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Eider Yangana

Eider Yangana: chakaruna entre espirales

Recuperar un saber es traer el conocimiento a una lengua y a un cuerpo. La práctica de este artista Yanacona, nos remite a la complejidades que tiene enunciarse indígena, abriendo un camino desde el arte hacia un territorio, una cultura y su memoria.

En el contexto latinoamericano el cuerpo es una presencia política. El cuerpo se disciplina, se controla, se quiebra, se desaparece. Se pudre en fosas comunes, en agujeros oscuros en los que las cuencas desnudas, anónimas, contemplan la eternidad del silencio. “La presencia del cuerpo es una cosa política: transgrede los cánones tradicionales de lo plástico y lo estético. Cuestiona lo hegemónico”, explica Eider Yangana, artista caucano procedente de la comunidad Yanacona. La performance, en ese sentido y en el contexto de la historia del arte latinoamericana, es necesariamente un gesto político que responde a una visión política de un continente que está aprendiendo a definirse desde su pluralidad de identidades.

Eider Yangana entiende la función social del cuerpo, así como las formas en que éste se relaciona con una idea de trascendente espiritual que lo interpela, además de las relaciones entre individuos que se encuentran, difieren, se abrazan o comen juntos a la orilla de un caudaloso río. Nació en Popayán, pero durante sus primeros cinco años se crió en Rioblanco Sotará donde queda el resguardo indígena Yanacona, etnia de la que es parte. Enfocando su trabajo hacia el performance y la instalación, el artista se interesa por las formas de expresión humana que reflejan la búsqueda de la armonía natural, expresiones como el canto, la danza o acciones de carácter cotidiano y ritual, presentes tanto en su comunidad como en la interacción cultural con otros territorios y formas de conocimiento. Esta búsqueda genera tensiones y diálogos con los discursos de poder hegemónicos a nivel global, insertando el rescate de los saberes de los ancestros en una discusión en la que históricamente los pueblos originarios han estado excluidos.

Yangana ha participado en diversas exposiciones colectivas como el Proyecto Tesis MAC Bogotá (2015), el Salón Nacional de Artistas AUN (2016), el Salón de Arte Indígena Quintín Lame (2015-2016) y el 16 Salón Regional de Artistas, Zona Pacífico (2018). A nivel internacional, ha formado parte de la exposición "Dysfunctional Formulas of Love" en The Box Gallery, Los Ángeles, California (2017). Así mismo, fue uno de los seleccionados en la muestra del Premio Arte Joven en 2022, curada por María Isabel Rueda, con su obra Chakaruna, un video performance de 2020. 

“Nací en el 90, precisamente en el momento coyuntural de volver a revisar los saberes, a reencontrarse, un rescate de los saberes propios de la comunidad”, reflexiona Eider sobre un proceso que se cristalizó después de muchas iniciativas, como fue la del establecimiento del Predio Putumayo durante la presidencia de Virgilio Barco. “Los noventa son principalmente coyunturales a nivel político por el tema de la Constituyente y la Constitución del 91 que permite abrir espacios de reconocimiento multicultural. En esa década recién inician los procesos culturales de rescate”, añade el artista caucano, quien tuvo que salir de Rioblanco a mediados de esa década por el asedio del narcotráfico en el espacio vital de sus ancestros. 

A pesar de las victorias en el reconocimiento e integración a las conversaciones políticas y sociales de nuestro país, no deja de ser cierto que existe una distinción entre el mundo indígena y el urbanita. En ese sentido, el proyecto artístico de Yangana gira en torno a la palabra, la memoria y el territorio de sus ancestros, cuyos saberes apenas se están empezando a recuperar. Yangana funge como un puente entre personas. Su camino es el de conectar a individuos a través de su práctica, como muestra su obra participante del Premio Arte Joven.

Chakaruna, término que proviene del pensamiento quechua Yanacona, significa "gente puente", es un video instalación corto en el que el artista declama un poema en quechua. “Presenté una poesía que escribo y que traduzco al quechua, el idioma que como legado indígena nos corresponde la comunidad de Yanacona. Se pierde la lengua en la colonización porque nosotros somos una comunidad migrante de lo que era el Tahuantinsuyo, el imperio Inca”, sintetiza Yangana. El chakaruna es aquel que establece conexiones entre diferentes mundos, generaciones y culturas, convirtiéndose en una figura que le llama poderosamente la atención al artista. Yangana utiliza el lenguaje del arte contemporáneo para hacer un ejercicio de memoria y recuperación de su cultura.

El artista en formación, de escuelas y saberes

Eider Yangana se educó en Popayán y se recibió como maestro en Artes Plásticas de la Universidad del Cauca en 2024. Alternando su infancia entre las visitas a los ancestros y el devenir por una ciudad plagada de iconografía colonial, el artista demostró una temprana habilidad para el dibujo. Sin embargo, no fue sino hasta cuando recibió un curso de Fotografía en el bachillerato que empezó a reflexionar sobre el poder de la imagen. La noción de técnica fue definitoria para un joven que poco había reflexionado sobre los procesos y para quien el dibujo era poco más que un divertimento.

“Sí quería hacer algo en la universidad que tuviera un propósito de enunciación política. Hay una herencia sindicalista de mis padres que me motivaba a enunciarme políticamente desde un lugar”, explica Eider, para quien la universidad marcó un quiebre definitivo en su pensamiento. “A la Facultad de Artes de la Universidad del Cauca la definiría como una posibilidad de acceder a muchos matices. Los profesores eran diferentes entre sí: estaba el escuelero, el tradicionalista, el más contemporáneo”. 
Este grupo de docentes ayudó al joven artista a enfocar sus reflexiones a través del quehacer plástico, permitiéndole ofrecer una potencia poética y meditativa a las expresiones del arte contemporáneo que más le llamaban la atención. “Estudié con Jim Luis Fannkugen Salas, Carlos Quintero y Guillermo Marín. Ellos eran la vanguardia contemporánea en ese tiempo. Han cambiado mucho la noción del territorio, pues se trata no solo de hablar de Nueva York o de Europa sino que ha cambiado la pedagogía, los mismos estudiantes traen tanta memoria de los territorios que se reconfigura lo académico, lo teórico”.

Yangana presentó su trabajo de grado hace una década, La edad del sol. La acción desarrollada y el texto que sustentaba el ejercicio artístico giran en torno a la memoria, la palabra y el territorio, poniendo al cuerpo en el centro de la enunciación: “De todas las maneras que tiene el ser humano para expresar su ser en el mundo, me encuentro en el camino del Arte, ya que veo en la manifestación artística una forma cercana de contar nuestros sentires y nuestros pensamientos. También encuentro en el arte toda la posibilidad de mover un pensamiento social, la reevaluación constante de lo aceptado, el sendero que va hacia la utopía”, explica Yangana en la introducción del texto. 

Mitos y espirales

Existe una complejidad en el enunciarse como indígena en un país en el que el mestizaje ha sido una constante desde hace más de cinco siglos. “Nosotros llevamos un proceso de entre veinte y cuarenta años de recuperación de los saberes que se perdieron. Entonces no podemos hablar de una esencialización indígena, de que somos puros indígenas Yanaconas”, explica Eider sobre la figura de la identidad que pone en tensión a lo largo de sus acciones performáticas. “Hay una enunciación histórica y política. Está lo espiritual, están las voces de los mayores y sus silencios, pero todo tiene una postura histórica. Si uno elige el camino artístico también es para no comerse el cuento y construirse en una sola imagen”.

“Mencionaba mi padre que ese sentir indígena se lleva en el cuerpo, en la memoria, en el sentir más que en lo formal, en en lo externo, es complejo, pero era lo que nuestra condición histórica nos permitía”, reflexiona Yangana. “Lo que hago es tratar de hacer una reflexión del proceso creativo del artista, cuál es el lugar del artista en la comunidad indígena. Soy artista sincrético, me considero parte de la comunidad, pero tengo una experiencia ante lo rural y lo urbano, entonces lo que trato es de abordar ese rescate de la lengua pensando mucho en el lugar del artista y la figura del chakaruna”.

Eider Yangana puede subvertir y cuestionar los discursos hegemónicos que obran sobre el gran cuerpo social. La identidad, aunada a nuestros relatos, está fuertemente ligada a discursos de orden político, racial, cultural o económico. ¿Cómo encontrarnos en la mismidad sin eliminar la diferencia que nos hace únicos? Si cada hombre es una historia, la del artista caucano se narra a través de un proceso constante de reescritura. En ese sentido, su visión del tiempo difiere con relación a la del urbanita, convirtiendo la noción cosmológica del espiral de los pueblos originarios en un recurso poético que le permite reflexionar, a través de la presencia del cuerpo en el espacio, las maneras en las que habitamos las dimensiones que construyen nuestro mundo.

“Conversando con una amiga, Ericka Florez, de Cali, me dice ‘Usted lo que siempre hace es reformular sus obras’. Cuando me invitó al Salón Nacional de Artistas de 2022, me invitó a pensar en todo eso cuando me convocó para Epistemología vibrátil junto a otros artistas”, explica el artista sobre su quehacer. “Hay un movimiento en espiral que hace una curva, se abre el espiral y hace otra curva y, entre curvas, hay ecos. Todo esto para decir que en cada generación existe un eco entre curvas, siempre va a haber movimientos semejantes, pero que involucran épocas y circunstancias diferentes”, resume.  

El artista, lo comunitario y su público

Las acciones de Eider suceden en un momento específico frente a un público concreto. Sus acciones tienen sentido en la medida en que se interconectan con el espectador, que deja de ocupar una perspectiva pasiva para hacer parte de la obra. “Hay unas contradicciones o unas decisiones particulares que también está bueno denunciarlas. Los performances que hago son un homenaje a la memoria colectiva que uno tiene: el territorio, a su familia, a mi familia, a la gente. Pero dentro de un circuito, dentro de unos signos, se enuncia desde una autoría como artista, que es apenas una plataforma”, sintetiza el artista caucano. Al final, el artista se entiende dentro de un circuito específico y desde una visión de mundo que ha desarrollado a través de diversos aprendizajes, pero camina hacia el fin último de recuperar los saberes de la comunidad Yanacona, para también compartirlos fuera de sus espacios vitales. Es una manera, como explica el artista, de “aperturar diálogos”.

Eider ha involucrado otro tipo de manifestaciones a su búsqueda estética, pues comprende sus performances desde un ejercicio que construye imágenes poéticas. “No hay un encuentro con el espectador porque es una cosa más ensimismada, un gesto más críptico. La capacidad un poco más cerrada también es una experiencia. Empecé a explorar con otras fuerzas, el canto y la danza para salirme un poco de las herramientas plásticas. Lo que se mantiene desde el principio hasta el final es el criterio de mantener una imagen poética”. Es un gesto transgresor que pone en tensión el cuerpo, receptáculo de citas culturales, con algún tipo de resistencia, reflexionando sobre su quehacer en el espacio. 

Las acciones de Eider Yangana tienen un componente político e identitario que cuestiona la idea del desarrollo en su visión neoliberal y capitalista. “La espiral frente a esa línea que va exponencial hacia lo abstracto, que para mí es el desarrollo, el crecimiento que siempre venden en desde lo económico, más que un discurso es un vivir, es una forma de caminar“. La curva de Eider Yangana se encuentra en el camino artístico, una constante que hace un giro y vuelve, se amplifica y resuena como un eco de lo que ya ha sido. “Tú compras pollos conquistadores en la tienda en el pueblo; no las gallinas normales, sino esos pollos que son malísimos, pero están allá, en el pueblo. Ya no tomas sopa de maíz. Me gusta notar estas complejidades para no caer en el juego de solo hablar de unas comunidades muy vernáculas. Poder verlo más allá de la propia comunidad, en otros pueblos, otros territorios, que pueden ser hermanos en el proceso de resistencia política, ambiental o estética, para darse un lugar solidario y más horizontal. No tan moralmente diferente”. La curva de Yangana se encuentra con la nuestra, despierta una sensibilidad dormida, nos interpela para sabernos no tan diferentes, para que seamos representados todos. 

Ignacio Mayorga Alzate

Literato e historiador del arte, selector de vinilos y periodista cultural. Aprendió a leer en silencio para que no se lo llevara el Diablo. Fanático de lo periférico, lo terrorífico y lo sangriento. Escribe frases largas y párrafos extensos. No muestra su rostro en video.

Literato e historiador del arte, selector de vinilos y periodista cultural. Aprendió a leer en silencio para que no se lo llevara el Diablo. Fanático de lo periférico, lo terrorífico y lo sangriento. Escribe frases largas y párrafos extensos. No muestra su rostro en video.

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