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El niño y la garza

El niño y la garza, la íntima carta de despedida de Hayao Miyazaki

La nominada al Óscar es más que otra entrañable película del director japonés. Detrás de su trama, personajes y escenarios aparecen varios detalles íntimos de su vida y elementos propios de ese universo que lo ha vuelto uno de los maestros del anime y uno de los cineastas más queridos por el público mundial.

Este fin de semana se estrenó en Colombia la última película escrita y dirigida por Hayao Miyazaki, uno de los nombres más importantes en la corta y provechosa historia del anime. El niño y la garza es quizás el último legado del director tokiota, que llega como una suerte de carta de despedida para sus fans ahora que Studio Ghibli, el estudio de animación que fundó junto a Isao Takahata en 1985, ha enfilado hacia un nuevo rumbo luego de ser adquirido por Nippon Television (NTV) en 2023. La cinta está llena de claves de lectura para reconocer el legado y el mensaje que Miyazaki ha construido durante años. Así las cosas, esta colorida cinta puede ser el epílogo a la extensa carrera de Miyazaki. 

El niño y la garza es quizás la película más personal de Miyazaki y conjura todos los elementos que han hecho de sus historias las predilectas de varias generaciones. La película cuenta la historia de Mahito, un joven quien se despide de Tokio para vivir en la ruralidad con su padre y su nueva esposa, luego de la trágica partida de la madre del protagonista en un incendio durante la década de los cuarenta en la Segunda Guerra Mundial. Conforme el joven intenta encontrar herramientas para lidiar con el dolor, que van del llanto a la flagelación, una garza parlante se muestra particularmente interesada en Mahito, invitándolo a visitar una extraña torre abandonada en la que asegura se encontrará con su madre. Esto da pie para una aventura llena de color y fantasía –como no podía ser de otro modo– en la que el héroe se enfrentará a un ejército insondable de periquitos antropomórficos gigantes, salvadores improbables y unas adorables criaturas llamadas warawara que se convertirán, una vez asciendan, en las almas de los nuevos hombres del mundo de Mahito. 

Inspirada en una novela de 1937 de Genzaburo Yoshino llamada ¿Cómo vives? –que aparece como un regalo de despedida de la madre de Mahito– la película lidia con temas como el paso del tiempo, la madurez y la familia. El sentimiento de intimidad que nos genera la figura de Mahito se acrecienta gracias a la hermosa animación dibujada a mano de la película, un sello distintivo de las películas de Miyazaki y una suerte de acto de resistencia a las nuevas tecnologías luego de que Ghibli presentase en 2020 Earwig y la bruja, co-dirigida por el hijo de Miyazaki, una cinta en animación 3D. La técnica tradicional, conocida como "animación celular", es la firma de Studio Ghibli y nunca parece perder su encanto. Por ello, cada cuadro evoca emoción, logrando el equilibrio perfecto entre belleza y crudeza, magia y decepcionante realidad. 

La película ha sido nominada al Óscar por Mejor Película de Animación, sumando la cuarta nominación en esta categoría para Miyazaki, quien ganó la estatuilla en 2003 con El viaje de Chihiro. Adicionalmente, la cinta tuvo su estreno internacional durante el Festival de Cine de Toronto en 2023, convirtiéndose en la primera película animada en inaugurar esta muestra en más de 45 años de historia.  

Miyazaki, en contexto 

Las películas de Hayao Miyazaki son una forma concreta de presentar su visión de mundo, influida por las tradiciones de Japón, el aspecto ecológico aunado a la visión sintoísta de la vida en el planeta, el pacifismo, los peligros de la tecnología y una reflexión sobre el paso del tiempo. Miyazaki es el hijo de un influyente empresario y mecánico aeronáutico, quien prosperó durante la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, conforme se desarrollaba el conflicto, la familia del director hubo de evacuar Tokio a causa de los bombardeos a los que se vio sometida la ciudad. Estas imágenes impactaron sobremanera en la visión del entonces joven de cuatro años. Por otro lado, la casi muerte de su madre por tuberculosis quedó como uno de los traumas más profundos de su psiquis, apareciendo recurrentemente como tropo de sus películas. 
En cinco décadas dedicadas al arte y la animación, Hayao Miyazaki ha trabajado en Toei, espacio en el que se hizo notar por su participación en la película Gulliver’s Travels Beyond the Moon de 1965; en A Pro, espacio al que llegó en 1971 para participar como director de algunos episodios de Lupin the III junto a Isao Takahata y Masaaki Osumi, una de las series animadas esenciales de esta década; además de en World Master Theater en donde volvió a aunar esfuerzos con Takahata en la adaptación animada de Heidi.

En 1985, finalmente, fundó junto a su amigo y mentor Isao Takahata el Studio Ghibli, uno de los estudios más importantes en la historia de la animación. Entre las películas animadas más conocidas de Hayao Miyazaki se encuentran títulos como El viaje de Chihiro (que superó las ganancias en taquilla de Titanic y fue la primera película de anime en ganar un Premio Óscar), La princesa Mononoke, Mi vecino Totoro, El castillo vagabundo o Ponyo. A pesar de que ha anunciado varias veces su retiro, parece ser definitiva su despedida con El niño y la garza, en la que trabajó desde 2017.

Las películas de Miyazaki exploran la relación entre la humanidad y la naturaleza, la tecnología y la lucha por mantener una ética pacifista; a menudo, las protagonistas son niñas y mujeres jóvenes fuertes e independientes. En algunas de sus primeras películas, como El castillo en el cielo, se presentan villanos tradicionales, mientras que en otras, como Nausicaä, la primera película no oficial de Ghibli, y La princesa Mononoke existen antagonistas moralmente ambiguos con características positivas, alejadas de las convenciones occidentales. Sin embargo, independiente de la historia, las películas de Miyazaki se desenvuelven en una lógica sintoísta, la principal religión del Japón, en la que los kami, o espíritus, están interconectados unos con otros y con la vida en la tierra. En ese sentido, los bosques, ríos o montañas son el hogar de una plétora de deidades, quienes prefieren llamar a los objetos en los que residen yorishiro, objetos que tiene la capacidad de atraer a los kami, proporcionándoles así un espacio físico para ocupar durante rituales religiosos.

Encontrar el equilibrio: naturaleza y tecnología
A pesar de su evidente preocupación por el mundo natural, tanto así que ayudó a dar forma a un parque híbrido entre museo y reserva ecológica, la visión de Miyazaki no es misántropa ni desdeña todas las victorias que ha tenido la humanidad. Sin embargo, sus películas rechazan categóricamente el uso instrumental de los recursos naturales, el mito del progreso y la tecnificación de la guerra. En La princesa Mononoke, por ejemplo, nos encontramos con una población que, a fuerza de deforestar una montaña para la extracción de hierro, ha hecho enfurecer al espíritu del bosque que residía en ese espacio, además de un ejército intempestivo de criaturas salvajes como jabalíes, simios y lobos que han sido maldecidos por una condición que los convierte en violentos adversarios para los humanos de la Ciudad de Hierro. En contraposición, en Mi vecino Totoro los espíritus son parte del mundo, por lo que, si se les respeta, pueden colaborar y compartir con nosotros. Así mismo, Ponyo intenta probar que la bondad en los corazones de los hombres puede hermanar el mundo civilizado y el exuberante espacio de la naturaleza.

Por otro lado, Miyazaki utiliza a veces los vehículos de los seres humanos, principalmente los aviones, como parte fundamental de su argumento. El recuerdo de su padre está tan íntimamente ligado con sus aventuras animadas que incluso hizo que el progenitor de Mahito, protagonista de El niño y la garza, se dedicase también a la fabricación de aeronaves. En esta misma cinta es asfixiante ver cómo la relación con los automóviles y las personas se hace tangible, pues rostros anónimos pelean por hacerse un lugar entre los asientos de un tranvía, mientras que el papá de Mahito parece no caber en su flamante y moderno bólido azul. Los vehículos pueden movilizar flotas enteras de soldados para destruir lugares recuperados por la naturaleza, como en El castillo en el cielo, o cumplir los sueños del hombre de alcanzar el cielo y volar como aves entre nubes anaranjadas, como en Porco Rosso o Se levanta el viento

En ese sentido, la tecnología es una herramienta que el hombre utiliza para sus fines, ya sea el de proteger a los suyos o extraer de la tierra metales y minerales sin ensuciarse las manos. Así, el padre de Mahito celebra la belleza de sus máquinas voladoras, sin mencionar que están hechas para matar, mientras que el ingeniero aeronáutico Giovanni Battista Caproni de Se levanta el viento le explica a Jiro, protagonista de la cinta, “Los aviones no son útiles para la guerra. No son para hacer dinero. Los aviones son hermosos sueños. Los ingenieros convierten los sueños en realidad”.

La magna ópera de Miyazaki, El niño y la garza 
Como mencionamos, El niño y la garza tiene elementos casi autobiográficos y se inspira tanto en el pasado como en el presente de Hayao Miyazaki. Los paralelos entre la vida de Mahito y la de Miyazaki no son coincidencia. Miyazaki pone también en evidencia cómo el mundo puede derrumbarse cuando se pierde el respeto y el equilibrio, permitiendo que la avaricia se convierta en el motor principal de nuestras acciones. Así mismo, regresan los castillos encantados y hay guiños a varias películas de la filmografía de Miyazaki, como una alusión importante a Calcifer de El castillo vagabundo o el túnel hacia lo desconocido que termina llevando a Chihiro y sus padres a un nuevo mundo en el que los kami caminan libremente. La intimidad entre el creador y la creación es palpable, agregando una capa de profundidad y conexión personal que enriquece la narrativa.

Los protagonistas de Miyazaki emergen en entornos imperfectos en los que los habitantes padecen enfermedades, enfrentan la muerte, participan en guerras y provocan destrucción a su paso en aras del progreso. Sin embargo, incluso en las representaciones más pesimistas de la humanidad del cineasta, aun cuando nos confronta con nuestros impulsos más oscuros, sus películas son, en última instancia, sueños inocentes aunados por una inquebrantable anhelo y esperanza. Así las cosas, la película se convierte en un rito de paso en el que Mahito se redescubre tras un viaje que lo transforma, creando un paralelo con la novela de Genzaburo Yoshino que lidia con temas similares como la madurez, el duelo y la experiencia humana. Miyazaki presenta a un héroe imperfecto en proceso de conocerse: Mahito llora, sufre, miente y calla cuando se siente incómodo. Pero no duda en tomar un arco y una flecha, adentrándose en lo desconocido y mágico para rescatar a su familia. También, para Mahito como para Miyazaki, la vida es sagrada y el protagonista es incapaz de matar, incluso en las circunstancias más adversas. 
El niño y la garza es una hermosa carta de despedida de Miyazaki hacia sus fanáticos. En su película más larga enumera sus observaciones sobre la vida de la que somos parte y también la que nos rodea. Con una escenografía pintada a mano como último acto de resistencia al irrefrenable avance la animación digital, el director japonés parece haber aceptado que está viviendo fuera de su tiempo, como el anciano de su última historia, y nos reitera sus enseñanzas de la única manera que le permite su ingenio: a través de la magia y el color, de la vida que se impone a todo tipo de violencia. Si esta es realmente la última película de Miyazaki, es la despedida más grandilocuente de la historia del cine nipón. Si no lo es, como esperamos muchos, es un testimonio de su perdurable espíritu creativo, de una imaginación desbordada que no nace de las fabulaciones, sino del juicioso ejercicio de observar todo cuanto nos rodea, todo a lo que deberíamos demostrar gratitud y respeto.

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