“Pieles para pensamientos no domesticados”: Moda colombiana en NYFW
La nueva colección de Parra Parodi, inspirada en escritoras latinas de los 60, fue lanzada en el New York Fashion Week. ¿Cuál ha sido el camino de esta diseñadora de Montelíbano, Córdoba, que usa técnicas artesanales y trabajo con maestros para crear piezas tan arriesgadas como escultóricas? La autora nos cuenta su historia.
Una armadura para el cuerpo y una radiografía de él. La piel tersa y también su disección. La proyección de la grandeza de un cuerpo y la exhibición de sus entrañas, de los tejidos más frágiles. La crudeza de la materia y la posibilidad de su brillo, su torsión o coloración metálica. La piel y su revés. Esas son algunas de las formas en que podría definir la nueva colección de Parra Parodi, “Pieles para pensamientos no domesticados”.
Son 7 looks, pensados y realizados en el período de un año. María Alejandra, su creadora, la concibió en el marco de su MFA en Fashion Design and Society, que cursó en Parsons, Nueva York, entre 2023 y 2025. María Alejandra me contó de dónde vienen las ideas que se han materializado en esas 7 esculturas corporales: un pensamiento incisivo, a partir de la materia, sobre mujeres artistas, especialmente escritoras, que en los años 60 se pararon en sus convicciones creativas en medio de un mundo conservador y machista.



Alejandra, además de diseñadora, es mi amiga. No estoy muy segura de cuántos años teníamos cuando nos conocimos, pero desde los 7 hasta los 15 años estudiamos en el mismo salón. Nos graduamos juntas del colegio. Vivíamos en Montelíbano. Vi a Alejandra ser siempre la que mejor se vestía. Tenía la capacidad asombrosa de combinar prendas y de arriesgarse a ponerse cosas que uno solo veía en películas o en videoclips. Su clóset, para todas nosotras, sus amigas, era un sueño. Nos prestaba lo que queríamos. Y dejarse vestir por ella era un lujo.
Cuando veo lo que es capaz de crearle pregunto por qué siguió creando piezas que van encima de un cuerpo, por qué la ropa y por qué no se dedicó a las artes plásticas en general. “Me interesa mucho el movimiento de nuestro cuerpo, cómo caminamos, cómo llevamos encima los significados”, me dice. Ponerse algo que la gente no suele usar, sobre todo en Montelíbano, era, en esa época de nuestra infancia, la manera en que ella decía “las cosas pueden verse diferentes”. La otra posibilidad es la que interesa a Alejandra. Y sobre todo en contextos sociales tan cerrados, como el de un pueblo, por ejemplo, la homogeneización en la manera como debemos vernos suele ser muy común.

Para la colección, María Alejandra se centró en pensar el escenario de la pugna por el reconocimiento intelectual, y básicamente por la libertad de la mujer a partir del vestuario. ¿Qué prendas se han impuesto a lo femenino? ¿Qué gestos del vestuario parecen decir: “así debe verse una dama importante”, “esto es una mujer elegante”? Se vinieron a su mente las faldas largas, las flores, los grandes boleros. Había algo de ese tipo de feminidad en el vestuario que ella quería contrarrestar con la colección. Quería mover ese centro impuesto de lo que se ha construído socialmente en torno a “ser una mujer”. Porque para Alejandra, una mujer debe vestirse como ella quiera. Y nada de lo que se ponga debe hacerla dudar de su feminidad.
Así que Alejandra pensó en las mujeres que sí se vistieron como quisieron y que, además, pensaron mucho en el “ser mujer”. Por eso llegó a la década del 60. Leyó a Marvel Moreno, a Clarice Lispector, a Elena Garro.
Leyó En diciembre llegaban las brisas y encontró cosas como esta: “... le tocó ir a abrir la puerta para encontrarse a un Benito Juárez esponjado de satisfacción […] acompañado de Dora, que aparecía a su lado más opaca que nunca, con su eterno atuendo de blusa y falda comprado en Sears […]. Pues Dora tenía para él [Benito] la curiosa propiedad de existir a medias, y por momentos, de no existir en absoluto”.
Leyó a Clarice: “Me desperté al amanecer con el deseo de tener un vestido blanco. De chifón. Era un deseo intenso y lúcido. Creo que era mi inocencia, que nunca ha dejado de existir. Sé que algunas personas me consideran peligrosa, incluso me lo han dicho. Pero también soy inocente. También quiero un vestido negro porque me hará parecer más pálida y resaltará mi pureza. […] abrí de golpe mi armario. Encontré un vestido blanco de tela gruesa y cuello redondo. ¿El grosor es pureza? Una cosa sí sé: el amor, por violento que sea, lo es. Y de repente, justo ahora, vi que no soy pura.”
Leyó lo que le decía Don Fernando a Titina en Andarse por las ramas de Elena Garro: “Quiero verte con los pies en el suelo, no volando como una hoja”.
Había en todas esas palabras, para María Alejandra, una eterna discusión en torno a lo femenino, entre la pureza y el libertinaje, la privado y lo público, lo dicho y lo silenciado, que se manifestaba en la forma de vestir. En recortes de prensa, Alejandra vio cómo se vestían las mujeres que habían escrito aquello. Las vio con trajes de hombreras y pantalón. Las vio apropiarse de prendas que eran usualmente “masculinas”, y que parecían decir: “Mírennos, estamos aquí”.



En el 66, Ives Saint Laurent había diseñado el primer esmoquin adaptado al cuerpo de una mujer. Según él, las mujeres necesitaban una pieza que no pasara de moda, y que les asegurara vestir siempre con estilo. Una década después Giorgio Armani lanzaría al mundo uno de las piezas que más revolucionaría la moda femenina, el power suit. Un traje fluido, cómodo, de telas ligeras con hombros pronunciados, que connotaba autoridad. En los 80 ese traje sería un emblema del empoderamiento femenino.
Alejandra vio a Marvel Moreno en la sección social lucir su power suit. Pero también vio fotos de su madre: “Ella parece que siempre ha jugado a tener un look muy andrógino, pelo corto, pantalones, prendas que no se peguen a las curvas de su cuerpo”. Entonces, Alejandra decidió que la reinterpretación del power suit sería una de las apuestas de su colección. Un abrigo y varias chaquetas que exageran las proporciones del torso. Una metáfora del verdadero e invisibilizado tamaño de las mujeres.
Y luego viene el contrapunto: a esa proyección exterior, se agrega lo que no se muestra, lo que no se ostenta, lo íntimo. Que también era censurado en el discurso femenino de las mujeres colombianas en los 60. Por eso Alejandra recurre a la visibilidad de piezas más cercanas a la lencería. Tangas, brasieres, corsés. Hay también una referencia a la revolución sexual, una de las banderas feminista de aquellos años. Por eso el cuero es uno de los materiales protagonistas. Por su carácter sensual y elegante. Con el cuero podía hacer abrigos, chaquetas y pantalones, pero también tangas y bustos.
Los bustos fueron las piezas que Alejandra más disfrutó hacer. Mojaba el cuero, y contra una silueta rígida sobaba y sobaba por horas. El trabajo manual y paciente es una de las cosas que le da sentido a su vocación. Medir su paciencia contra la materia, medir la resistencia de la materia con sus manos, trabajar con ella, hacer con la materia “inerte” algo bello y vivo, rendirse también a la materia y a sus posibilidades insospechadas, dejarse sorprender por ella. Por eso algunos de esos bustos simulan la desnudez, el ombligo y los senos calcados en el cuero. Una piel sobre la piel.


Y así como hay un contrapunto entre exterioridad e interioridad femenina en la colección, hay también un contrapunto de materiales. Al cuero fuerte y universal lo acompañó de palma de iraca. Un material frágil y local. Identificó en el trabajo de la comunidad de Usiacurí, un municipio del Atlántico colombiano, dedicado a la artesanía, ese gesto minucioso, aéreo. La palma es una fibra natural con la que hacen accesorios, bolsos, individuales. Alejandra fue a Usiacurí e hizo talleres de técnica artesanal.
La pieza más grande que vio en Usiacurí fue una lámpara. Y le preguntó a los artesanos cómo se hacía. Le dijeron que primero hacían estructuras de alambre a manera de lienzos, para después contener el tejido allí. Y Alejandra pensó: ¿por qué una lámpara no puede ser una falda? A partir de esa pregunta se aproximó a algunos artesanos y les propuso que intentaran hacer algo con el patronaje de prendas de vestir. Y allí fue cuando conoció a Marelys Escalante, que le dijo que nunca lo había hecho, pero que, sin duda, podía intentarlo. Hicieron juntas varias pruebas de ensayo y error antes de que Alejandra se decidiera completamente por la palma de iraca. Después, crearían la totalidad de las piezas juntas. Así, Marelys Escalante se convirtió en la co creadora de la colección.
Parra Parodi, la marca fundada por Alejandra como tesis de su pregrado y la casa de esta nueva colección, ha sido su lugar para aprender sobre el trabajo artesanal, manual y experimental. Ese interés también viene de ver a su madre, que es sumamente habilidosa con las manos y siempre ha creado objetos bellos a partir de esa habilidad. De hecho, su mamá la ayudó a hacer una de las primeras colecciones de Parra Parodi, “Cuerpos sonoros”, una combinación de técnicas de tejidos, crochet y macramé, y piezas de níquel, que se presentó en 2015 a nombre de la Colegiatura de Medellín en el London Graduate Fashion Week.
El trabajo de colaboración con artesanos que hay en “Pieles para pensamientos no domesticados” tiene otro antecedente. Su colección, “La ruta de la seda”, la desarrolló con la cooperativa Corseda, una organización de familias caucanas que se dedica a la producción de la seda (desde la cría del gusano) y a la elaboración artística a partir del material.


Ese trabajo colaborativo, cuidadoso y controlado (por manos conocidas, amigas y admiradas) es su manera de hacer moda sostenible. “Esta industria es sumamente problemática, pero uno no puede pretender atacar todos los frentes. Yo no puedo ponerme a hacer moda con material reciclado, moda para personas con capacidades divergentes y moda accesible económicamente. Uno debe escoger algo y ser incisivo y honesto. Si pretendo hacer todo al mismo tiempo, seguramente se va a notar, se va a notar en la pieza que haga que estoy intentando forzar un discurso, y eso va a ser menos provechoso para el arte. Yo escogí esto: aprender del oficio artesanal, devolver la atención sobre lo que se hace con conocimientos ancestrales, con las manos y con paciencia”.
Y así, vuelvo a nuestra amistad para decir lo último: yo, que no pertenezco a la industria de la moda, y seguramente peco de falta de conocimiento sobre lo “vestible” y sobre lo que es fashion, veo los 7 looks que conforman la colección, o los 4 looks que fueron escogidos para salir a la pasarela en el pasado New York Fashion Week, y me los quiero poner todos. Y entonces yo no puedo evitar pensar en nuestra infancia y en ese talento ya reconocible de alguien que sabe qué se ve bien, una niña cuya mirada estaba ya inclinada hacia la búsqueda de la belleza; y que ahora ha sabido trascender su aptitud, para crear piezas que podrían estar perfectamente exhibidas en un museo junto a obras de arte.
* Las imágenes que acompañan este artículo son cortesía de María Alejandra Parra Parodi, autora además de los diseños y los collages del proceso de las piezas. Las fotografías editoriales son de Andrés Oyuela con la asistencia de fotografía de Cristóbal Velásquez. La modelo es River rose, el maquillaje y el pelo fueron elaborados por Johana Montoya y Melina Feijoo, y el diseño y el styling por Alejandra Parra Parodi.
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