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Multitasking

¿Cómo es tener TDAH en la época del multitasking?

Ilustración

La atención, el bien más preciado y escaso del siglo XXI, parece casi un mito entre la cultura del multitasking. A través de su experiencia con el TDAH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), la autora explora cómo el camuflaje social termina siendo el salvavidas de esta época para las personas neurodivergentes.

“Pagar arriendo. Regar matas. Comprar tomates. Subir archivo. Llamar a mamá. Pedir cita. Editar el texto”, recito mientras lavo los platos y caliento el agua para el café. Como una lista desplegable, mi cabeza siempre está pensando en lo que debo hacer, haciendo otras cosas. Por casa tengo post-its, libretas, calendarios y un tablero para tratar de abarcar la data que mi cerebro lanza, pero no siempre guarda. En mi celular, además de Notion, Notas y Calendar (aplicaciones para organizarse), tengo un chat conmigo misma en WhatsApp sin mucho sentido: mensajes diarios de ideas, pendientes y notas de voz que me envío a mí misma como un archivo del presente.

Al salir de casa, me preparo para la guerra de la información, mi ritual va más allá del celular cargado. Siempre llevo una libreta y un lapicero, no por la iluminación literaria de la periodista cazadora de ideas o la poeta maldita con constante inspiración; ojalá. Es más por una cruda necesidad: lo que no anoto o grabo se desvanece como el nombre de la persona que acabo de conocer. 

Es así, simplemente deja de existir, se pierde en los circuitos de mi cerebro como un archivo borrado sin retorno. Ese dicho de “lo que no se nombra no existe” es mi mantra personal y la única forma en que mi vida personal y profesional puede funcionar. Quisiera decir que pasa desde hace un par de años, o hasta una década, pero lo cierto es que desde que aprendí a leer y escribir ha sido así. 

Mucho antes de entender qué era una agenda o la importancia de una rutina, ya había diseñado la mía. En una hoja de papel cuadriculado, anotaba cada paso del día. La lista iba desde las tareas más básicas, como bañarme y desayunar; las que requerían concentración, como hacer las tareas; o las que más me gustaban, como ver a Lizzie McGuire. Todo iba anotado detalladamente en una lista que pegaba en la puerta del clóset. Funcionó: no sé lo que es perder una materia o asignatura en mi vida académica.

Cuando ser distraída tuvo un porqué

Hace unos meses, recibí una llamada de mi EPS, para proponerme un chequeo general. La conversación tomó un giro inesperado: me ofrecieron probar un nuevo programa de salud mental, agendándome una cita psicológica. A pesar de que ya recibía terapia particular, insistieron un par de veces para poder “mejorar sus servicios”. Finalmente, accedí.

La cita de psicología vino primero, seguida de una con psiquiatría. Después de un cuestionario larguísimo, la psiquiatra hizo una pregunta clave sobre mi herencia genética y, basándose en la información, me envió un examen neuropsicológico para descartar cualquier trastorno. Ese fue el momento previo a enterarme de mi TDAH.

Para comprender lo que significaba ese diagnóstico, tuve que buscar su definición clínica. Según el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-5), el Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad, más conocido como TDAH, se clasifica como un trastorno del neurodesarrollo. Sus principales características incluyen la inatención y la hiperactividad-impulsividad, que a menudo se traduce en desafíos para mantener la concentración y terminar tareas. Las personas con TDAH también pueden experimentar dificultades para seguir instrucciones, organizar sus actividades, controlar sus movimientos y regular sus emociones. Y aquí es importante aclarar que los adultos con TDAH, también fueron niños con TDAH.

De hecho, las manifestaciones del TDAH suelen ser más claras en la niñez, pues los entornos sociales como el colegio permiten notar los síntomas. El estereotipo de un niño con TDAH es la hiperactividad motora, la dificultad para concentrarse en una sola labor como sus compañeros, y la impulsividad, que a menudo suele ser el rasgo más problemático y evidente de la situación.

Los niños con TDAH suelen tener un bajo rendimiento escolar y problemas de conducta, mientras que los adultos enfrentan dificultades en las relaciones interpersonales, la estabilidad laboral y la salud mental, con un mayor riesgo de ansiedad y depresión.

Para Yaneth Urrego, neuropsicóloga adscrita a Colsanitas, “el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo de origen neurobiológico con una carga genética importante, que afecta las funciones ejecutivas del cerebro. No hay una causa única, sino una combinación de factores genéticos y ambientales que influyen en su desarrollo”, por lo que una persona con TDAH adulto lo tiene desde la infancia, aunque sus síntomas pudieran haber pasado desapercibidos. 

En adultos con TDAH, la hiperactividad y la impulsividad suelen disminuir notablemente a diferencia del TDAH en la infancia. Sin embargo, el déficit de atención suele persistir, manifestándose en la dificultad para completar tareas, la distracción y la falta de organización del espacio físico. Según el artículo Trastorno por déficit de atención con hiperactividad: un problema de salud pública, “[en] contra [de] lo que antes se creía, el TDAH de la niñez no siempre desaparece en la adolescencia ni posteriormente (…) de 49 a 66% de los casos en la niñez persisten en la adultez, y que de 3.3 a 5.3% de los adultos podrían tener TDAH (sin incluir casos nuevos por lesiones neurológicas)”.

Aunque pueda parecer una condición silenciosa, el TDAH en adultos se vive hacia adentro, en un territorio más introspectivo que a menudo se confunde con la ansiedad o la depresión. Tanto que aún se discute su validez, su nombre, su existencia misma. Pero el diagnóstico no es algo que se improvise, es un proceso que requiere cuestionarios, entrevistas y una evaluación clínica rigurosa a cargo de psicólogos, psiquiatras o neuropsicólogos. En mi caso, fue un proceso lento y extenso, pero revelador.

Primero, tuve una entrevista con psiquiatría, donde revisamos mi historial familiar, ahí surgió la primera sospecha que llevó a la remisión con neuropsicología. Luego vinieron diferentes pruebas: algunas fueron pan comido, otras casi me sacan un ojo del estrés. Este tamizaje cognitivo evaluaba mi velocidad de procesamiento, memoria verbal y visual, flexibilidad cognitiva, léxico y resolución de problemas. Una de estas pruebas, por ejemplo, consistía en resolver ejercicios de razonamiento lógico dictados, los cuales debía resolver mentalmente con mapas y cálculos en mi cabeza.

Cuando recibí el diagnóstico, la primera en conocer los resultados fue mi psicóloga particular. Se mostró sorprendida: no esperaba que las pruebas confirmaran un TDAH, ya que durante nuestras sesiones no veía en mí los rasgos típicos del trastorno. Luego, me explicó que aquello podía deberse al masking, pues me las he arreglado para desenvolverme de manera funcional dentro de la sociedad.

El masking como flotador de la vida adulta

Masking o “camuflaje social” es un término utilizado en la psicología para explicar el mecanismo de adaptación social para “disfrazar” o reprimir las verdaderas emociones o pensamientos. Básicamente, una máscara para encajar y reducir el rechazo de la incomodidad social. Pero este comportamiento es más común de lo que parece, tanto en personas neurotípicas como neurodivergentes.

El masking puede ser utilizado en contextos laborales, emocionales y hasta identitarios. En personas neurodivergentes, su función principal es imitar conductas neurotípicas como sostener el contacto visual al hablar con alguien, o copiar gestos y actitudes que expresan seguridad. Y aunque es una estrategia que funciona, a largo plazo, más que ayudar a sobrevivir, se convierte en un lastre agotador.

En el caso de las mujeres neurodivergentes, el masking suele ser una práctica aprendida —y casi impuesta— desde la infancia por parte de los cuidadores. El contexto social establece un modelo de crianza profundamente marcado por el género, en el que se enseña a las niñas a regular su conducta, disimular sus emociones y ajustarse a las expectativas que se tienen sobre las mujeres. El problema es que esto dificulta el reconocimiento de los síntomas en procesos de diagnóstico de TDAH en mujeres.

En el artículo “La mujer con TDAH, esa gran desconocida” publicado por la web sobre Salud Mental del Hospital Sant Joan de Déu en Cataluña, se explica que “Las mujeres desarrollan estrategias de compensación, lo que se traduce en una menor probabilidad de fracaso escolar y problemas de conducta, más facilidades para tener y mantener un buen trabajo o gestionar correctamente su casa y su familia. Puede parecer sencillo, pero lo cierto es que este aparente éxito en la gestión de los síntomas les pasa una factura muy alta, ya que requiere un esfuerzo sobrehumano por pasar desapercibidas e intentar encajar”.

Y a ese camuflaje que funciona como salvavidas en los entornos sociales se le suma un nuevo mandato del mercado laboral: el multitasking. Una exigencia casi demoníaca que nos pide ser pulpos, trabajar con treinta y ocho pestañas abiertas en la cabeza y sentir que en ese caos hay virtud. Porque ser más productiva, más funcional más útil se convirtió en la santísima trinidad del agotamiento moderno.

El cerebro humano y el mito del multitasking

La multitarea, también conocida como multitasking no es un término reciente, pero tampoco surgió con la psicología. Nació en los sesenta como un término informático para describir la capacidad de la computadora IBM —International Business Machines Corporation—, la primera en ejecutar varias tareas a la vez. Con el tiempo, la metáfora se trasladó al cuerpo humano y se convirtió en un ideal de eficiencia laboral. Este tomó fuerza en los ochentas y noventas, justo en el auge del capitalismo corporativo y el imaginario del empleado ideal: alguien capaz de responder correos y coordinar llamadas con una sonrisa de oreja a oreja.

Contrario a lo que se cree, el cerebro humano no puede realizar múltiples tareas a la vez; se alternan tareas, más no se ejecutan simultáneamente. En lugar de ser más eficientes, aumenta la posibilidad de cometer errores y reprocesos. Así lo explica Leonardo Palacios, profesor de Neurología de la Universidad del Rosario y neurólogo adscrito a Colsanitas: “Un ser humano no puede realizar más de dos cosas bien hechas a la vez. Esto se demuestra en situaciones como conducir y usar el celular, donde la atención se distrae brutalmente”.

El neurocientífico Daniel J. Levitin en su artículo “Why the modern world is bad for your brain”, advierte que cambiar de tarea constantemente tiene un costo biológico real. Cada vez que el cerebro desvía su atención de una actividad a otra, la corteza prefrontal y el cuerpo estriado consumen glucosa oxigenada —el mismo combustible que utilizan para mantener la concentración—. Ese cambio rápido y continuo, explica, agota las reservas energéticas tan deprisa que terminamos sintiéndonos exhaustos y desorientados, incluso después de poco tiempo.

Aunque la cultura laboral celebra la multitarea, la evidencia científica va en dirección contraria. Un estudio del Laboratorio de Cognición Aplicada de la Universidad de Utah encontró que solo una de cada cuarenta personas puede realizar dos o más tareas a la vez sin perder rendimiento. En otras palabras, el 98 % de nosotros no somos multitarea, por más que insistamos en creerlo. Como lo resume la revista Psychology Today en el artículo “This Is Your Brain on Multitasking”: “Solo el 2 % de las personas pueden hacer malabarismos sin que se les caiga una pelota, o sin que ninguna de ellas deje de elevarse”.

Si bien el TDAH ha existido desde siempre, el contexto del siglo XXI sumergido en la sobreinformación y el multitasking hace que los síntomas sean aún más evidentes. Además del costo cognitivo para el cerebro, esta sobreestimulación empeora la capacidad de atención sostenida, que es la habilidad de mantener la concentración en una sola tarea por un largo periodo de tiempo, especialmente si es aburrida o repetitiva.

Estrategias neuropsicológicas para el TDAH en la era digital

Previo a mi diagnóstico, durante la consulta con la neuropsicóloga, le expuse mi disonancia con la multitarea: por más que lo intentara, siempre terminaba rumiando varias actividades a la vez, dejando algunas inconclusas y abandonando otras. Llegué con la esperanza de encontrar una solución o, al menos, un modelo adaptativo para lidiar con mi mente dispersa. La especialista me explicó que, para sobrellevar los desafíos del TDAH en el mundo moderno, era esencial aprender a tolerar la frustración y, sobre todo, a ser persistente.

Además de la psicoterapia cognitivo-conductual, inicié un entrenamiento en funciones ejecutivas: métodos personalizados de planificación, priorización y organización de tareas. Aprendí a dividir los proyectos grandes en pasos pequeños y manejables. Dándole la razón al dicho: quien mucho abarca, poco aprieta. La psicóloga clínica Tatiana Malagón, especialista en evaluación y diagnóstico neuropsicológico, recomienda precisamente estrategias como las microtareas: fragmentar el trabajo en unidades de dos a diez minutos para estimular la concentración, reducir la ansiedad y evitar la procrastinación.

Vivir con TDAH en medio de pantallas, se asemeja a luchar contra un monstruo frívolo y corporativo que solo es visible para mí. Para dar esa batalla, el enfoque más eficaz es el tratamiento multimodal, que combina la psicoterapia, la intervención familiar —en el caso de niños, para guiar a los cuidadores— y, cuando es necesario, el apoyo farmacológico. Allí, la psiquiatría cumple un papel crucial tanto en el diagnóstico como en el seguimiento del tratamiento.

Más allá del acompañamiento profesional, existe una responsabilidad personal: cultivar hábitos neuroprotectores. Mantener una alimentación equilibrada, realizar actividad física, meditar y dormir adecuadamente son prácticas que fortalecen las funciones ejecutivas y el equilibrio emocional. En ese proceso, desarrollar habilidades de autorregulación se vuelve tan importante como cualquier terapia: son las que permiten sostener una vida funcional en medio del caos.

La vida con TDAH es una conversación permanente entre el impulso y el control. En mi caso, esa conversación tardó años en llegar. Y aunque un diagnóstico en la infancia me habría ahorrado incontables frustraciones, hoy puedo ponerle un nombre a lo que antes solo era culpa: la lentitud, la distracción, el intento de seguir un ritmo que nunca fue mío, aunque moviese cielo y tierra. También, sin saberlo, había aprendido a hackear un sistema que premia la eficiencia y castiga la contemplación.

Ahora, tengo la posibilidad de reconocerme no lineal, pero igualmente capaz. Alguien con una sensibilidad por el orden que puede sobrellevar, casi siempre, cualquier imprevisto, incluso cuando mi propia voluntad se resiste. Descubrí que mis ideas, aunque a veces parlanchinas y desmesuradas, me han traído hasta aquí: a materializar lo que alguna vez solo imaginé, a construir un cuarto silencioso para pensar dentro de la casa ruidosa que mi mente habita.

Mariana Martínez Ochoa

Periodista. Escribe artículos y crónicas sobre arte, diseño, cultura y salud mental. Entusiasta de la cultura popular, la tecnología y la ciencia. Le gustan las “matas”, las fuentes claras y el chocolate espeso.

Periodista. Escribe artículos y crónicas sobre arte, diseño, cultura y salud mental. Entusiasta de la cultura popular, la tecnología y la ciencia. Le gustan las “matas”, las fuentes claras y el chocolate espeso.

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