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presión en el pecho

No es solo una presión en el pecho, estás somatizando

Ilustración

¿Cuántos dolores o problemas estomacales no han surgido de problemas muy lejanos al cuerpo? ¿Qué tan cierto es que las emociones pueden producirlos o agravarlos? A veces olvidamos que nuestras emociones también las siente nuestro cuerpo, y que el músculo, el pecho o la cabeza nos duelen por esas emociones estancadas que no hemos expresado o que se han quedado a vivir con nosotros. La autora nos cuenta.

Osiris tenía 26 años cuando se le paralizó media cara. Trabajaba, estudiaba y se había acostumbrado a ignorar las señales de su cuerpo: una presión en el pecho, un hormigueo en las manos, sentir el estómago revuelto. Pero cuando los músculos de su cara dejaron de responderle el miedo hizo que reaccionara. Porque las emociones no expresadas encuentran una vía física para manifestarse. El cuerpo habla lo que callamos.

La psicóloga clínica Carolina Jaimes, adscrita a Colsanitas, explica que “la somatización ocurre cuando los estresores psicológicos se sienten físicamente en el cuerpo. A veces no hay una causa médica que lo explique, pero los síntomas son reales: tensión en el pecho, dolores musculares, colon irritable, gastritis… Porque el cuerpo y la mente son un mismo sistema”.

Aunque solemos asociar la somatización con el estrés o la ansiedad, la verdad es que todas las emociones tienen un impacto físico. Nos sudan las manos cuando sentimos miedo, o las mariposas que sentimos en el estómago durante el enamoramiento, por ejemplo, no son solo una metáfora: “es causada por la liberación de adrenalina y la activación del sistema nervioso simpático. El estómago detecta una reducción del flujo sanguíneo y envía señales al cerebro que se perciben como un revoloteo interno”, dice la psicóloga.

Cuando reprimimos lo que sentimos, el cuerpo se encarga de hacerlo visible. “Si ignoras el dolor o la incomodidad, se acumula hasta que explota”, advierte Carolina. “A veces el dolor lumbar no aparece porque te torciste, sino porque todo el día te obligaste a resistir una situación incómoda. El cuerpo te avisa, y si no lo atiendes, grita”. Carolina recuerda el caso de un paciente que llevaba diez años con gastritis crónica. Había cambiado su dieta, hecho ejercicio y tomado medicamentos sin éxito. “Cuando llegó a terapia y empezó a trabajar en reducir el estrés, terminó renunciando a su trabajo pues se dio cuenta que el ritmo era insostenible. Dos citas después, la gastritis desapareció porque no era la comida, era el contexto en el que estaba”, cuenta. 

“Cuando empezamos a entender que somos un todo como seres humanos: cuerpo, alma, contexto, y emociones, es más fácil entender que las circunstancias pueden afectar nuestra salud”, agrega Carolina.

Osiris, recibió tratamiento para que su cara volviera a la normalidad, pero la presión en el pecho persistía y el hormigueo en las manos era parte de su rutina. Hasta que un día empezó a sentir su corazón acelerado. En el hospital le realizaron todos los exámenes correspondientes y todo salió bien; los doctores le hicieron saber que se trataba de ataques de pánico y que necesitaba tratarse en terapia. Carolina cuenta que la ansiedad puede sentirse como un infarto y es usual que lleguen pacientes a urgencias seguros de que el corazón se les va a detener. Osiris no había notado todo el estrés y ansiedad que cargaba hasta que inició su terapia. 

Pero ¿cómo es que normalizamos síntomas tan insistentes?

“Hay una falta enorme de educación emocional”, responde Carolina. “No nos enseñan a identificar qué sentimos, ni a etiquetarlo, ni a expresarlo. Somos analfabetas emocionales”. La psicóloga plantea que la conciencia emocional es una práctica que vale la pena cultivar y aunque la terapia ayuda bastante a desarrollarla, no es la única manera de hacerlo. “Se puede desarrollar como quieras, ir a terapia, podcast especializados, meditación, libros… lo que importa es aprender a estar presente”. Se trata de empezar a notar la postura, el ritmo del corazón, la respiración, la temperatura del cuerpo, cuestionarnos qué pensamos y cómo nos sentimos.

Al ser conscientes emocionalmente, también podemos aprender que cada emoción no es buena ni mala y que necesitamos conocerlas sin juicios: “al abrazar la emoción, en vez de pelear con ella, el malestar baja”, aclara Carolina y cuando le pregunto por ejemplos de cómo identificar algunas emociones, explica: “Cuando sientes o percibes un ataque, es rabia. Cuando te estás anticipando constantemente, está muy asociado a la ansiedad. Si estás percibiendo pérdida, puede ser tristeza”. Esto también nos ayuda a diferenciar las emociones del estrés, que se refiere a lo fisiológico, como la tensión muscular, estar agitado o acelerado por la subida de cortisol.

Osiris, ahora, lo hace casi de forma intuitiva. Cuando empieza el hormigueo en las manos, se detiene, respira, observa cosas a su alrededor y las describe con sus sentidos, qué puede ver, qué puede escuchar, olfatear, y sentir. Así, aleja la mente del futuro inmediato donde todo es amenaza. Dice que ese pequeño ritual la ayuda a escuchar su cuerpo.

Sin embargo, solo identificar lo que sentimos no nos va a sanar, por eso Carolina enfatiza en que hablar también cura. Comenta el caso de un adulto mayor que llevaba décadas con un dolor debajo del cuello. Compró collares ortopédicos, cambió el colchón, visitó quiroprácticos, tomó relajantes musculares y nada funcionaba. Tuvo ocho sesiones de conciencia emocional en donde pudo expresar lo que sentía, hasta que un día la tensión simplemente no volvió. “Qué raro es no sentir dolor”, le expresó a la psicóloga, “era como si su cuerpo hubiese estado esperando esa pausa toda una vida”.

La psicóloga explica que, “cuando hablas de lo que sientes, el circuito cerebral cambia. Al expresarlo con palabras, lo llevas al área del lenguaje y al lóbulo prefrontal, donde se racionaliza. Solo con decirlo, ya baja la intensidad de la emoción”. 

“No se trata solo de terapia, sino de aprender a poner en palabras lo que pasa por dentro. Pensamiento y lenguaje siempre van de la mano: cuando hablas desorganizado, tu mente está desorganizada. Cuando ordenas lo que sientes, el cuerpo también se calma”, añade Carolina.

¿Y cómo saber si un dolor es emocional?

No todo síntoma es psicológico, aclara la especialista. “Primero se descarta cualquier causa médica. Pero si no hay causa biológica, la somatización es una posibilidad real”. Hoy existen herramientas que pueden guiarnos, como las pruebas de cortisol en sangre, escalas validadas para ansiedad y depresión, o tecnologías como los smartwatches que detectan cambios en el ritmo cardíaco. “Pero lo esencial es la autoconciencia. Saber qué emoción sientes, cómo se manifiesta y qué haces con ella.” Esa secuencia, emocional, física y conductual, permite regular las emociones antes de que el cuerpo colapse. “Si aprendes a reconocer la emoción, puedes amortiguar la respuesta fisiológica y corregir la conducta”.

Lo interesante de estas historias es que no hablan de debilidad, sino de saturación, una acumulación silenciosa de exigencias que vamos recogiendo cada día en nuestra vida. En últimas, la somatización es una forma de comunicación. “El dolor es el lenguaje del cuerpo cuando la emoción no encuentra palabras”, dice la especialista. “Aprender a escucharlo es una forma de autocuidado, te dice que algo necesita atención”. Y aunque hay cosas que no podemos controlar, como el duelo, la pérdida, o el estrés cotidiano, podemos cultivar la resiliencia emocional. “Si tienes la habilidad para identificar tus emociones, para ser coherente con tus valores y para realmente tener una actitud resiliente sobre tus acciones, podrás ajustarte: no importa lo que pase”.

Valeria Herrera Oliveros

Realizadora audiovisual y periodista, nacida en Bogotá. Su pasión por el arte la llevó a aprender a través de la práctica. Comenzó tocando el violín, luego se dedicó al dibujo y la pintura, para luego preguntarse cómo se hacen las películas y convertirse en cineasta. Ha escrito y dirigido cortometrajes, y valora la escritura como el nacimiento de todas las ideas. Melómana, amante de los perros, de las flores, de las Taylor’s Versions y de las buenas historias.

Realizadora audiovisual y periodista, nacida en Bogotá. Su pasión por el arte la llevó a aprender a través de la práctica. Comenzó tocando el violín, luego se dedicó al dibujo y la pintura, para luego preguntarse cómo se hacen las películas y convertirse en cineasta. Ha escrito y dirigido cortometrajes, y valora la escritura como el nacimiento de todas las ideas. Melómana, amante de los perros, de las flores, de las Taylor’s Versions y de las buenas historias.

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