vendía lo que había comprado. Luego llegó el año 98, que fue cuando inauguramos Tower Records. Fueron quince años que duró en el centro comercial Andino. Recuerdo aquella época con agrado, porque eso dejó mucha escuela para uno. Se conoció a mucha gente y se pudo explorar mucha música”.

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Tower Records abrió promediando la década de los noventa, poco tiempo antes de que explotase el fenómeno de la piratería que, aunado a la llegada del iPod, terminó por desbaratar el modelo de negocios de la tienda. “Un detalle que no se olvida es que, en ese año, en el 98, cuando inauguramos Tower, se nos fue Frank Sinatra. Se nos agotó todo lo de Sinatra en la tienda, eso quedó barrido, barrido”, recuerda Ricardo sobre sus primeros días en la tienda.

“Eran buenas épocas de ventas y compradores, y lo particular era que ellos no buscaban tanto un buen vendedor como un buen asesor”, explica Ricardo sobre aquella relación que nació con la apertura de la tienda y que no terminó hasta que las luces del local de Andino se apagaron para siempre. “A veces llegaban buscando algo y no sabían cómo se llamaba la canción, no sabían cómo se llamaba el artista que la tocaba. Uno empezaba a sacarles información: ‘¿cómo suena? ¿Puede tararear un poquito? ¿Dónde lo vio?’. Prácticamente uno les adivinaba el nombre”. Este era y sigue siendo el talento de Ricardo, como si detrás de su afro icónico se escondiera la enciclopedia mundial de la música. El vendedor es pronto en dar información detrás de todas las grabaciones, entiende la importancia histórica de cada uno de los lanzamientos y enumera los músicos de cada grabación. El día de nuestra entrevista estuvo explicándome el último álbum de Santana, los músicos originales que lo componen y la idea detrás de su título, IV. Para Tower Records, por política institucional desde los Estados Unidos, era clave no solo tener a un buen vendedor sino también y sobre todo a un buen conocedor. “Salió un anuncio en El Tiempo que decía que a quienes les gustaba mucho la música, que tuvieran una cultura musical, se presentaran, que había trabajo para ellos. Ahí quedamos”, recuerda Ricardo sobre el proceso de selección. 

Esta atención al detalle, esta fascinación por la minucia de la producción de un disco fue parte fundamental de su formación autodidacta en la venta de música. “Siempre he escuchado de todo. Nunca me he quedado en un solo género, en un solo ritmo, y he oído de todo un poquito”, dice bajando los hombros, con la tranquilidad de una persona que maneja a la perfección su arte y, por ello mismo, no presume de sus conocimientos. “Pensaba ‘si quiero ser bueno en lo que hago, tengo que oír de todo para saber responder, porque no quiero que me suceda lo que pasa en la mayoría de las tiendas donde la gente llega a conseguir alguna cosa y no la encuentra’. Hay dos cosas que son lo peor que le puede pasar a una disco tienda: que llegue alguien a preguntar algún disco, una canción o artista y que el que salga a atender no sepa qué le están preguntando y, lo otro, es decir ‘hombre, no lo hay’”, cuenta mientras le hace señas a un cliente que viene a buscarlo.

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Sin embargo, como todos, hay un artista que ocupa el centro de sus afectos musicales. “Un disco en particular y un artista en particular que toda la vida me ha gustado es Isaac Hayes”, suelta sobre sus intereses particulares. “Él fue y siempre ha sido mi artista favorito. Toda su música me gusta, pero, en especial, su obra maestra es el álbum de la película Shaft (1971). Para mí fue algo que me marcó porque a mí me tocó esa época, en el colegio, del buen soul. El soul fue algo que nos entró muy fácil a nosotros los latinos en los setenta. Fue muy facilito que entrara. Ese disco era algo muy adelantado porque era una banda sonora y nunca nadie había mostrado en una banda sonora tantos ritmos afro, por decirlo así. Tiene soul, blues, jazz, funk, todas esas cosas. Eso lo hizo él y por eso se ganó el Oscar y como tres premios Grammy, me acuerdo mucho. Fue algo que me marcó. Todavía lo tengo y todavía lo escucho. Fue un pionero”, complementa sobre la leyenda musical cuya importante discografía, desafortunadamente, ha quedado un tanto eclipsada por su último trabajo como la voz de Chef en South Park, la irreverente serie animada de Comedy Central.

Tras la caída de la torre

En el tarot de Rider Waite pocos arcanos mayores son tan interesantes como La Torre. Dos figuras ataviadas con trajes reales caen con los brazos abiertos hacia el vacío de una torre que arde en llamas por la herida ígnea de un rayo. Hacia los aires de una noche oscura, una corona dorada se desprende de la cima del edificio, mientras en el cielo llueven centellas amarillas y chispas. La torre es la representación del cambio en su sentido más radical, un instante en el que nuestras estructuras fundamentales se desbaratan. Sin complicar demasiado el símil, el final de Tower Records marcó el final de una era y el inicio de otra, un momento que venía anticipándose desde el cambio de milenio pero que a todos nos tomó por sorpresa, pues viramos del consumo físico hacia el uso indiscriminado de plataformas de streaming muy rápidamente. Fue la transformación más radical y revolucionaria que ha tenido desde su formación la industria de la música y el titán que sostenía la torre de discos que era la empresa de Ricardo no pudo soportarlo. Aunque la marca ha renacido recientemente como un servicio de venta en línea, su presencia en Colombia desapareció hace tiempo, aunque logró mantenerse a flote bastante más que su sede principal en los Estados Unidos, cuya última tienda física cerró en 2006, hace quince años.

“La música hoy en día, o lo que llaman música hoy en día, es simplemente una moda porque son cosas que se hacen por la fiebre momentánea. La mayoría de las veces, cuando eso pasa, queda en el olvido. No lo vuelven a tocar en ninguna parte”, reflexiona Ricardo sobre el momento actual de la música. “Eso no pasaba en la época antigua, en la época de nosotros, en que la gente nunca se olvidaba de los grandes grupos. Sobre todo, en aquella etapa en que se veía el buen rock. Era muy interesante. Hoy en día la música es una moda”, concluye. Y su historia al estilo del abuelo Abe Simpson frente al limonero tiene sentido: cada día la música va perdiendo esa calidad de pertenencia y arraigo que implica poseer una copia física de tu álbum favorito.

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En la era del streaming pareciera que el estatus de un álbum ha virado hacia la necesidad de lanzar cada vez más y más producciones, de recolectar sencillos exitosos en un solo lugar del algoritmo. La música no implica ya una actitud de escucha atenta. Se ha convertido en ruido incidental para nuestra cotidianidad: el gimnasio, los trayectos solitarios en el transporte público, el escapar del ruido de la calle con dos audífonos puestos. “El físico siempre será mejor que lo virtual. Eso es como tener una novia virtual, ¡hágame el favor!”, asevera Ricardo y no puedo sino coincidir con él después de una pandemia de dos años utilizando Bumble y Tinder para aferrarme a la idea del contacto humano.

“A uno le daba tristeza en la época en que llegó el CD porque a todo el mundo le metieron ese tiempo de que no había como el CD, que el LP desaparecía, que estaba obsoleto pasado de moda, que era muy incómodo andar con un poco de discos debajo del brazo” recuerda. “A uno le daba tristeza porque salía a la calle y veía la cantidad de discos tirados en la acera. La gente ni los regalaba, mucho menos los vendía. Y vaya a ver hoy en día lo que vale un LP y un LP de esos. Eso sí que da tristeza”. Ricardo conservó sus discos, que coleccionaba desde bachiller, y a ellos sumó también discos compactos que fue adquiriendo en su actividad en Tower Records. Tras el final del titán en nuestro país, sin embargo, Ricardo siguió trabajando en la venta de discos. Hoy hace parte de la nómina capitalina de los almacenes La Música, con varias sedes en centros comerciales del país. Discretamente ubicado en el segundo piso de un Dollar City en la carrera séptima con calle 22, a distancia de apenas unas calles del lugar en que se ubicaban las casetas musicales de su juventud, Ricardo sigue siendo el rey de una jungla que sobrevive a la adversidad del mercado digital. Con su melena ahora teñida de canas, sigue dirigiendo a una manada de melómanos que apuesta todavía, y cada vez más, por el formato físico. 

El futuro de la música física

“La verdad es que había una decisión tomada de desaparecer el LP. Todavía le sigo diciendo LP, porque así lo conocí yo: long play, LP”, recuerda Ricardo mientras va mostrando los últimos prensajes que Codiscos ha lanzado de vallenato. “Eso era lo que quería, pero no pudieron. La gente no les dio papaya para que lo desaparecieran. Hoy en día es lo que más se vende, nada que hacer. A mí me parece fabuloso porque la gente de hoy en día, que son los que más están comprando el LP porque no les tocó, está en la fiebre de comprarlo: lo encargan, esperan a las importaciones y vienen a preguntarlo seguido”.

Con el resurgimiento del mercado del vinilo, las disco tiendas aún tienen una oportunidad frente al streaming. El público que hoy consume este formato, que no es ya el que ponía cualquier copia prensada por Tutti Frutti, el restaurante Las Acacias o Seguros Bolívar para celebrar las navidades, disfruta y vive en torno a su colección de discos. El objeto físico ha regresado como símbolo de lujo y hoy, como hace tiempo, puede comprarse también la tornamesa en los almacenes de música. No son ya las pesadas radiolas que fungían como mueble central de la casa de los abuelos, sino que poseen diseños dinámicos y piezas en plástico que las hacen más asequibles, además de que son más portátiles y ligeras. “Los vinilos son costosos por la sencilla razón de que los que están al frente de las compañías disqueras se creyeron el cuento que le echaban a la gente de que eso iba a desaparecer. Aquí toda compañía prensaba sus LPs y de un momento a otro las desaparecieron y no volvieron a prensar en Colombia”, explica Ricardo sobre las razones detrás del alza del formato. “Los discos colombianos toca traerlos importados y llegan con ese dólar que está en la quinta nebulosa. Antiguamente se prensaban los LPs aquí y se traían de afuera, pero tenían que llegar a buen precio para poder competir con el LP local y estos carajos se tiraron al mercado”.

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“Sinceramente, ese cuento que le han metido a la gente de que esto desaparece es carreta”, dice optimista el vendedor. “Porque la música no se va a acabar, no se van a acabar los músicos. Siempre habrá discos nuevos. Si nos ponemos a mirar las cosas como son, como dicen los gringos, se acabarán las disco tiendas en partes como Europa o Estados Unidos porque allá es la mata y el que quiere comprar algo ya lo compró. El que quiere seguir comprando de forma legal se mete a Internet, ordena el disco y se lo llevan hasta la casa. Por eso desaparecieron la mayoría de las disco tiendas allá. Pero aquí no, porque como dicen los mismos gringos, nosotros somos muy oldies, y esa cultura nos tiene amarrados. Es una redundancia válida: es una cultura de culto. Y es algo que se está valorando y que valoro”.

Esa tarde volví a comprar un álbum de Tool que había perdido en un trasteo. Cuando volví a escucharlo recordé cuando Ricardo me lo había vendido por primera vez hacía años. Hoy, muchos de los que escribimos sobre música y que tenemos una colección de discos y LPs recordamos con cariño alguna conversación sostenida hace un par de décadas entre los 1200 metros de Tower Records con Ricardo. Entre publicidad de lanzamientos recientes que replicaban a artistas en cartón de tamaño real, vigilados por hileras infinitas de discos dormidos en cajas de plástico, los habituales del local aprendían y compartían puntos de vista con este León de llamativa cabellera. El hombre del afro, Richie para quienes lo conocen de siempre, sigue siendo el rey de la música en Bogotá y siempre tiene una historia en labios para que nos enamoremos más de nuestros artistas favoritos. Verlo es una excusa para el diálogo, para volver sobre el arte de la conversación, para aprender y divertirse en torno a un objeto de común afecto. Recordando a Rubén Blades en el “Prólogo” de su Maestra vida, “por eso, como siempre, la música no es más que un pretexto”.  

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Ignacio Mayorga Alzate

Literato e historiador del arte, selector de vinilos y periodista cultural. Aprendió a leer en silencio para que no se lo llevara el Diablo. Fanático de lo periférico, lo terrorífico y lo sangriento. Escribe frases largas y párrafos extensos. No muestra su rostro en video.

Literato e historiador del arte, selector de vinilos y periodista cultural. Aprendió a leer en silencio para que no se lo llevara el Diablo. Fanático de lo periférico, lo terrorífico y lo sangriento. Escribe frases largas y párrafos extensos. No muestra su rostro en video.

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