Artritis, mi maestra de yoga: cómo ajustarse a una nueva vida
El diagnóstico de artritis reumatoide de Luisa Molano llegó con una crisis personal acompañada de negación, aceptación y varios aprendizajes. En esta radiografía de una vida que cambia cuando una enfermedad autoinmune llega de golpe, la autora nos cuenta cómo el yoga (entre otros ajustes) puede ayudar a sobrellevar la enfermedad.
Las mañanas eran lo más tortuoso para Luisa. Sus manos, muñecas y pies se entumían con intensidad. Se sentían rígidos, tullidos como una armadura pesada. Después de varias horas de dormir, no despertaba con un cuerpo descansado o listo para empezar el día, sino con un cuerpo sensible, adolorido y fatigado de hacer cualquier cosa. Intentar abotonarse una blusa, cortar un pan o subirse a un carro eran tareas que podían tomarle mucho tiempo. Su rutina que antes tomaba una hora, ahora podía extenderse hasta dos.
Sentía una frustración profunda: su cuerpo, antes fuerte y ágil, ya no respondía igual. Siempre había tenido la destreza de una deportista de alto rendimiento y sentirse limitada, le pesaba mucho emocionalmente. En los días más difíciles, recuerda, le ayudaban a vestirse o partir su comida. Aunque no lo entendía en ese momento, esos dolores que aparecían después de largos periodos de quietud, eran “flotantes” y brotaban sin ningún patrón. Luego se iban para regresar sin aviso.
El primero fue en 2018: un dolor punzante en su mano derecha. Luisa, que tenía 28 años, sospechaba que era producto de algún golpe que había recibido jugando voleibol, deporte que practicaba con la Liga de Bogotá. El primer médico al que fue, le puso un yeso, pero el dolor seguía ahí. Luego, llegó a los pies. Luego, a las rodillas, a las muñecas y en su peor crisis, a todo el cuerpo. Fueron tres meses de dolores intensos que se movían erráticamente por todas partes, pero no había un diagnóstico, hasta que una médica le mandó unos exámenes y la remitió a un reumatólogo.

“Usted tiene una enfermedad autoinmune”, le dijo el doctor. Fueron palabras de terror. El primer diagnóstico fue lupus. “Yo no entendía, obviamente es algo muy difícil de asimilar y más cuando te lo sueltan así”, recuerda. Sin mucho conocimiento al respecto, un pensamiento recurrente la invadía: “me voy a morir en tres meses”.
Luego vinieron más y más exámenes y con ellos, el diagnóstico definitivo: artritis reumatoide. Ya han pasado siete años desde ese momento. Luisa hoy tiene 35 años y una vida funcional como consultora de marketing y profesora de yoga y ha estado —y sigue— en varios tratamientos. Su proceso ha estado atravesado por lo que significa luchar y reconciliarse con su cuerpo y la enfermedad.
Estar en guerra con un diagnóstico
Uno de los componentes más complejos de esta enfermedad es el manejo del dolor. Así lo explica Maria Alejandra Meneses Toro, reumatóloga adscrita a Colsanitas. La artritis reumatoide, dice, ocurre cuando el sistema inmune ataca a los tejidos sanos, causando mucho dolor, inflamación y rigidez, especialmente después de largos periodos de reposo. “Es como si nuestro cuerpo reconociera al tejido articular, en general, como algo extraño. Su nombre, obviamente, se basa en que la manifestación principal son las articulaciones, pero puede atacar otros tejidos, como los pulmones, el cerebro o la piel”.
Cuando una enfermedad como estas llega, explica Luisa, es emocionalmente devastador. “Es como si una parte de mí me la hubieran quitado y como si una parte de lo que yo sentía, que era mi personalidad, de un día a otro, desapareciera”. Su historia es una muestra de que el dolor físico lo puede permear todo: las emociones, la rutina, la vida familiar, social, laboral y cómo nos sentimos con nosotros mismos. “La vida se volvió muy difícil”, dice Luisa.

Nadie le explicó cómo lidiar con tantas emociones. Su forma de hacerlo, recuerda, era comer. “Subí ocho kilos. Fue un corte muy agresivo. En 6 meses pasé de ser esa persona que hacía CrossFit y jugaba en clubes de voleibol, a no poder moverme, a sentirme super mal con mi cuerpo. Fue muy duro verme así”. En esas duró tres años: “peleaba con todo: con mi cuerpo, con los tratamientos, con los medicamentos, con cómo me veía, con el ejercicio”.
“Cuando uno está en guerra con su diagnóstico, la enfermedad es el enemigo de uno, literalmente. Uno no puede además de luchar con su cuerpo, luchar con la idea de lo que está en su cuerpo. En el momento en que logré adherirme al tratamiento, a las pastillas e inyecciones y verlas desde la gratitud, reconociendo que tengo el privilegio de seguir un tratamiento, eso hizo un shift”.
Para Meneses es fundamental un manejo integral de la enfermedad que incluya a un reumatólogo que encabece el tratamiento, pero que también contemple a fisioterapeutas, psicólogos, enfermeras y en algunos casos, a deportólogos. Algunas terapias alternativas, dice, aunque no tengan tantos estudios científicos de base, también podrían ser benéficas para el manejo de la ansiedad.
“Esta enfermedad puede afectar el descanso, las actividades laborales, el estudio y las relaciones interpersonales. Por eso es importante el acompañamiento de un psicólogo”, dice la doctora. “Desafortunadamente, muchas veces, esto no está muy bien visto por el paciente. Estamos en una sociedad donde hay mucho tabú respecto al apoyo en salud mental, pero es fundamental que los pacientes lo sepan”, añade.
La compasión es un proceso que puede tomar tiempo
La historia de Luisa da cuenta de procesos que quizá todos hemos atravesado en algún momento y que son complejos y difíciles de asimilar: ajustarnos a una vida que no sentimos como nuestra.
Su vida estaba marcada por la intensidad. Como una mujer atlética, con 1.76 de estatura, músculos largos y fuertes y una personalidad segura, los retos eran una constante en su vida; pero tanto el voleibol, como el CrossFit y un trabajo que la obligaba a crecer todo el tiempo, no se parecían tanto a esa vida más limitada que ahora le traía la enfermedad.

“La doctora de ese momento me decía: ‘cuanto más dolor tenga, menos se puede quedar quieta’. Era muy loco: siempre he sido una persona muy disciplinada, pero en ese momento, no me conectaba con ningún deporte”, recuerda.
Hubo momentos de transición o rituales de paso que la ayudaron a “salir de ese apelmace”, como ella misma nombra ese periodo de su vida. Uno fue un último partido con sus amigas de la Liga en el que se despidió con amor de ese deporte que tanto quería, pero que en el fondo no le hacía bien; otro, una triatlón a la que la invitaron otros amigos y en el que entrenó durante un año y nadó aproximadamente 4 kilómetros. Afortunadamente, nadar era parte de las recomendaciones médicas.
“El triatlón fue clave para salir de ese estancamiento, pero estaba en una etapa de ajuste y le comencé a exigir a mi cuerpo más de lo que podía hacer. Ser compasiva con mi cuerpo fue un proceso que me tomó tiempo. Igual ese ‘tengo que volver a hacer algo’ fue lo que comenzó a cambiar mi perspectiva para volver a aprender a sentir mi cuerpo y sentirme fuerte y con ganas de moverme”, explica Luisa.
Esto, sumado al acompañamiento psicológico —y en el que continúa— fue fundamental para sobrellevar la artritis y ajustarse a una nueva forma de vivir. Su forma de suplir su necesidad de movimiento diaria fue el yoga, también recomendado por su médico. “Esas clases se convirtieron en un espacio para decantar muchas emociones —también, muy importante, porque la enfermedad se exacerba cuando hay mucha tensión— y además, podía fortalecer y expandir el cuerpo”.
De acuerdo a la doctora Meneses, tanto el yoga, como el pilates son perfectos para personas con este tipo de artritis, ya que el aumento de la intensidad, la carga y la resistencia son progresivos. “Además permiten que el paciente no solo trabaje el cuerpo, sino que también respire y controle la ansiedad”.
Luisa se enganchó tanto a esta práctica que empezó a pensar: “si esto me ayuda tanto emocional y fisicamente, yo quiero ser esto para alguien”. De ahí vino la decisión de certificarse como profesora: “esto también me devolvió la confianza y me ayudó a sentir que a pesar de que tengo una condición, puedo ser hábil y fuerte”.

Esa fortaleza, explica, la ha redefinido gracias a conceptos del yoga como la “no violencia” y a su trabajo personal. “He aprendido a reconocer que el cuerpo puede hacer muchas cosas, pero ya no puede hacer lo mismo que antes. Con la enfermedad, a pesar de que está controlada, hay días buenos y no tan buenos. De las grandes lecciones que he aprendido, está preguntarme, ‘hoy, ¿qué puedo hacer y qué se siente bien en mi cuerpo?”.
Lejos de ser una frase vacía y etérea, para Luisa “abrazar el proceso” ha significado acciones muy tangibles. Una es adherirse al tratamiento con la incomodidad que supone. “Lo más importante es un diagnóstico temprano y hacer una intervención temprana de la enfermedad para que no produzca cambio secuelares como deformaciones”, dice Meneses.
Quizá el cambio más importante ha sido aprender a leer el lenguaje del cuerpo. Luisa ya sabe que en días difíciles, tomar una ducha caliente más larga y alternarla con frío, hace toda la diferencia. O que en periodos de más estrés laboral, es importantísimo moverse y descansar bien o evitar comidas picantes que detonen la inflamación que ya está en el cuerpo. Ha tenido que pasar el tiempo para entender que si bien tiene una condición, no se considera una persona enferma. “Mi trabajo personal ha consistido en no reconocerme como una persona enferma, sino vivir mi vida sabiendo que puedo ser muy compasiva porque tengo días en que no me siento bien, en que necesito decir "me duele" o necesito pedir ayuda”.
En una enfermedad autoinmune, dice, no podemos elegir no estar ahí, pero “la oportunidad está en que si uno no ve la enfermedad como un enemigo, no ve cada crisis como una negación, es más fácil. No quiero romantizarlo, es difícil, pero si uno aprovecha cada espacio para saber qué hacer en la siguiente crisis, se hace más llevadero”.
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