Las amistades perdidas: cómo atravesar la tusa de los amigos
¿Por qué puede doler tanto perder a una amiga o amigo? ¿Cómo atravesar el sentimiento de pérdida que causa? ¿Qué se puede aprender de ello? Desde su propia experiencia y la voz de algunos expertos, la autora explora las emociones que rodean esa experiencia y cómo podemos transitarla con compasión hacia la gratitud.
Natalia ya no vive en el país. A veces veo sus historias de la terraza de su apartamento, su nuevo gato, su trabajo en un estudio de pilates. Sé que está feliz; me lo dijo en la última conversación breve que tuvimos por WhatsApp, hace poco que volvimos a hablarnos. La quiero, como se quiere a las amistades cuya personalidad llevas tatuada en la tuya.
Nos conocimos en la universidad y rápidamente se convirtió en una de mis personas favoritas en el mundo. Yo, que empezaba a vivir sola en esa época, encontré en su casa un segundo hogar, en sus perros un reflejo del mío, y en sus arepas rellenas mi nuevo comfort food. Nuestras diferencias le dieron un respiro a mis extremismos. Nuestras similitudes me enseñaron a mirarme desde otro lugar. Su amistad forjó mi adultez temprana, y no exagero.

Le pregunté al psicólogo Daniel Ossa, director del Programa de longevidad saludable y servicios sociales de Keralty, sobre la importancia de la amistad en la creación de una identidad personal, y me comentó que “los amigos son fundamentales, nos brindan un espacio de expresión auténtico y nos aceptan como somos. Son las personas con las cuales nos podemos manifestar en nuestro yo más auténtico y espontáneo”.
Los detalles de cómo terminó mi amistad con Natalia, tan repentinamente, no importan. Pero así fue. Una pelea rápida que tenía trasfondos de los cuales no habíamos hablado. Lo inesperado fue lo que más dolió, enfrentarme a días en los que no recibía su saludo habitual; es hasta gracioso lo similar que puede ser a una ruptura amorosa. Mi mamá me preguntó por ella y lloré, porque no entendía bien qué había pasado, pero eso tampoco importa. “Desde la psicología contextual se puede explicar que este sufrimiento no surge por la pérdida, sino por la lucha interna con el dolor que provoca esa pérdida y el no comprender las razones específicas por las que acabó. Eso aumenta la incertidumbre, que es una emoción muy incómoda”, explica Andrea Niño, psicóloga clínica especializada en la relación entre emociones y comportamiento humano.

Lo que sí importa es que a Natalia la lloré como a un muerto. La enterré, en un principio, en un lugar donde no me doliera recordar que sus consejos, que tantas veces me consolaron la extrañeza de mi nueva soledad, ya no estaban al alcance de una llamada. Después sentí rabia, de todo: la falta de explicaciones, la incomodidad que de repente surgió entre nosotras, el silencio en los grupos de WhatsApp que compartíamos, las preguntas de la gente sobre qué había pasado. Intenté hablarle, pero ninguna de las dos estaba realmente lista.
Paula, una de mis amigas más cercanas, vivió algo similar. Tras una discusión, la persona a quien consideraba su mejor amiga la llamó para decirle que no quería continuar con la amistad y decidió no hablarle más. “Sentí mucha tristeza y frustración porque, a mi manera de ver, yo había dado lo mejor de mí y teníamos una complicidad muy grande. En ese momento todo se fue al piso y lo único que me quedó fue preguntarme qué hizo falta o qué hice mal”, explica.
El doctor Ossa comenta que estas emociones que atraviesan el final de una amistad surgen del tiempo que tarda en consolidarse y las vivencias que se comparten juntos. Por esto, “se termina creando gran expectativa respecto a lo que uno espera de la persona que es amiga. Al perderse, tiene un impacto muy profundo en la estructura psíquica porque afecta un espacio muy valioso de la vida que es la seguridad afectiva y la constitución de redes sociales de apoyo primarias”, comenta.
Pasaron un par de años hasta que pude enfrentarme sin dolor a la ruptura de nuestro vínculo, y logré mirar con más calma y menos dolor a la persona que tanto me enseñó. Reflexiono ahora sobre las emociones que sentí en aquel momento, y creo que se apoderaron de mi corazón y mi mente con la misma fuerza que nuestra amistad. Cuando estaban frescas, nublaron toda posibilidad de ver más allá del dolor, pasa con todos los duelos, y este no era menos que ningún otro.
“La amistad ocupa un área de funcionamiento muy importante y significativa para todos los seres humanos. Hace que se conecte con nuestros valores de autenticidad y por eso perder esta relación puede crear una crisis de habilidades, pertenencias y autenticidad”, explica la doctora Andrea.
Eso también me ayuda a entender por qué me sentí tan perdida cuando la perdí a ella. Mis amigas son la roca en la que me paro para ver el mundo, el refugio al que siempre vuelvo. Perder ese vínculo, darme cuenta que no era el lazo inquebrantable que yo imaginaba, me hizo cuestionarme a mí misma y la manera de cuidar a las personas que me importan.
“Estamos vivos porque estamos en movimiento”, escribió Jorge Drexler en una de sus maravillosas canciones. Qué cierto es, que la única constante que tenemos en la vida es el cambio y esto aplica a todo, incluso las amistades más profundas y las relaciones más largas. Aprendí de mi amistad con Natalia, y de su fin, que como pudo ser una pelea como cualquier otra, también pudo ser simplemente la consecuencia del pasar del tiempo, de que ella y yo ya no mirábamos con la misma cercanía las situaciones que antes entendíamos sin necesidad de hablarnos.

Lo difícil es que el cambio se puede ver de maneras muy distintas dentro de una amistad, y a veces no es fácil identificarlo. Puede llegar como una diferencia intransigible frente a una discusión específica, o también como pequeños silencios incómodos que se van generando cuando es obvio que una persona y tú ya no ven la vida bajo una mirada similar. Cuando la amistad vive del recuerdo de lo que fue y no de la conexión con la persona que tienes al frente, ese también es un duelo. “¿Cuándo es que nos damos cuenta de que una amistad ya no se está construyendo sino que se está recordando?”, se preguntó la autora del artículo “Amistades en el filo del tiempo: el desafío de crecer y cambiar”, publicado en Bienestar. Aún tengo dudas sobre la respuesta. “Es válido aceptar que nuevas creencias [nos] están ayudando a crecer y que con personas que me acompañaron hasta ese momento de la vida, ya no coincidimos”, comenta la doctora Andrea.
Con esa amistad se fue la versión mía que construí junto a ella, las cosas que únicamente compartimos en la complicidad de nuestros espacios. Los secretos, los miedos que atravesaron mi primera relación, las discusiones que tenía con mis papás sobre el futuro. Perdimos eso que construimos juntas, pero ganamos otras enseñanzas que, aunque me costó entender, llegaron con el tiempo y han transformado la manera en la que construyo vínculos con otras personas.
Lecciones de una pérdida
Escribió también Drexler en “Mi guitarra y vos” que uno “solo conserva lo que no amarra”, y esa misma fue una de las lecciones más importantes que me dejó todo esto. La necesidad de solucionar pronto impidió, en su momento, ver que ambas necesitábamos espacios y silencios que solo el tiempo podía brindarnos. Aprendí lo importante de disfrutar de mi soledad, de conocerme en ella y de tomar decisiones propias, sin el miedo a que no estuvieran bien.
Con el espacio también llega la gratitud por todo lo enseñado y lo compartido. A veces me sorprendo contándole a alguien con genuina felicidad sobre lo mucho que la quería mi perro, o de aquella vez, iniciando la pandemia, cuando horneó galletas y me mandó un kit a mi apartamento para que las decorara, porque sabía que ese era el plan que quería hacer por mi cumpleaños. “Es muy importante darle espacios a la salida tranquila que nos ayuda a soltar y deja fluir a la persona desde la gratitud”, explica Andrea.
Soltar no implica únicamente dejar ir aquella conversación que no pasó, sino también entender que habrá un futuro que no conoceremos, con nuevas parejas, amigos y logros que solo podremos aplaudir de lejos. Hace poco leí en un blog, del cual no recuerdo el nombre, que hay una extraña intimidad en no volver a hablar, en honrar las palabras de afecto que sí se compartieron y dejar el espacio para el silencio que transformó la relación. Y dicho eso, también considero que hay intimidad en regresar con saludos cortos, felicitaciones, preguntas sobre la vida y las nuevas mascotas.

“Los amigos, así se vayan por las circunstancias que sean, siempre dejarán en nuestra vida un motivo para la gratitud”, afirma el doctor Daniel. Y llegar a esa tranquilidad únicamente lo da el moverse libremente por todas las emociones del duelo, sentirlas y, principalmente, no juzgarlas. “No darle calificativo negativo a esa experiencia emocional ayuda a transitarla. Los juicios nos hacen incrementar la experiencia de malestar”, afirma la doctora Andrea.
Hace poco la vi, cuando regresó a Colombia, y encontré en ella destellos de la complicidad que algún día compartimos. Agradecí tanto su presencia, su amistad que me ayudó a crecer y la maravilla de verla ahora siendo la mujer que es, cumpliendo metas que en ese momento no sabía que tenía, con nuevas esperanzas y retos. La veo y la quiero, entendiendo que quizás no volvamos a tener lo que tuvimos, pero que su presencia en mi existir alteró quien era yo y mis maneras de ver la amistad.
Le agradezco, infinitamente, por permitirme crecer en su ausencia, por acompañarme de una manera tan hermosa y honesta, que me permitió encontrar amistades igual de increíbles a la de ella. Por su presencia, su ir y su venir. Si el duelo fue el precio de esa gran amistad, lo acepto mil veces.
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