Ir a una cita vistiendo una camiseta de fútbol: historia de una tendencia
Lo que empezó como uniforme deportivo hoy camina por pasarelas y citas románticas. A medio camino entre la nostalgia y la moda, las camisetas vintage cuentan historias de identidad, clase y deseo que van mucho más allá de lo deportivo.
I. La cancha
—Pero, tacho, entonces si alguien le ofreciera una de las camisetas piratas que usó Santa Fe en el famoso partido de Tunja, ¿la compraría?
—¡Sí, la compró! Es que es una historia out of context.
Enrique Delgado es periodista deportivo y tiene una colección de camisetas clásicas enfocada sobre todo en la Selección Colombia y el fútbol colombiano. Entre sus más de 300 camisetas tiene la primera camiseta naranja que utilizó la tricolor en el 71, pero también camisetas de todos los equipos del campeonato nacional, desde Santa Fe, del que es hincha, hasta el extinto Cortuluá.
El apartaestudio en el que pasó buena parte de su vida lo conserva para guardar su colección: en la sala hay un perchero con unas quince camisetas colgadas (Boca Juniors, Manchester United, Palmeiras, Selección Argentina, etc.), una maleta de Millonarios del 90, una camiseta de Colombia del 2015 firmada por Mario Alberto Yepes, enmarcada, y un medio maniquí con una camiseta morada, preciosa, de la Fiorentina del 92. Las demás están guardadas en maletas dentro de bolsas Ziploc. Allí tiene desde una camiseta del Deportivo Cali del 85 hasta una camiseta del Napoli del 87 firmada por Maradona. Todas son originales, lo que en este caso, y esto es importante, significa que fueron propiedad del jugador o del cuerpo técnico.
—¿Aunque sea pirata?
—Es que la historia es muy buena y eso es lo que me interesa.

La anécdota es de aquellas que nos mantienen humildes a los colombianos. En el 2013, en un partido en Tunja, el utilero de Santa Fe olvidó empacar las camisetas de visitante, y el equipo tuvo que jugar el primer tiempo con la camiseta gris de entrenamiento con los números de los jugadores hechos con cinta de enmascarar, lo que ya es divertidísimo; sin embargo, el clímax del absurdo llegó en el segundo tiempo, cuando los jugadores salieron al campo con unas camisetas chiviadas que los utileros compraron afuera del estadio y a las que les pintaron los números con marcador rojo.
Las camisetas de fútbol pertenecen a una categoría particular dentro del circuito de la moda. Hacen parte de él desde el borde y, por tanto, no son ajenas a las dinámicas de culto y consecuente piratería que permean la industria. Pasa con los bolsos de diseñador, los jeans, los tenis, etc. ¿Cuántos Louis Vuitton o Levi's que vemos en la calle son originales? No solo acá, sino en el mundo: la piratería es un camino para poseer y, en esa medida, para pertenecer. En nuestro caso, más de la mitad de las camisetas de la Selección Colombia que vemos los días de partido son chiviadas.
Valerie Steele, directora del museo del Fashion Institute of Technology, ha insistido en repetidas ocasiones que “la moda no está separada de la cultura y la sociedad, sino que es parte de ambas”. Esto quiere decir que la moda simplemente es un mecanismo más para expresar aquello que queremos expresar, como la literatura o la música, desde quiénes somos hasta cómo nos sentimos. Por eso hablar de la camiseta de la Selección Colombia tiene tanto sentido: la usamos en partidos, asados, paseos de olla, e incluso elecciones presidenciales porque se ha convertido en una forma de expresar un sentimiento de algo más grande que el fútbol. Les sucede lo mismo a los argentinos, brasileros, italianos y, en general, a los hombres futboleros, quienes pueden ir a una cita con la novia o con el Papa o con el Rey con la camiseta de su equipo encima.
Una camiseta es un fenómeno cultural y lo interesante de los fenómenos culturales es que en cualquier momento rebasan los límites que los contienen. Pasó con las camisetas de rock: hoy no hace falta ser metacho para vestir una de Metallica o de Guns N’ Roses. Desde hace un par de años las camisetas de fútbol caminan el borde del circuito de la moda. Por eso las hemos visto en Dua Lipa, Bella Hadid o Sabrina Carpenter. Al igual que con las camisetas de rock, con las de fútbol ahora mismo no se trata únicamente del fútbol sino de lo que expresan. Y es aquí en donde el espectro se abre en dos: están quienes encuentran en ellas el reflejo de una historia personal y quienes encuentran un lienzo estético.
Enrique Delgado insiste en la idea de la historia de una camiseta, porque para él ese es el hallazgo al tener la tela entre las manos. La manera en la que lo dice es bella: “La camiseta me permite volver a jugar el partido”. Persigue la oportunidad de revivir una experiencia emocional y arrastrar el pasado al presente. La icónica camiseta roja de la Selección Colombia le permite vivir de nuevo el gol de Freddy Rincón contra Alemania en Italia 90: el pase al vacío del Pibe, el pique de Rincón, la salida del arquero, la definición por debajo de las piernas, la celebración frente a la cámara.

—Esa camiseta es imposible de conseguir. Debe haber 66 en el mundo. Había 22 para los jugadores y jugaban 3 partidos. Es una camiseta importantísima porque pertenece a una generación inolvidable para el fútbol colombiano y también porque el diseño es representativo de Adidas Originals: el modelo es oversize, los números son en felpa y el color es de un rojo muy atractivo.
En efecto, es de los modelos más pirateados de la marca, el diseño es una salvajada. Cuando Enrique señala que solo hay 66 en el mundo lo dice en serio. A partir de mediados de los 90 las camisetas comenzaron a comercializarse, esto significa que antes eran exclusivas para los jugadores y, por tanto, que la camiseta que tiene de Maradona perteneció al mismísimo Diego Armando Maradona. Enrique me cuenta que del 90 para atrás las camisetas del fútbol colombiano se fabricaban por marcas nacionales, Torino, Saeta, Comba, D'León, Línea Verde, pero no se vendían al público, hasta que llegaron Adidas, Umbro, Topper y Puma e hicieron lo suyo: ponerles precio y colgarlas en un exhibidor.
II. La pasarela
La camiseta de Colombia de Enrique fue usada por Bernardo Redin, quien anotó dos goles en ese Mundial. Redin la cambió con el alemán Jürgen Kohler, quien después la vendió a la tienda en donde Enrique la compró al dejar de pagar un semestre de la maestría que cursaba entonces. Cuando Enrique saca la camiseta de la bolsa me sorprende lo bien que está conservada: ni una hebra, ni una mancha, ni un desteñido, al contrario, la tela es gruesa y transpirable y el rojo vibra de maneras distintas según le pegue la luz.
Daniel Tello está detrás de Corner, una plataforma dedicada a promocionar este mercado mediante editoriales de moda. Hace unos meses, junto a Enrique, hicieron una sesión con la camiseta roja de Bernardo Redin. Daniel tenía 12 años cuando vio a uno de sus tíos con una camiseta de Batistuta, delantero de la Selección Argentina, y sintió el asombro que nos cae de golpe a veces cuando descubrimos algo nuevo en el mundo. Con el tiempo empezó a estilear las camisetas con jeans, tenis, y, por tanto, a comprarlas y coleccionarlas. En Corner vende camisetas pero, sobre todo, muestra lo bellas que pueden verse bien vestidas.
Antes señalé que el espectro de las camisetas tenía dos variantes: esta es la variante estética. El espectro de las camisetas de fútbol como moda está acuñado bajo el término blokecore y sus mandatos son claros: camiseta vintage, pantalón ancho y tenis deportivos, normalmente Adidas Samba. Desde el 2021, cuando entró en tendencia el término, las búsquedas relacionadas con el tema han crecido de manera espeluznante; solo en ese primer año el googleo de “camisetas vintage de fútbol”, en español e inglés, se disparó un 5,000%, y en el último año ha crecido otro 3,500%.
La tendencia ha pegado tan fuerte que no solo las marcas deportivas le han sacado provecho. Las grandes casas de alta costura se han sumado a la conversación, a veces solas, a veces aliadas con Adidas, Nike o Kappa: la primera colección de Pharrell Williams como director de Louis Vuitton tenía vestuarios blokecore; Balenciaga le apostó a lo mismo; Gucci, igual; Off-White; Fendi, H&M, etc., etc., etc. Pongamos un nombre al “espectro”, llamémoslo “mercado”, y entonces la dinámica tendrá aún mayor sentido: las marcas ofrecen lo que buscamos y por supuesto que acá también buscamos nostalgia. Por eso se trata de un mercado que mueve alrededor de 50 millones de dólares en todo el mundo. Otra prueba más de que el pasado idealizado vende.

Como todo mercado, este se mueve en capas. Están las casas de alta costura sacando sus versiones de camisetas de fútbol; están las marcas deportivas lanzando las camisetas de los clubes inspirándose en diseños vintage (la del Manchester United de esta temporada es igual a la del 94, por ejemplo, famosa por la patada de kung fu que Cantona le pegó a un hincha racista); están las tiendas que buscan y revenden las camisetas clásicas originales (la del United del 94 de algún jugador, por ejemplo); y están quienes piratean las camisetas clásicas para hacerlas más asequibles (hace un año regalé la del United del 94, por ejemplo).
Daniel, a diferencia de Enrique, sí las viste. Su colección tiene alrededor de 170 y es mucho más ecléctica, pues el criterio parece ser que sean prendas bellas, con colores atractivos, patrones llamativos, detalles coquetos. Tiene una camiseta del 97 del Dordrecht, un equipo de la segunda división holandesa, verde limón, cuello negro en lana y un carnero impreso en el pecho.
—¿Es su favorita?
—Uf, no, es que yo soy muy Maradoniano. Mi favorita es una de Argentina del 94, la estuve cazando mucho tiempo.
—¿Y cuál es la que más le pregunta la gente?
—La de Japón 2002, que es azul y se ve muy bien estileada.
Si recordamos que la moda hace parte de la cultura y de la sociedad, no debería sorprendernos el boom del blokecore, porque, por un lado, acude en primera fila ante el grito de nostalgia que resuena en cada esquina del planeta desde hace años, pero, por el otro, responde de frente a las tendencias del minimalismo y del lujo silencioso que ha dominado la industria de la moda también desde hace un par de años. Ante los colores neutros, aparecen estas camisetas escupiendo directo a la cara de tanta mesura y homogeneidad. Se podría decir que son una respuesta contracultural.
III. La calle
La influencer Emily Rococó, famosa por haber estileado una camiseta del Junior al estilo rococó, tiene otro video en el que viste la camiseta de Japón 2002. Se trata de un ejemplo extremo de respuesta a las tendencias de colores planos y discretos de cierto circuito de la moda. Quienes se dedican a esto reconocen el potencial subversivo que hay detrás de prendas como estas, tan simples en apariencia, inicialmente pensadas solo para gritar “gol” o lo que sea que se supone hacemos los hombres cuando no vamos a terapia.

De hecho, las mujeres le han dado una vuelta al instaurar el blokette, una mezcla de eso “masculino” con elementos femeninos del coquette. La editorial de Vogue Japón con una modelo vistiendo una camiseta del Junior, trenzas y falda es una prueba de ello. Ahora mismo se piratean camisetas de fútbol con hormas femeninas, porque ni siquiera las del fútbol femenino las tiene.
Daniela Riaño es stylist y ha trabajado con Vogue, Netflix, Juanes, Feid, entre otros, buscando conectar la estética global con la identidad latina, lo que la ha llevado a entender la manera en la que el blokecore y el blokette ha ganado un espacio en los armarios de amantes y no amantes del fútbol a lo largo del mundo. En redes hay videos de personas mostrando a su pareja, por lo general hombres pero también hay mujeres, llegando a una cita con una camiseta de fútbol, como si aquello fuera un error.
—Pasó de ser una vaina exclusiva de hinchas, de los que iban al estadio, de los barristas, a algo que se empezó a utilizar como una declaración de estilo en la calle. Para mí es una deconstrucción de ese pensamiento de lo que puedes y no puedes usar.
Esa idea de contracultura late en el centro de la tendencia. El blokecore recuerda al casual, una cultura nacida como una forma más estilizada de los hooligans ingleses: vestían ropa de diseñadores europeos como Stone Island, Lacoste o Sergio Tacchini, evitando muchas veces las camisetas de fútbol para pasar desapercibidos ante la policía y también para hacer del fútbol una apuesta estética. A los casual se sumaron bandas como Oasis o Blur, cuya propuesta responden al deseo de una generación de jóvenes de clase media que buscaban en el fútbol, la moda y la violencia una forma de responder a dinámicas culturales que los oprimía.

En ese sentido, la moda futbolera podía —aún hoy— entenderse como la declaración cultural de borrar los límites que separan la “alta moda” de la “moda callejera”. El trabajo de Daniela lo demuestra: ella reconoce no saber de fútbol pero sí cómo hacer que una camiseta en apariencia básica se eleve mediante la elección acertada de pantalones, faldas, pantalonetas, tenis, bufandas, gorras, collares, aretes, etc.
—Los fashion lovers no saben de qué año es la camiseta, sino que se ve cool y les gusta y conectan con los colores, con el diseño, con el material.
Lo paradójico del asunto, que no lo resta potencia, es ver cómo una tendencia que se derivó de un proyecto de clase media para responder a dinámicas socioeconómicas de opresión se ha convertido en un negocio millonario por la plata que mueve y por la plata que requiere. Una camiseta de los años 90 no baja de los 300 dólares. Sucede lo mismo con una prenda de diseñador o de lujo. Ahora, que esa prenda de lujo haya sido usada por Maradona, Zidane, Cruyff, y más recientemente Cristiano, Messi, Marta, Putellas, es otra cosa. Puesto así, ¿quién dice que la camiseta de Maldini en Italia 94 no es apta para una cita?, ¿hay algo más elegante que eso?
Suscríbase a nuestro boletín
Sin spam, notificaciones solo sobre nuevos productos, actualizaciones.
Dejar un comentario