Carta de amor a Art Attack
La voz y la sonrisa de oreja a oreja de Rui Torres continúa en nuestra memoria gracias al icónico programa de Disney. Este fue el primer puente al arte de muchos niños y adolescentes latinoamericanos. Uno de ellos, el autor de esta carta, quien desde su adultez visita la nostalgia del engrudo especial que hoy une su vida.
Dicen que hay amores que se vuelven grandes maestros de vida. Desde esa vez que te topé en mi pantalla, supe que tenías algo especial, pero fue este ejercicio de escribirte, después de casi 15 años sin verte en la televisión, lo que me llevó a esta conclusión.
Aunque Rui Torres decía que “no necesitaba ser un experto para ser un gran artista”, nunca valoré esas palabras durante la adolescencia. En aquella época solo disfrutaba de tu programación televisiva. Ahora, desde mi adultez, soy consciente que, más que convertirme en un dibujante, pintor o escultor, tu propósito fue darme lecciones para la vida. Buscabas impulsarme a probar cosas nuevas, a ser consciente de los pasos que recorro, a valorar la paciencia.
Los recuerdos que tengo de ti se remontan a los episodios que grabaste del 2000 a 2003, emitidos y retransmitidos en el canal de televisión distinguido por las orejas de ratón. Aquellos que presentó Rui Torres durante dos temporadas, junto a sus colegas El Cabezón y Neil. Un carismático mexicano, con las apariciones de un busto parlanchín y un británico ingenioso, se convirtieron en los puentes para comunicar un valioso mensaje: la vida es una obra en constante construcción; una que moldeamos en el día a día y que siempre está retándonos o revelándonos momentos maravillosos.

Es imposible eliminar de mi memoria ese sonido estridente con el que te anunciabas: una alarma que capturaba mi atención y me obligaba a observar la pantalla por los casi 20 minutos que estabas al aire. La antesala de aquel gancho sonoro se acompañaba de un jugueteo de pinceles, lápices, reglas, escuadras y tarros de témperas, que terminaban con una mancha de pintura roja que revelaba tu nombre: Art Attack.
Luego, Rui nos adentraba en el proyecto más especial del programa. El contenido más extenso del episodio y con el que iniciábamos los attackazos artísticos. La idea era poner atención a los materiales y seguir las instrucciones. Creábamos sapos, insectos, gremlins, diminutos guardias de seguridad, e incluso televisores. Prácticamente, nos convertías en una especie de deidad que, para dar vida a sus creaciones, en lugar de recurrir a poderes sobrenaturales, utilizaba elementos sencillos.
Había un material recurrente en todo lo que elaborabas. Hablo de ese engrudo especial, compuesto de “dos partes de pegamento blanco por una de agua”. Una amalgama que, valiéndose de tiras de papel de baño o de cocina, servía para recubrir estructuras fabricadas con cajas de cartón, globos o papel periódico.
Mientras mostrabas resultados inmediatos, yo esperaba por horas—o incluso días— a que mi engrudo especial secara. Al replicar esos grandes proyectos, me demostrabas que para alcanzar un logro importante en la vida se requiere de tiempo, empeño y una buena dosis de paciencia. En ese proceso, el engrudo se tornaba esencial. No era lo que se veía al final, pero era lo que mantenía todo unido, como las decisiones que tomamos sin saber si funcionarán. O como los vínculos que nos sostienen cuando aún no estamos listos.

Actualmente, estoy a pocos meses de terminar un gran proyecto. Creo que todas esas reflexiones son oportunas para resumir mi experiencia. En lugar de esperar días para tenerlo terminado, han pasado más de 4 años. Ha involucrado sacrificios, disciplina, apoyo, miedos, pero también grandes alegrías y satisfacciones. Lo que más me costó fue tomar la iniciativa de empezar a realizarlo. Tal vez el encierro de la pandemia fue el motor que me impulsó a aceptar un nuevo reto.
Te hablo de la decisión de estudiar una profesión que siempre había soñado para mi vida, pero que no perseguí tan pronto culminé el bachillerato. Algunos creerían que fue empezar desde cero, luego de haber terminado la carrera de contaduría y llevar 4 años ejerciéndola. Yo, en su lugar, prefiero pensar que todos esos años sirvieron para recolectar los materiales iniciales para adentrarme en ese sueño de convertirme en periodista y como decía Rui, ir al attacke.
Una base financiera y antecedentes universitarios fueron los elementos con los que inicié ese gran proyecto. Aunque para serte honesto, lo que más tenía al principio era miedo. Sabía que al transitarlo estaba saldando una deuda conmigo mismo. Aun así, no dejaba de pensar en el futuro ni de cuestionarme si había tomado la decisión correcta. Con el tiempo, esta obra ha ido tomando forma. Se han sumado herramientas que la han nutrido, y también momentos de frustración que me han enseñado a ajustar, esperar y seguir.

Muchos dirían que la culminación de esta segunda carrera sería el momento definitivo para mi gran exposición artística, pero no estoy tan convencido de eso. Sí, habrá un producto terminado, celebrado y elogiado, pero soy consciente de que el periodismo es una profesión que me obliga a moldearme todo el tiempo. Cada nueva historia que cuento, cada persona que entrevisto y cada espacio que visito son herramientas que me seguirán construyendo.
En este camino de convertirme en periodista, también valoro las obras a gran escala de Neil. A pesar de la distancia contextual que sentía por los lugares que visitaba, sus creaciones siempre me acercaron a ti. Aprendí a fijar la mirada en cada detalle para poder responderle a Rui qué había dibujado él y en dónde había utilizado una llanta, una piedra, un cepillo o una sombrilla.
El trabajo de Neil me enseñó dos lecciones esenciales. La primera: la importancia de observar un paisaje en su totalidad sin perder de vista las partes que lo componen. La segunda: que un objeto, por cotidiano o insignificante que parezca, puede adquirir un nuevo sentido al ser incorporado en otro contexto. En lo personal, fue revelador; en lo periodístico, transformador.
Fue en el ejercicio de volver a verte, para escribirte estas líneas, que descubrí algo que había pasado desapercibido durante años. Neil, más que una parte del programa, era su origen. Fue el presentador del primer Art Attack a nivel mundial que se emitió en Gran Bretaña. No fue una figura secundaria ni un rostro lejano, fue la génesis de todo. Reconocer este hecho fue como ajustar el foco. De pronto, todo estaba más claro. Mirar con atención no solo sirve para encontrar detalles, sino para descubrir de dónde vienen las cosas que amamos.
Mientras más observaba los episodios, más entendía que no solo me enseñaste a crear, sino a recordar. El Cabezón, con sus resúmenes en los intermedios de cada sección del episodio, me mostraba que cada obra merecía ser revisitada. Que los pasos que damos, incluso los que parecen pequeños, tienen sentido cuando los volvemos a mirar. Así fue como resumí mi propio camino: el adolescente soñador, el contador insatisfecho, y el periodista en construcción.

No todos los aprendizajes venían de lo grande o lo resumido. Los Art Attack Express y los proyectos cortos que Rui presentaba al final de los episodios me enseñaban que lo valioso no siempre necesita mucho tiempo ni excesos. Que lo simple también tiene fuerza. Bastaba con dibujar usando un espejo, hacer que una figura se moviera con solo un vaivén o esbozar la lluvia. Propuestas breves, casi instantáneas, que aparecían sin alardes, pero dejaban algo sembrado.
Fue entonces cuando empecé a reconocer esa misma lógica en mi vida. En las risas de mis sobrinos cuando paso tiempo con ellos, en la compañía constante que recibo de mis hermanas, en la forma en que mi madre me lee en la revista, en el ritual silencioso de mi padre cocinando para mí. Momentos fugaces, cotidianos, pero intensos. No buscan ser grandes, pero sostienen lo esencial. También son obras y arte.
Después de recorrer los grandes proyectos, las obras monumentales de Neil, los resúmenes del Cabezón, la fugacidad de los Art Attack Express y los consejos de Rui, entendí que todos ellos no solo eran tus secciones, sino formas distintas de enseñarme a vivir. Me mostraron que el arte no solo está en lo visible, sino también en el proceso. Que recordar no es mirar atrás, sino reinterpretar. Que lo breve puede transformar, y que los detalles sostienen la totalidad.
Gracias por todo lo aprendido.
Atentamente,
Un periodista inexperto que quiere volverse un gran artista.
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