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Vivo conectada y me estoy perdiendo: entre doomscroll y content fatigue

Ilustración

En una era de doomscroll, fatiga digital y consumo incesante de contenido, la autora explora cómo la hiperconectividad ha transformado su manera de pensar, recordar y relacionarse, y se pregunta qué implica, hoy, intentar recuperar una vida mental más lenta, atenta y propia.

“Nueve horas y 52 minutos de tiempo en pantalla”, decía mi última notificación. 

Aproximadamente 150 días del año le he prestado atención a contenidos en redes sociales. Ya no recuerdo a los perros que caminan por mi barrio durante sus paseos, al color cambiante del cielo cuando toca la montaña o a la familia que observaba desde la ventana de mi cuarto. Pensarlo me da ganas de llorar, pero ya tengo el celular en la otra mano y seguramente abriré TikTok.

Diría que llamarlo una adicción es exagerado, pero la definición de esa palabra según la Real Academia Española es “dependencia de la práctica de una actividad” y yo reviso el celular por inercia: lo siento vibrar cuando no hay mensajes y miro, una y otra vez, la misma pantalla sin notificaciones nuevas, hasta que aparece alguna o hasta que se me acaban las historias de Instagram. Si se descarga —las pocas veces que ocurre—, en menos de cinco minutos ya está conectado a la energía, y yo, en alguna posición incómoda, conectada a él.

“Nueve horas y 52 minutos de tiempo en pantalla”, decía mi última notificación. 

Aproximadamente 150 días del año le he prestado atención a contenidos en redes sociales. Ya no recuerdo a los perros que caminan por mi barrio durante sus paseos, al color cambiante del cielo cuando toca la montaña o a la familia que observaba desde la ventana de mi cuarto. Pensarlo me da ganas de llorar, pero ya tengo el celular en la otra mano y seguramente abriré TikTok.

Diría que llamarlo una adicción es exagerado, pero la definición de esa palabra según la Real Academia Española es “dependencia de la práctica de una actividad” y yo reviso el celular por inercia: lo siento vibrar cuando no hay mensajes y miro, una y otra vez, la misma pantalla sin notificaciones nuevas, hasta que aparece alguna o hasta que se me acaban las historias de Instagram. Si se descarga —las pocas veces que ocurre—, en menos de cinco minutos ya está conectado a la energía, y yo, en alguna posición incómoda, conectada a él.

Lo que he perdido

Ahora que mi vida y mi trabajo se ven atravesados día a día por una inmediatez abrumadora, recuerdo mi infancia, cuando viajaba a visitar a mis abuelos a Barranquilla desde noviembre hasta enero. Recuerdo la emoción que significaba escuchar mi nombre en boca de mi madrina a las seis de la tarde, porque eso quería decir que mi mamá estaba llamando desde Bogotá para saber cómo había sido mi día. Recuerdo el silbido ensordecedor de mi abuelo, reclamándole a mi primo —reunido con sus amigos en la esquina del parque— que ya era hora de regresar a casa.

Recuerdo sentarme cerca de mi abuela para intentar entender los sudokus que la acompañaron en sus últimos años de vida, cuando su cuerpo ya no le permitía mandar sobre la casa, la cocina ni los nietos. Recuerdo el ruido de las Navidades, cuando mi mamá por fin llegaba y se reunían todos sus hermanos para recibirla, hablando uno encima del otro, mientras afuera mis primos y yo corríamos con algún juego inventado que, muy probablemente, terminaría dañando las matas más preciadas por un balonazo. Lo recuerdo con nostalgia porque nada de eso existe ya.

Ahora se escucha más la mezcla de videos que salen de cada celular que las palabras de quienes están presentes. Puede que esté siendo víctima de la nostalgia, es cierto, porque la tecnología también es maravillosa. Mis papás viven fuera del país y tener la posibilidad de hablar con ellos y ver sus rostros en cualquier momento me quita un poco la sensación de estar perdiéndome sus años de descanso, sus cambios, sus nuevas arrugas. Mi mejor amiga vive en Australia y las 15 horas de diferencia parecen menos cuando podemos llamarnos inmediatamente. 

Honestamente, sin redes sociales —y sin la importancia que recae sobre ellas en esta sociedad— yo no tendría trabajo. Aun así, sí extraño la vida sin un teléfono en la mano: esa que no me permitía saber todo lo que estaba pasando en el mundo entero un minuto después de que ocurriera.

“La calidad de todo era distinta: del sueño, del tiempo, de las conversaciones, incluso de la formación académica”, me comentó mi amiga María Lucía cuando hablábamos de nuestra adicción al celular. Nueve horas, dice su tiempo en pantalla. Y es que, desde hace unos años —me atrevería a decir que desde la pandemia—, como humanidad empezamos a relacionarnos de manera distinta con la tecnología. “El internet ahora se siente más vacío, como un eco en el pasillo, incluso ahora que está repleto de más contenido que nunca”, escribieron en el artículo “Why the internet isn’t fun anymore” de The New Yorker. Allí mismo agregan que las redes sociales solían ser un lugar de conversación y reciprocidad, mientras que ahora consisten, principalmente, en ver y escuchar. Es como si nos hubiéramos quedado sin mente y sin voz de tanto contenido que consumimos.

Es un fenómeno que le pasa a tantas personas que ya tiene su propio nombre: content fatigue. Lo vivo todos los días. Son tantas las recomendaciones, opiniones, pódcast sin propósito y videos de personas cortando jabón en diferentes figuras que, más allá de ser un escape en redes sociales, se han transformado en una causa de agotamiento. Las redes sociales se han tornado en dementores para mi alma. Su inmediatez dejó de ser una vía ideal para mantenerme informada y se convirtió en una constante ansiedad, movida por la necesidad de enterarme de qué nuevas maneras el mundo se está acabando. Minuto a minuto. Sin un respiro. La tragedia, el desasosiego, los chismes, bailes, nuevos trends, todo sucede en todas partes al mismo tiempo y mi cerebro está agotado y ansioso de esta información que fluye como una llave abierta. 

Vogue Business escribió un artículo al respecto llamado “How ‘Unplugging’ Became Luxury’s Most Valuable Currency” —Cómo “desconectarse” se convirtió en el lujo más valioso—. Allí hablan de cómo las personas, especialmente la generación Z, están regresando a lo análogo en respuesta a la fatiga digital. Y claro que lo noto: en cosas tan pequeñas como la popularización de las cámaras de rollo y digitales, que se han vuelto protagonistas del feed de Instagram, incluido el mío. Ese breve sentido de presencia y de interacción con un objeto que te dará un resultado tras una espera nos mantiene bajo la ilusión de estar viviendo de manera más intencional. Pero también en decisiones más drásticas: en mi círculo social, más de la mitad de mis amigas han borrado TikTok o Instagram de sus celulares para obligarse a estar más presentes en el día a día.

Lo que intento recuperar

No sé qué tan diferente sería mi vida si un día simplemente decidiera apagar mi celular y no encenderlo de nuevo. No sé si, sin esa distracción a la mano, empezaría a retomar el piano, como me lo prometí a comienzos de este año. Tampoco sé si entonces cumpliría mi promesa de aprender un tercer idioma, probablemente portugués. No sé si esta falta de hobbies necesariamente viene del aparato que he revisado aproximadamente treinta veces mientras escribo este artículo, pero me debo a mí misma el tiempo libre de distracciones tecnológicas para averiguarlo.

Lo que no tengo es la voluntad, o al menos no la suficiente para este tema en particular. No me funciona llenarme de fuerza mental para dejar el celular a un lado y acabar ese libro que tengo desde hace varios meses en la mesa de noche; entonces debo implementar nuevos escenarios. Hay quienes deciden comprar teléfonos móviles antiguos, en los que las llamadas telefónicas son su única función, dejando sus smartphones de lado durante el día. Sin embargo, ya que mi trabajo consiste en navegar redes sociales diariamente, mis ajustes deben ser menores. 

Mi teléfono permite controlar, irónicamente, su consumo desmedido a través de horarios en los que las aplicaciones que yo elija se bloquean y requieren ingresar una contraseña cada vez que intento usarlas. El problema es que ya lo intenté y termino quitando la función o ingresando “15 minutos más” de tiempo en pantalla quince veces.

He leído mucho al respecto, y recuerdo especialmente dos artículos. El primero, “Can You Reclaim Your Mind?” de The New Yorker, en el que el autor reflexiona sobre si es posible recuperar su capacidad de pensar, ser imaginativo y crear en un mundo lleno de distracciones. El segundo, “Can’t stop doomscrolling? The ‘Brick’ helped me unplug”, de The Washington Post, donde la autora explora un aparato llamado Brick que físicamente bloquea las aplicaciones y notificaciones de tu teléfono y requiere más que una clave para volver a hacer uso de ellas. 

Sin embargo, lo que me marcó de sus reflexiones no fueron los métodos —que no fueron pocos: borrar aplicaciones, comprar computadores de mesa en lugar de portátiles, gastar 59 dólares en un ladrillo anticonsumo, etcétera— sino lo que tuvieron en común: la certeza de que dejar el celular de lado no les devuelve, al menos de inmediato, la capacidad de aburrirse, de concentrarse y de conectar con otros. Ambos autores se enfrentaron a una mente que no sabía qué hacer con tanto silencio. A unas manos que no recordaban qué hacer sin una pantalla en ellas. Lo que sí encontraron fueron más incógnitas y un poco de claridad. “Empecé a preguntarme: ¿qué es lo que de verdad me importa cuando no hay una audiencia?”, escribió la autora de uno de los artículos.

“Lo que más extraño de un mundo sin celulares es la calidad de los espacios compartidos con las personas que amo”, me comentó mi amiga Luisa. “La privacidad”, dijo mi mamá. “La conexión con el exterior, con la naturaleza”, explicó Malú. Lo mío ya lo he dicho, ponerlo en práctica tomará esfuerzos incómodos: sí, quizás borrar aplicaciones que sé que aún no puedo controlar; pero más allá de eso, tener(me) la paciencia de saber que no retomaré en unas semanas aquello que llevo años perdiendo. Mi manera de consumir información de forma rápida y sin fondo ya trascendió el celular, por lo que los esfuerzos por escuchar conscientemente y comprender más allá de lo obvio atravesarán no solo mi tiempo en pantalla, sino mis relaciones interpersonales.

Mi meta es volver a tener la paciencia para leer detenidamente los artículos que no me suenen particularmente interesantes, escuchar y recordar perfectamente las historias largas de las personas que amo, las oraciones diarias de mi mamá. Vivir atentamente sin sentir que el mundo ocurre y yo me lo estoy perdiendo. O incluso preguntarme: ¿Y qué si sí? 

Zamira Caro Grau

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

Comunicadora social y periodista de la Pontificia Universidad Javeriana. Nacida en Barranquilla, pero hija adoptiva de Bogotá desde los cuatro años. Disfruta inmensamente escribir sobre música, mujeres, viajes, bienestar y las películas del año que la han hecho llorar. La puede leer en revista Bacánika y en Diners.

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