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Fui al gimnasio y no morí de vanidad: un ensayo sobre la culpa

Ilustración

¿Por qué ir al gimnasio puede producir rechazo a muchas personas? La autora ensaya respuestas desde la historia de los gimnasios hasta los videos fit de Jane Fonda, y abre una parte de la espinosa discusión sobre las mujeres, la vanidad y la culpa.

Ni siquiera son las cinco de la mañana y ya estoy saliendo de mi casa. Mi mamá me dio unos guantes grises cuando me vine a vivir a Bogotá y no pensé que los fuera a estrenar para ir al gimnasio, envuelta en capas térmicas para caminar calles oscuras. Empiezo a ver un faro en el camino, ¿el oasis?; una luz blanquiazul y un letrero enorme con el precio de la mensualidad desactualizado y la palabra fitness. De dónde fue que emergió tanto hastío por este lugar que ahora parece una casita con chocolate caliente en medio de una tormenta en el bosque. Cuándo me dejé seducir por él.

Empiezo a acercarme y a escuchar de a poco el merengue escandaloso que dice “Desde que mis ojos te vieron, mi corazón sonó como un trueno, amor”. Todavía no lo sé, pero más tarde estaré intentando pasos de champeta y perreando el amanecer con lucecitas de discoteca y humo que huele a chicle.

Pienso en una escena hermosa de una serie hermosa que tal vez fue detonante para hacerme preguntas sobre todo esto. Ahí va:

Una mujer de alrededor de los cincuenta años sale a la tarima con pasos amplios y firmes a saludar al público: otras mujeres. Hay algunos puestos vacíos, no es pues, la charla más multitudinaria. A la espalda de la mujer cuelga grande y vistoso un cartel en tela blanca que dice: “Abriendo las bocas de las mujeres desde 1998”.  

Así empieza una escena del primer capítulo de la serie de comedia británica Fleabag, dirigida, escrita y actuada por Phoebe Waller-Bridge. Sigue: la protagonista, que no es la mujer que habla sino una de las que está en el público, fue a la charla con su hermana, una charla pagada por su padre para que pasen tiempo juntas. 

La mujer que dirige el espacio pregunta con tono de reafirmación:

—No sé nada de ustedes, pero necesito confirmar, así que hago la pregunta a las mujeres hoy en esta sala: levanten la mano si cambiarían cinco años de su vida por el llamado cuerpo perfecto.

La sala enmudece con tensión pero la protagonista y su hermana no dudan en levantar la mano: sí cambiarían cinco años de su vida por el llamado cuerpo perfecto. Son las únicas y las miran con asombro. Ellas giran alrededor y bajan sus manos mientras la protagonista le dice a su hermana: “Somos malas feministas”.

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El escalofriante mundo de las pin up

La idea del cuerpo perfecto como una sola cosa ha sido, además de profundamente aburrida, un lastre particular para las mujeres; ya lo advertía la teórica Betty Friedan a mediados del siglo XX en la Mística de la feminidad: el deber de poder con todo y además vernos sexys se convirtió en el quiebre de la salud mental para miles y miles de mujeres bombardeadas por las imágenes de las pin up que sacaban del horno un pastel y arreglaban la corbata de su esposo.

Y la cosa no acabó ahí: años después esa coreografía perfecta alimentada por una vanidad voraz se asoció a la falta de inteligencia, y la publicidad y la televisión hicieron lo suyo para darle de comer a esa idea de la que todavía hoy cuesta tanto sacudirse. Así pues, no había salida: existían dos tipos de mujeres en el mundo y las generaciones que llegamos después de todo esto de alguna manera nos dejamos atravesar por esa idea, no supimos cómo. 

Pero este texto no es una queja; es más bien la reconciliación con la vanidad desde otro punto de la historia, desde un ángulo más amoroso, tal vez. La reconciliación con la culpa de una adolescente esnob que desenredó, muchos años después dentro de su estómago, la serpentina de la bobería ajena y entonces, heróica, se inscribió a un gimnasio.

Máquinas para sofocar los músculos

Desde el principio, o al menos ese principio que podemos rastrear, el primer gimnasio moderno se abrió en Estocolmo en 1890; lo impulsó Gustav Zander, médico ortopedista. Las máquinas, por las pocas fotos e ilustraciones que acompañan esa historia, eran más bien sillas de odontólogo de terror para esculpir cuerpos. Se ven hombres de bigote impecable con traje y zapatos lustrados encaramados en esos artefactos hostiles. Ni una sonrisa en las fotos.

Pero fue un paso importantísimo. Zander propuso a través de ese proyecto el concepto de esfuerzo progresivo, que luego de años y años de investigaciones, cada vez más sofisticadas, sigue siendo una verdad compartida: el uso sistemático y prolongado de nuestros músculos hará que nos pongamos fuertes.

La promesa del cuerpo perfecto hizo que estos lugares dejaran de ser consultorios odontológicos con máquinas rígidas para sofocar los músculos y se convirtieran en centros comerciales de vitaminas llenas de colorantes

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El resto de la historia es sabida: llegaron los comerciales de televisión sobre batidos de colores extraños e imágenes de la imposible Jane Fonda diciéndonos con dulzura, diciéndoles a nuestros padres, madres, abuelos y abuelas, que algún día seríamos como ella, aunque supimos pronto que no. Llegaron a la par las investigaciones “científicas” que sostenían que envolverse la panza en vinipel nos volvería Schwarzenegger. 

Empezó a mezclarse el discurso de la belleza con el discurso de la salud y el éxito: si tu cuerpo es bello no estarás triste, si tu cuerpo es bello no estarás sola, si tu cuerpo es bello tendrás un trabajo. Anuncios por todas partes, anuncios muy atractivos y modernos que de a poco esparcían una ansiedad colectiva que conocemos y combatimos todavía hoy.

La madriguera de Johnny Bravo

Los gimnasios entonces se cubrieron de otras ideas: la vanidad monstruosa, el machismo en su propio nido, las conversaciones poco profundas, los chistes insultantes que solo hicieron reír al que los dijo. La promesa del cuerpo perfecto hizo, en gran medida, que estos lugares dejaran de ser consultorios odontológicos con máquinas rígidas para sofocar los músculos, y se convirtieran en centros comerciales de vitaminas llenas de colorantes, espejos impecables y una horda de testigos de Jehová de los abs marcados.

Es por todo esto que llegó la culpa: cómo era posible apoyar y pagar por un lugar que promovía y cocinaba ideas flojas, violentas y remotas.

El cuerpo es la casa que se mueve

Desde que recuerdo he estado moviendo mi cuerpo: una niñez en un solar inmenso lleno de árboles a los que subía y de los que luego no sabía cómo bajar. Desde que recuerdo he hecho deporte: mi tío D., voleibolista, tenista, apneista, me instruyó en la tarea salvaje de competir, correr, saltar. Cuando era niña me llevaba al estadio Centenario, en Armenia, y corríamos por horas. Él tenía, además, ¿o tienes todavía, tío?, una especie de paracaídas, mucho más pequeño y que se amarraba al abdomen, pero no echaba a volar entonces no me fascinaba.

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Nos perdemos de tanto, pienso ahora, y seguimos cavando en culpas y estereotipos que llegan para remplazar otros estereotipos. Qué cansancio.

Desde los cinco años competí en natación. Tengo fotos con medallas y un traje de baño que de un lado era amarillo y del otro morado. Luego entré a un colegio en el que veíamos deportes cada semestre, hasta clases de lanzamiento de jabalina en canchas larguísimas que parecían nunca acabar.

Todo muy deportivo; pero había ya desde entonces algo con los gimnasios, una especie de fobia, como si entrenarse en una máquina manchara la pureza deportiva y el espíritu real de moverse se aniquilara en medio de fotos sosas en el espejo. 

Había, además, al inicio de la adultez, un velo tan superficial sobre los gimnasios que no encajaba con la excentricidad de ser humano que queríamos ser: suscritos a cine clubes y leyendo rarezas que siempre acabaron siendo poco raras.

Pero sobre ese coexistir de placeres solo supimos mucho después e incluso ahora cuesta escribirlo: es un placer ir al gimnasio. Marcela Joya publicó en la revista Bienestar un texto sobre ellos y dijo: “Salimos de un molde para acomodarnos en otros que nos permitan caber en las camisas del feminismo. Luego decidimos que los gimnasios son para las esclavas de los moldes antiguos. Y nos perdemos de tanto”. Nos perdemos de tanto, pienso ahora, y seguimos cavando en culpas y estereotipos que llegan para remplazar otros estereotipos. Qué cansancio. 

No morí de vanidad

La vanidad existe y vive de muchas formas y se come el cerebro de la gente de muchas formas, pero también lo abraza. Hay que vivir con eso. Desde este lugar en la historia celebro la posibilidad de defender y cuestionar las ideas que defiendo y cuestiono, y también ir al gimnasio y tomarme fotos en top, y además contarlo y firmar con mi nombre. Un lujo.

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Elegir las batallas también es parte de ese ir acomodando piezas que arman un lugar en el que cabemos y nos estiramos alto y miramos amorosas las posturas cortas que no alcanzan. Y nos reímos de todo eso, que tampoco es la gran cosa.
En El robo de la Mona Lisa: lo que el arte nos impide ver, un ensayo de Darian Leader, cuentan una historia curiosa que ahora, cerrando este texto, tiene todo que ver: Joseph Duveen, un famoso marchante de arte británico, adoptó durante muchos años el hábito de barnizar un poco más sus obras. Capas y capas hasta lograr una masa gruesa encima de la pintura, todo porque había descubierto que sus clientes disfrutaban ver su propia imagen en la obra de arte, como en un espejo.

Sara Zuluaga

Periodista y editora con enfoque en narrativa, derechos humanos y naturaleza. 

Periodista y editora con enfoque en narrativa, derechos humanos y naturaleza. 

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