Tantas revistas han muerto, y aún así: de la nostalgia del impreso
¿Qué perdemos cuando desaparece una revista? ¿Qué es lo que hace que se vuelvan coleccionables, entrañables, memorables? Evocando la historia y la voz de algunas de ellas, mientras recorre su propia historia y amor por estas publicaciones, la autora nos cuenta en este ensayo sobre la belleza de las miradas impresas.
Echa un vistazo a las estanterías de cualquier quiosco o tienda de revistas y encontrarás una gran variedad de publicaciones que reflejan prácticamente todas las necesidades y deseos humanos.
Jeremy Leslie
Tantas revistas han muerto.
Cuando la revista Ms. salió por primera vez en la primavera de 1972, buscaba ser un espacio para las mujeres. Lejos de quedarse en los temas que para la época y el formato eran comunes como la moda, la casa y el cuerpo estereotipado, pusieron el foco en las labores del cuidado, el aborto, los roles de género, la sororidad, el lenguaje inclusivo, los contratos matrimoniales, la transversalidad y otras maneras del amor. Editada por la periodista Gloria Steinem, la activista Dorothy Pitman Hughes y otras mujeres de la segunda ola feminista, Ms. se convirtió en un refugio. Tan solo con un número afuera, recibieron una cantidad incontable de cartas que decían cosas como estas: "Hermanas, compré la edición preliminar y la devoré. Es difícil creer que una revista pueda ser tan personal. Prácticamente todos los artículos me llenaron de valentía".
Las revistas, pequeños universos periódicos que buscan dar una estampa fragmentada de un mundo, existen para acompañarnos. Edición tras edición, independiente del tema, estos dispositivos presentan artículos, imágenes, palabras, secciones, cartas, índices, gráficos y gestos editoriales que le hablan a un nicho y pretenden mediante asociación –entre lector y editor, entre lector y creadores– moldear y elongar el pensamiento. Las revistas son encuentros.

A Ms. claro, no la vi morir. Nadie lo ha hecho. Pero he visto otras.
Entré a estudiar periodismo a la Universidad de Antioquia con el sueño adolescente, que aún conservo con ligeros cambios en la forma, de vivir en Nueva York y ser editora de moda de una revista construida en algún rascacielos al sur de la isla. Me imaginaba produciendo editoriales enormes con fotógrafos que supieran torcer la luz, editando y escribiendo ensayos sobre objetos, buscando cómo acomodar palabras y vectores para que dieran cuenta de la belleza que existe. No me fui a Nueva York y no tengo aún una oficina en un piso alto, pero sí hice una revista de arte y diseño mientras cursaba la carrera porque, al parecer, tenía afán. Me junté con amigos y amigos de amigos y la llamamos Mamba. En cada número pensábamos un tema –arte pop, sastrería, art déco, surrealismo, color– y rastreábamos en nuestra curiosidad cómo atomizar esos conceptos históricos y plásticos.
La muerte de Mamba, que ocurrió varios años y cinco ediciones después de arrancar, me pareció obvia porque es trabajo duro, desgastante y mal pago en un país como Colombia, pero también me llenó de orfandad. Las revistas son encuentros porque desde su génesis suceden en colectivo. Cada página se hace a punta de múltiples oficios que coinciden para rodear un mismo asunto y ampliarlo. Marco Velardi, uno de los fundadores de la revista Apartamento, que se dedica a mostrar interiorismos honestos de casas de artistas y creativos, dijo alguna vez que esta publicación estaba impulsada por la curiosidad de su equipo, “por explorar nuevos caminos, conocer gente nueva y, sobre todo, compartir nuestros descubrimientos y nuestra emoción”. Una revista es un tejido común.

La idea de hacer Mamba vino con la entrada al mundo de las revistas independientes y de nicho. Crecí como lectora dispersa pero constante de publicaciones seriadas de grandes casas editoriales como Vogue, Tú, Harper 's Bazaar, BOCAS, Arcadia. Pero fue cuando vi proyectos como MC1R, dedicada a los pelirrojos; o Gym Class, una revista sobre revistas; o Sepp, que unió la moda y el fútbol; o Sirene, que hablaba del océano sobre un papel hecho de algas; que vi la posibilidad de construir una. Supe con estas que no todas las revistas estaban hechas para públicos inmensos que las esperan mes a mes, sino que eran posibles aún con pequeños grupos de lectores y con más tiempo entre entregas. Y sobre todo, entendí que podían ser objetos de diseño.
Tantas revistas han muerto y aún así, permanecen sobre las mesas de las salas de las casas, en los estantes de las bibliotecas, en revisteros de estilo moderno.
Aunque decir revistas independientes y de nicho puede ser amplio, suelen nombrarse así a las publicaciones de juntes, marcas, individuos u oficinas con periodos de lanzamientos más amplios, papeles pensados y buscados, ediciones muchas veces temáticas y robustas y, sobre todo, un diseño cuidado, propio de lo que vale la pena guardar.
Mueren las revistas, tal vez, se diluyen las conversaciones que posibilitaron que el papel y la tinta tomaran esa forma específica, muere la promesa de esa continuación, pero los objetos en tanto bellos, insisten en conservarse.
Wil Huertas, un diseñador editorial y director de arte de publicaciones como BOCAS, Habitar, Objectives y docente del curso de Doméstika de cómo hacer una revista, ha dicho que el diseño editorial es una de las líneas más ricas del diseño gráfico “porque incluye color, diagramación, tipografía, fotografía, ilustración, infografía”. También, goza de la lejanía de un canvas plano y estático y de la sorpresa de lo que ocurre al voltearse la página y encontrar invariablemente algo distinto. Diana Vreeland, una legendaria editora de moda que guió la mirada en Vogue y en Harper 's Bazaar buena parte del siglo XX, escribió una frase igual legendaria que decía así: The eye has to travel. Se traduce literalmente como “el ojo debe viajar”. En su construcción, no pretendía dar una explicación de lo que son las revistas pero lo hizo. Una revista es un viaje gregario que se hace para mirar, interpretar y registrar, y a la vez crear un camino armonioso en papel que puede ser luego avistado por otros.

En los últimos años, en Colombia dejaron de publicarse revistas que proponían diálogos y panorámicas sobre la cultura, el arte y la creación como Vice, Shock (que incluso desapareció su archivo digital), Noisey, Soho, Cartel Urbano; desaparecieron desfinanciadas y casi siempre en silencio, con apenas unas palabras en algún canal digital que había terminado por tomarse el espacio que en otro tiempo había ocupado el impreso. Summus, que ya no existe pero se fundó en el 2008 y narró sobre la intersección que veían sus editores entre el lujo y la inteligencia desde las oficinas de El Espectador, contó la historia de Rubén Toledo, el artista, bailarín, músico y coleccionista cubano que retrató el mundo para Louis Vuitton, la del chef peruano del restaurante Central Virgilio Martínez, la del escritor y fabricante de muebles Wendell Castle, la del inversionista de arte Asher Edelman. Ofrecía perfiles poco comunes de personajes sin coyuntura que ahora son rarezas dentro de la prensa nacional.
Es solo a través de esa curaduría que se crean las atmósferas y se fundan los entornos. Esa búsqueda –honesta, pausada, humana– de construir una narrativa con intención y afecto, de depurar lo que no merece ser contado, de renunciar y rehacer, es lo que rodea de sentido una revista y es eso lo que se pierde cuando cierran. En el mejor de los casos el papel sobrevive y queda ese entramado de ideas a manera de historia, pero se rompe la conversación y con ella el relato colectivo que acaba de completarse con el lector.
Si cada revista inaugura un mundo, su muerte es entonces una interrupción, un canal cortado de esas curiosidades colectivas y específicas que quedan sin ocasión y sin refugio. Tantas revistas han muerto, y aún así, seguimos a la espera de la siguiente.
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