Reír a punta de Paint: así hice mi libro de viñetas
Mientras tantas herramientas digitales tratan de llegar al hiperrealismo técnico, desde un libro hecho en Paint el autor de estas líneas hace un homenaje a lo imperfecto, al error y al juego. ¿Cuál fue la historia detrás de estas páginas improbables como acto de resistencia hecho de humor, ternura y absurdo? Pangua mismo nos cuenta.
Todo empezó con el primer computador que llegó a mi casa. Era un pelado y esa máquina, lenta y ruidosa, tenía apenas cuatro herramientas. Entre ellas, Paint. En esos tiempos de desparche, cuando la vida no apretaba y el tiempo sobraba, dibujar se volvió un juego. Era una forma de pasar las tardes, de probar hasta dónde podía llegar una línea torcida movida por el pulso inestable del mouse.
Con la adolescencia llegaron otros intereses: la música, el cine, la literatura. Pero en el fondo seguía buscando algo más, un lenguaje donde pudiera juntar todo eso que me gustaba. Estudié literatura, sociología y producción audiovisual, hasta que finalmente me encontré en las artes plásticas. En la Universidad Nacional de Medellín descubrí la instalación, el video, el performance y, sobre todo, el clown. A partir de entonces, mis dibujos comenzaron a beber del clown, y mi clown a beber de las artes visuales. Ambas formas de expresión se contaminaron entre sí, entre lo absurdo y lo visceral.

Años después, ya como artista plástico, volví a reconectar con un lenguaje vieja guardia, una estética que se ha ido perdiendo con las narrativas digitales. Mientras muchos ilustradores se volcaban al Photoshop o al Illustrator, yo quise regresar a lo básico, a una raíz pixelada. Así nació Pangua Paint’s, una recopilación de caricaturas hechas en Paint, programa tan arcaico como democrático, el mismo con el que casi todos hicimos alguna vez un paisaje choroto pero que nos dejaba el pecho inflado de orgullo.
El primer dibujo lo hice en 2004. Al principio no tenía un plan claro, no sabía si sería una serie, un experimento o un chiste muy largo. Solo sabía que me importaba más el mensaje que la herramienta. Los dibujos son grotescos, exagerados, irreverentes, hechos completamente a punta de mouse. No tenía tableta ni lápiz digital, pero fue una decisión consciente. Quería que se viera irregular, que se notara el pixel. Esa textura imperfecta era un gesto de resistencia frente a la pulcritud del diseño digital.
Con el tiempo, más que un medio técnico, Paint se convirtió en una elección estética y filosófica a través de este proyecto. Quería crear desde la limitación, reconectar con el error, con lo precario. En un momento donde todo el mundo buscaba perfección digital, yo aposté por lo contrario, por la torpeza, por lo primario, por el trazo que revela la mano.


¿Y de qué dibuja uno en Paint? De todo lo que le interesa o le mueve algo adentro: política, crítica social, humor, reflexión, sentimentalismo. Esas vainas que me hacen reír, pensar o enervarme. En mis dibujos está presente mi gen paisa, esa mezcla de doble sentido y picardía que lo atraviesa a uno al nacer aquí. Pero ojo, no todo es burla, también hay ternura. En Pangua Paint’s hay imágenes inocentes y románticas. Sería un sacrilegio definirme en una sola temática.
Mi propósito siempre ha sido volverme universal desde lo local, construir desde lo que vivo, desde mis afectos y contradicciones. Más allá del humor, mi obra tiene una dimensión poética, una búsqueda por realidades alternas, casi oníricas o alucinógenas donde la caricatura se convierte en una puerta a lo absurdo.
Pangua Paint’s empezó como un experimento pequeño con postales, stickers y camisetas. Pero al ver la reacción de la gente, ese reconocimiento inmediato, esa risa cómplice, decidí seguir. Para el 2012 ya tenía tantas ilustraciones que resolví diseñar la maqueta del libro. Fue una curaduría personal, muy yo. Sabía que algunas imágenes podían parecer ofensivas o tocar sensibilidades, pero aun así, las incluí. La sátira, la burla y el sinsentido son el corazón del proyecto, incluso desde su prólogo, que también parodia el absurdo. El libro es una especie de antología del disparate pixelado, en cada dibujo hay una carcajada amarga, una escena tierna, una crítica o un espejo incómodo.
Si tuviera que hacer un podio de mis favoritas serían:
“El perreo”
Fue una de las primeras en tener eco. En pleno boom del reggaetón en Medellín, me pareció divertido jugar con el doble sentido: el perreo del baile y dos perros teniendo sexo.
“Haciendo tocineta”
Es una reinterpretación de un sticker que veía de niño en una tienda de pueblo. Años después, decidí hacer mi propio remake, casi como una ofrenda a la memoria popular.
“El problema”
Muestra a dos militares, uno de derecha y otro de izquierda, amputados con la extremidad contraria. El diálogo dice: “por pelear por la izquierda perdimos la derecha y por pelear por la derecha perdimos la izquierda”. No necesita más explicación.
“El café”
La prueba de que también soy un romántico: el café como excusa para compartir historias, silencios y miradas.
Aunque muchas de las obras son en blanco y negro, me gusta trabajar con colores planos, saturados y contundentes: amarillos, azules, rojos, rosados estallados, neones. Es una paleta que me recuerda al ruido de las calles, a las chivas, a los avisos, a lo kitsch y a la publicidad popular hecha por gente de a pie. Colores que hablan del caos, del ritmo y del humor. Eso es Pangua Paint’s: una exploración entre lo absurdo y lo poético, un homenaje a lo pixelado, una declaración de amor al error.

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