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el duelo

Entre el duelo y la inmensidad del mundo: el duelo lejos de casa

Ilustración

¿Cómo se vive el duelo? ¿Qué hacemos con nuestras alegrías en medio de contextos de ausencia o dolor? En este texto, la autora busca honrar a su abuela desde la escritura, nombrando esa ausencia que la acompaña desde que partió y contar cómo el duelo la alcanzó lejos de casa en medio de un mundo que la hacía sentir intensamente viva.

Nueve noches después de que mi abuela falleciera, yo estaba volando a más de ocho mil kilómetros de distancia de mi hogar en Valledupar. Era septiembre de 2024 y estaba a punto de comenzar un intercambio académico en Barcelona, mientras trataba de asimilar la pérdida de una de las personas que más amaba. 

Estaba lejos de mi familia, de todo lo que daba por sentado, de lo conocido. Aunque esta experiencia me daba la posibilidad de crecer alas y descubrir horizontes nuevos, siempre es difícil cargar con el dolor de la ausencia mientras se intenta volar. Y la distancia fue lo que precisamente me hizo sentirlo con más crudeza, porque no tenía a nadie cerca para sostenerme y porque pensar en que ella no iba a estar cuando yo regresara me golpeaba con una certeza imposible de suavizar.

el duelo

Mi abuela era una señora que siempre tenía algo que decir, de carácter fuerte, pero que sabía demostrar su amor de otras maneras: con actos de cuidado, con su presencia, cocinando con dedicación. Formas de decir “te quiero” sin tener que pronunciarlo. Se pasaba las tardes en su terraza conversando. Me da nostalgia pensar que ya no existan esas tardes, ni esas risas compartidas con los vecinos. Su casa era un lugar de reunión: la de los diciembres, la de las parrandas. Era una casa para siempre volvernos a encontrar.

Tuvo ocho hijos y se casó con un hombre, mi abuelo, a quien ser padre se le hizo difícil. Porque cómo se aprende a ser padre cuando nadie quiso ser el tuyo, quién te enseña a cuidar cuando nadie te cuidó a ti. Por eso fue ella quien tejió los afectos y sostuvo esta familia que, a veces, puede ser un lugar muy hiriente. Esa es la razón por la que hoy escribo esto, porque ante el mar de dudas sobre nombrar o no hacerlo, contando sus historias me regreso a ella.

Y también me regreso a ella cuando pienso en mi niñez. Cuando era chiquita, me pusieron un apodo: “Maya”. No sé de dónde salió, pero a medida que fui creciendo, todos empezaron a llamarme Mariana, como si con el nombre se me fuera borrando la infancia. La única que seguía diciéndome Maya era mi abuela, y siento que cuando ella se fue, se con fue esa parte de mí, ese último llamado de niña. Pienso que cuando alguien muere, también extrañamos esa parte de nosotros que se pierde con ellos.

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Cuando llegué a España por primera vez, lo único que recuerdo vívidamente es a una policía muy alta e intimidante preguntándome qué hacía en Barcelona. Le pasé mi pasaporte y me puso el sello. Esa fue mi primera vez cruzando el charco. El duelo, confirmé ese día, se procesa de formas extrañas, porque hasta ese momento jamás me había sentido tan viva. Y aunque amaba el sentimiento de sorprenderme todos los días, también me atormentaba haberme ido. Me sentía culpable por no acompañar a mi mamá en su duelo sabiendo que ella había perdido a su mamá. Mi mamá, quien siempre me ha sostenido con amor, es el hilo de las generaciones de mujeres que me criaron.

Haciendo este texto, hablé con una psicóloga de cuidados paliativos de la Clínica Colombia de Colsanitas, Laura Isaza. Ella me recordó algo que me ayudó mucho: el duelo es una parte de la vida, no la vida entera. Estar viviendo un proceso de pérdida no impide experimentar otras emociones ni seguir adelante con otras etapas de nuestra existencia. De esto aprendí que puedo sentir plenitud incluso mientras me abrazo al dolor que me deja la ausencia.

Mi estadía en Europa, los primeros quince días, no miento, fue terrible. No sabía lo fuerte que era hasta que tuve que atravesar todo ese dolor sin un abrazo, sin una voz conocida cerca. Me la pasaba encerrada en un cuarto, sin ganas de salir ni de hablar con nadie.

Mi arrendatario me caía mal: un señor soberbio, impaciente, incapaz de esperar una respuesta. Todos me llamaban, todo el tiempo, para preguntarme cómo estaba. Y yo cargaba con la culpa de hacerle sentir a mi mamá que debía cargar con mi tristeza y con la suya, como si no bastara con el dolor que ya tenía.

Hablaba con mi psiquiatra, tomaba mis medicamentos, seguía las rutinas, pero los esfuerzos no daban fruto. Por más que intentara repetirme que esa era una oportunidad única en la vida, yo quería comprar un tiquete de regreso. Quería volver. Y el invierno me enseñó otra manera de habitarme: las medias térmicas, la camisa térmica, la chaqueta. Cada prenda era como una frontera para mí. Me alejaban de la manera en que siempre había habitado mi cuerpo en la costa: ligero, cercano, sudado. La desesperación de sentirme tan extraña me abrumaba.

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Recuerdo salir una tarde a comprar comida en una panadería que quedaba a media cuadra. Afuera, los bares llenos, la gente riéndose, la música entre las calles. Descubrí la ensaimada, mi primer dulce español. Fue un gesto mínimo, pero me dio la sensación de que, tal vez, podría quedarme. Qué raro que me doliera tanto no reconocer nada, y al mismo tiempo me gustara que todo fuera tan distinto, tan nuevo. Entonces entendí que en el desconcierto también hay belleza y que, antes de irme, al menos visitaría la Sagrada Familia. Así lo hice: me subí sola al metro por primera vez, llegué y la vi. Y frente a esa inmensidad lloré. Lloré porque sabía que era la primera vez que perdía a alguien que amaba, y porque también estaba frente al comienzo de muchas primeras veces para mí.

Igual, después de todo, una se cura. Con el tiempo, todo empezó a doler menos y este escrito también es una forma de agradecer a mis amigas que me acompañaron durante el intercambio y espero que si alguna vez leen esto, Ali, Eli y Sophi, quiero que sepan que la vida lejos fue más bonita con ustedes: sostenerme fue más llevadero y su amistad hizo el camino más navegable.

Desde Barcelona, ciudad a la que intenté convertir en hogar, vi mis sueños más cerca y descubrí que todavía deseo ser mil versiones de mí que no tengo ni el asomo de ser. A esta experiencia le debo la capacidad que tengo ahora de mirar con otros ojos la inmensidad del mundo, de enunciarme distinto y de transitar nuevas lenguas, como el catalán, con el que conocí una cotidianidad diferente. Desde allí, viajé y recorrí otras ciudades de Europa y estuve inmersa en lo que me parecía una realidad prestada, entre calles de tonos amarillentos e historias sobre el quehacer del arte. Ya he sido foránea y he tenido la sensación de que no hay nada mejor que casa, pero tengo la certeza de que la identidad se construye caminando, incluso si eso significa estar al otro lado del Atlántico.

Cuando finalmente regresé, la casa de mi abuela ya no era de ella, sus cosas las habían sacado y todo lo que apreciaba había pasado a manos de otros. Al árbol que se le caían las hojas que tanto barría, lo talaron, y el frente ya no tiene sombra; nadie se sienta mirar desde ahí la calle. Confirmé que nada volverá a ser igual. Ahora yo duermo en la que era su cama y mi familia sigue teniendo las figuras de porcelana que tanto cuidaba para que no se rompieran.

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Murió una madrugada. Yo todavía dormía cuando escuché el llanto de mi mamá que retumbaba en toda la casa. Me levanté de un brinco y mientras cruzaba el pasillo, ya lo sabía. Nunca había escuchado a mi mamá llorar así. Ese desgarro en su voz ya lo había escuchado antes en las funerarias: el grito de perder lo que no se reemplaza

Falleció desaturada. Tenía insuficiencia respiratoria y le molestaba mucho ponerse la cánula que mantenía sus niveles de oxígeno estables; se la quitó. Hacía más de un año le habían diagnosticado cáncer de pulmón. Murió en el hospital. Nadie se lo esperaba, al menos no de manera tan repentina. Mi abuela todavía contaba sus historias, caminaba y hacía planes, como ir a ver a la Virgen del Chiquinquirá en las fiestas patronales de Urumita, un pueblo de La Guajira muy cercano a Valledupar.

Se fue mucho antes de que la enfermedad la desgastara por completo. A veces pienso en cómo habría sido si hubiera vivido un poco más. Si hubiéramos tenido más días, más tiempo. Si al regresar del intercambio le hubiera podido dar su rosario que me llevé para que lo bendijeran en el Vaticano. Pero luego me asalta una pregunta: ¿qué tan egoísta hubiera sido querer retenerla, aun sabiendo que la espera era el sufrimiento?

Ella ya había atravesado varias quimioterapias y lo que seguía no era una mejora, sino una serie de procedimientos médicos que no habrían aliviado su enfermedad, la habrían sometido a más dolor. Habrían prolongado una lucha que tal vez no valía la pena dar. Pero el amor es egoísta, y ronda por mi mente ese “y si tal vez no se hubiera muerto en ese momento…”. Tal vez hubiésemos compartido más o no, no lo sé, pero aprender a soltar a alguien así es aceptar que el amor también puede ser una forma de renuncia.

Laura me explicó que, culturalmente, no estamos acostumbrados a hablar de la muerte y por eso suele tener una connotación negativa en nuestra sociedad. “Lo único que necesitamos para morir es estar vivos”, me dijo, y resaltó que muchas veces sentimos una responsabilidad excesiva sobre el bienestar del otro. Nos exigimos acompañar y proteger, como si fuera nuestra obligación que la persona amada no sufra, pero la realidad es que eso no siempre depende de nosotros.

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De lo que hablamos, también aprendí que acompañar en medio del dolor significa orientar y resignificar esas creencias: cuidar con amor es suficiente. No podemos controlar todo, y eso no significa que dejemos de estar presentes

El día antes del entierro, mi mamá me pidió que escribiera unas palabras para la misa. Hace años dejé de creer en Dios, pero la fe no era mía, era suya. La iglesia era un lugar en el que ella guardaba mucha esperanza y esa fue mi manera de honrar su memoria. Ya no recuerdo con claridad lo que dije en aquel momento: el llanto me cegaba la mirada, me temblaba la voz y todo el cuerpo. No era capaz de sostener el celular y leer lo que había preparado. Solo guardé una imagen en el teléfono y fue lo único que no improvisé. Era una cita de un libro de Rosa Montero, La ridícula idea de no volver a verte:

“Pablo, qué pena que olvidé que podías morirte, que podía perderte. Si hubiera sido consciente, no te habría querido más, pero sí mejor. Te habría dicho muchas veces que te amaba. Hubiera discutido mucho menos por tonterías. Me habría reído más. Y hasta me hubiera esforzado por aprenderme el nombre de todos los árboles y por reconocer todas las hojitas”.

Tal vez si yo hubiera tenido más presente que algún día ibas a faltar, Irma, me habría aprendido la receta de tus bollos de mazorca y hubiera acompañado más a mi mamá a visitarte todas las tardes. Te hubiera querido mejor. Por eso decidí escribir este texto, porque, como dice Millás, “la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas”. Esta es una dedicatoria para ti, abuela, porque la escritura me ha dado la posibilidad de decir eso que nunca pude pronunciar en voz alta, pero que por ahora puedo dejar aquí. Espero que sacándome esto del pecho, me reconcilie con lo que alguna vez sentí.

Aún no sé dónde poner todo el cariño que siento por ti. Sé que el duelo es amor que persevera, que aunque su forma cambia, siempre persiste. Me sirve de consuelo hacer algo bello de lo que me ha dolido tanto y que cada vez que hablamos en familia, seguimos hablando de ti. De alguna manera, todo sigue siendo sobre ti.

Mariana Isabel Cuadrado Saurith

Comunicadora social y periodista, apasionada por el cine y la literatura del duelo. Amante de los gatos y de las tardes de brisa y mecedora en la terraza de la casa. Ha escrito historias en El Punto Noticias sobre diversos escenarios culturales en el Caribe y ha participado en diferentes cortometrajes producidos por Abstracta Productions.

Comunicadora social y periodista, apasionada por el cine y la literatura del duelo. Amante de los gatos y de las tardes de brisa y mecedora en la terraza de la casa. Ha escrito historias en El Punto Noticias sobre diversos escenarios culturales en el Caribe y ha participado en diferentes cortometrajes producidos por Abstracta Productions.

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