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café e identidad

La ofrenda del café: cuánto de nosotros encontramos en una taza

Ilustración

Servir una taza de café es mucho más que filtrar una bebida centenaria que se ha multiplicado entre cientos de países: es un acto de cuidado cargado de herencias, encuentros y recuerdos, algo en lo que los habitantes del sur global nos reconocemos tanto como nos diferenciamos en nuestras formas de prepararlo. Recordando su tierra desde los Estados Unidos, tomando tinto con un amigo, la autora nos cuenta.

Posada sobre el café oscuro y desprovisto del encaje de espuma que flotaba cada vez que hacía un tinto árabe, oí la voz de Mushu de Mulán decirme: “Deshonrada tú, deshonrada tu familia, y deshonrada tu vaca”. También oí la de mi abuela pereirano-libanesa, Gaby, diciendo: “Si no le sale espuma al café usted no es libanesa”.

Y, a pesar de que este sentimiento de deshonra era también producto de mi síndrome disfórico premenstrual, era más que nada una sensación cultural que la persona a quien le había hecho el café no entendía. Él no la captaba porque había crecido en una cultura gringa donde tirarse un café no era gran cosa. Había una distancia en el significado del gesto entre nosotros. 

Un espacio de traducción cultural que he habitado siempre con mis dos linajes, pero que se ha exacerbado ahora estudiando en el exterior, lejos de mi tierra donde se demuestra la generosidad y el cariño diciendo: un cafecito no se le niega a nadie

Mi amigo y artista costarricense Manfred Parales sintió un shock cultural parecido al llegar a Portland: “Para mí fue una sorpresa que una ciudad que clama ser cafetera tiene una cultura en la que la mayoría de los cafés cierran a las dos de la tarde. También fue un shock ver que acá no se usa el espacio del café como una excusa de socialización, sino que tienen una mentalidad del to go: la gente se compra un americano y algo que se pueda comer con la otra mano mientras camina hacia el trabajo. Mientras que en Costa Rica el café está tan inserto en nuestra cultura que tiene un momento específico del día en que se convierte en el detonador de un evento social”

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“Entre las tres y seis de la tarde”, me explica Manfred, “sin importar quien seas, se sirve café chorreado para encontrarse con amigos y comer bocadillos. Puede durar unos minutos así como puede extenderse hasta la cena. Por eso el café siempre fue la bebida que acompañó mis mejores y peores momentos. Recuerdo contarle a mi papá con un café la primera vez que había cortado con un novio y también acompañar con café cuando les dije a mis maes que me iba a mudar del país”. 

Esta diferencia entre lo latino y lo gringo me hizo caer en cuenta de que la manera de preparar, servir y tomar café es un ritual que denota de dónde venimos, las disputas de nuestros territorios, cómo fuimos criados y cómo nos movemos en sociedad. Un claro ejemplo del colectivismo versus individualismo que hay entre el Norte y el Sur Global.

Pero aunque el café se convirtió en la alquimia de abundancia y juntanza en nuestras tierras, no es oriundo de ellas. Como explicó la Chef colombiana Laura Insignares: “El café es migrante y encontró acá un lugar prólijo para florecer, aunque llegó aquí producto de la colonización”. De hecho, llegó a nuestros territorios —Brasil, Colombia, Costa Rica, Vietnam, Siria, etcétera—, como un grano con el que aquellos que los conquistadores les decían a los reyes: vea que sí es pa’ esa, acá crece borbotones y da réditos a lo que marca. 

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En sus inicios, según resume Diana Uribe, se dice que fue “descubierto” por monjes en Yemen donde el cafeto (la planta del café) se daba de manera silvestre y producía una sustancia (la cafeína) que agitaba a las cabras que se comían sus frutos. Cuenta la leyenda que algunos monjes sufíes notaron este efecto y empezaron a hacer infusiones (qahwa) para mantenerse despiertos durante los rituales. Luego, el imperio islámico empezó a traer a sus tierras desde Yemen y Etiopía el café que ahora llamamos arábico.  Fue allí donde se empezó a cultivar de manera sistemática y a llevar por todas las rutas de comercio. Es así como terminó llegando a Alepo (Siria) de donde son las primeras casas de café.

En ellas se conversaba, jugaba ajedrez, recitaba poesía, y surgía disidencia intelectual y política, todo con una taza de café. Esta costumbre fue apropiada luego por los colonizadores otomanos, invasión por la cual muchas veces llamamos erróneamente café “turco” a todo el café del mundo árabe. De allí el grano llegó a manos venecianas que lo extendieron por toda Europa, particularmente por Inglaterra, Francia y Portugal. Ni cortos ni perezosos que fuesen ellos, usaron el grano también como manera de financiar sus colonias en Abe Ayala, como moneda imperial. 

Francia, específicamente, se dice que fue el responsable de traer el café al Caribe, por Martinica. Y cuenta la leyenda que fue el oficial Francisco Melo quién se llevó las semillas desde la Guyana Francesa hacía Brasil, escondidas en un ramo de flores dado por Madame D’Orvilliers, esposa del gobernador de Cayena. Toda una telenovela diplomática. Este drama desenlazaría en una de las industrias imperiales más importantes de Brasil, sostenida, como la mayoría de las plantaciones coloniales, sobre los hombros de esclavos. Una realidad difícil de digerir, como el mismo café oscuro y robusto que Brasil convertiría luego en una exportación a gran escala. 

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Porque si bien el grano trae en sí el sinsabor de la conquista y opresión de nuestros pueblos, sus notas seductoras harían que luego su mismo cuerpo se convirtiera en una manera de financiar infraestructura, crear cohesión y movilidad social. Una antropofagia al mejor estilo de los artistas brasileños. Si abrimos el fruto de nuestro café colombiano nos encontramos con una historia de conquista y reapropiación similar. Por ejemplo, la Chef Laura Insignares conecta el hecho de que no le gustara el café que servían en su casa o en restaurantes cuando era pequeña con la Ley del Ripio y la Pasilla.

Esta fue la responsable de que los colombianos no pudiéramos tomar nuestro propio café de especialidad por años; y estuvo vigente hasta el 2003. “Estaba prohibido que el buen café se quedara en Colombia, todo lo especial había que exportarlo. Y para esconder los defectos de lo que se quedaba había que sobre-tostarlo. Una cosa de las más coloniales”, explicó Insignares.

Al liberarnos de esa ley y con el trabajo de educación sobre el café que han hecho distintas organizaciones, tostadores y emprendimientos como Amor Perfecto, entre muchos en distintas regiones del país, los colombianos hemos podido probar ahora sí el oro líquido que tenemos en nuestras tierras y así honrar el chisme y la camaradería de las onces con una café de calidad.

Una calidad contestada por Manfred que dice que el café que emerge de su tierra volcánica es mejor que el de Colombia, y si bien eso está por verse, los costarricenses si tienen a su favor que al ver que no podían competir con Brasil o Colombia en cantidad, decidieron dedicarse a hacer café exclusivamente de especialidad. Lo que sí comparten con Colombia es el hecho de que para los ticos, tanto como para nosotros, tomarlo es un evento de juntanza, una manera de conectar el tejido de nuestras vidas, de decirle a cualquier Otro: “tomémonos un tinto, seamos amigos”. 

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Mamá Adela, mi bisabuela libanesa lo tenía claro. Ella se levantaba a las cuatro de la mañana a hacerle tinto árabe a los guardas de su barrio en el centro de Pereira, Risaralda. Este gesto de cuidado con los extraños, es para mí una metonimia de la manera generosa de existir en el mundo de las culturas que me atraviesan: la árabe y la colombiana, costeña y paisa

Una filosofía de vida que la autora y activista Celine Semaan describió en su libro A woman is a school como una de generosidad y reciprocidad radical. Ella explica que en el Líbano (y muchas de las culturas del Sur Global) estos actos de generosidad radical son sagrados, que el anfitrión trata al invitado como si fuera dios encarnado y que la cultura funciona alrededor de compartir recursos y tener una mentalidad comunitaria. Esto se demuestra también en la ceremonia libanesa del café que describe:

Durante las muchas ceremonias de café nuestros vecinos se confesaban los unos a los otros todas las cosas que ya no podían cargar solos. Todos nos volvíamos testigos del dolor y los errores de los demás. Tomábamos café, comíamos dulces, echábamos rulo y confesábamos nuestras verdades. Nos sosteníamos mientras procesábamos, llorábamos, admitíamos culpas, y nos responsabilizábamos de nuestras propias historias. Incluso a los niños se les alentaba a compartir lo que yacía en su corazón. Las ceremonias del café eran sagradas y se convertían en un espacio para la sanación y el cuidado colectivo.

Al respecto la artista, gestora cultural y activista Ali contó cómo el café armenio era protagonista en las reuniones familiares y un lenguaje colectivo y cifrado de cuidado:

Mi mamá hacía mil rondas de café armenio, porque usualmente eran 12 personas tomándolo después de la cena. Pero lo más importante era mi abuela. Ella se sentaba a leerle la fortuna en el ripio del café a todos los familiares. Yo adoraba verla hacerlo. Y no es que ella en realidad hiciera algún acto de adivinación, era una herramienta para poder decir lo que le diera la gana.

Una vez llegó mi hermana con su novio del momento y ella le dijo que veía bebés y matrimonio y uno sabía que eso era ella diciendo “apruebo a tu novio”. Otro dáa una amiga de mi mamá le preguntó a Nana que si lo que había hecho era café turco y ella cuando le leyó el ripio le dijo “veo la perdición”, como una manera de castigarla por haber confundido su cultura con la de los colonizadores.

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Para su Nana, su mamá y ahora Ali, juntarse con los suyos a leer el ripio del café ha sido entonces continuar una tradición armenia de soporte en espacios en los que no ha sido seguro decir la verdad de manera directa. Se ha convertido en una forma de velar la palabra para poder advertir y bendecir con la ofrenda de la espuma del café.

Y es en esa ofrenda donde se encuentra su verdadera riqueza incluso estando lejos de la tierra. El punto no es el café en sí (aunque he tenido discusiones acaloradas sobre maneras de tomarlo con mis amigues), el punto es que es un detonador de encuentro, una excusa para el chisme, una alquimia del cuidado que, cada que lo pasamos del colador a la taza y de la taza a las manos de otro, lo honra en su humanidad y nos recuerda la propia. 

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