La fábula del amor: los juegos de la comedia romántica
¿Qué tienen las comedias románticas que les ha permitido sobrevivir desde la antigüedad hasta el presente? Detrás de los espinosos juicios que las tildan de banales y los lugares comunes que les achacan, este género cuenta una historia que nos habla de algo profundamente humano donde lo ridículo y la ternura se dan encuentro con el poder transformador que el otro tiene en nosotros. La autora nos cuenta.
Llevo varios meses pensando en lo cómico y patético del amor. Han sido meses de capturarlo en el aire, como le sucede a la protagonista que de repente se queda sola y anhelante y el mundo se transforma en escenas que suceden de a dos. Me veo como el vértice que completa el triángulo, el punto de mira de dos personajes que me cuentan su historia. Me veo como la espectadora que se sienta frente al televisor cuando es de noche y se han acabado las cuentas del día, para ver eso que primero fue un gusto culposo y luego un placer reconocido: una buena comedia romántica. Son noches de secreto y emoción, en las que no resulta tan descabellado recibir una declaración de amor a gran escala.
Me he encontrado desde entonces defendiendo la grandilocuencia del género, ante las críticas que recibe de ser perjudicial para nuestras experiencias alrededor del amor. A veces creemos que la realidad es poco y que las cosas solo suceden de cierta manera. Las comedias románticas nos muestran que toda vida puede sufrir un giro inesperado, pero para que ese giro tenga lugar hay que aprender a decir: “sí”.

Mucho se emparenta a la comedia romántica con la fantasía; para mí está más cerca de la fábula. La fábula es la historia de la atención y la madurez, como tan bien lo ha estudiado Cristina Campo: la historia de un personaje que va más allá del juego de fuerzas que lo cercan y encuentra lo imposible: despertar de un sueño de cien años, regresar a la casa con los bolsillos llenos de joyas después de atravesar el bosque de lo desconocido, renunciar a los dones para encontrar el amor. Como los cuentos de hadas, la fábula es una lección moral.
Y como la buena romántica que hace poco descubrí que soy, considero que este género nos cuenta la historia del ascenso a esa montaña imposible que llamamos amor. Montaña que se sube mientras descendemos a los oscuros y subterráneos caminos de lo que somos, que nos recuerdan de dónde venimos y qué estamos dispuestos a dar. Montaña imposible: enamorarse de una famosa actriz que un día entra en tu librería y reconocer que esa figura casi inalcanzable te corresponde como en Notting Hill; enamorarse a los sesenta y tres años por primera vez, y de la mujer que inicialmente era tu suegra, como en Alguien tiene que ceder; amar a quien menos esperabas poder amar como en Abajo el amor. Se trata de ir más allá de la fuerza y la necesidad, romper el cristal para que la realidad se abra en su maravilla.


Son muchos los disfraces de la imaginación que aparecen en medio: el poder y el orgullo, la belleza y el placer, la confusión y la incomprensión. Las buenas comedias románticas van deshojando uno por uno, para que al final quede esa pequeña semilla que vence las ilusiones y descubre la materia del amor. Contrario a lo que podría pensarse, lo imposible sucede cuando se ha renunciado a lo más querido, al disfraz más brillante y perlado del deseo. Es un juego antiguo, una escena teatral que ponemos una y otra vez en el mundo, y que nos trae una y otra vez dicha y atención.
En el comienzo de toda historia juega su carta la fortuna. Es ella quien lleva al encuentro de los amantes, al acontecimiento que abre la historia. Fortuna, que es también como decir don, azar, suerte. Y como fábula ejemplar está El diario de Bridget Jones. Bridget Jones es una mujer británica de 32 años que lidia con el peso de su soltería en las fiestas de navidad. Su madre, una mujer excéntrica que teme la extravagancia de la hija, conduce a Bridget hacia Mr. Darcy, un compañero de juegos de la infancia que ella no recuerda. En el primer encuentro se manifiesta la desproporción de los jugadores: el orgullo y la torpeza no saben cómo darse la mano, a pesar de que ambos están vestidos por sus padres.
Luego del desastroso primer encuentro, aparecerá en escena el deseo encarnado, el disfraz de la imaginación, en la figura de Daniel Cleaver, el jefe sexy de la editorial en la que Bridget trabaja y que será la tercera arista en esta historia. La fortuna se repetirá y en su repetición jugará el orgullo, el deseo y el engaño para manifestar la ceguera y la humanidad de los contrincantes. Sin embargo, después del juego quedará una pequeña intuición de que algo, aquello, podría convertir a Bridget Jones y Mark Darcy en pares.
En medio del teatro de la vida, de las pruebas sobre quien somos cuando estamos verdaderamente solas y solos, vienen las pruebas de la voluntad. La fortuna ha puesto sus cartas en la escena, pero falta quien diga sí y quien diga no, quien juegue el juego. ¿A qué conlleva este movimiento? A poner a prueba toda convicción, toda seguridad. A subir una montaña invertida. En esencia, ir más allá de la ley de la necesidad, pues el amor no es necesario, y aun así…
Jugar mejor este juego es también prepararse para una contienda con el gran maestro de los disfraces: el deseo, que usará a un tercero o presentará a los dos jugadores como espejos distorsionados de sí mismos. De ahí por qué a lo largo de la Historia el deseo ha sido un tercero diabólico, con su forma cambiante, su lengua bífida y hábil. A la vez quién mejor que él para alimentar y transformar el juego del amor. Recordemos a Julia Roberts en La boda de mi mejor amigo, una mujer exitosa que de repente descubre que está enamorada de su amigo más cercano y querido, justo cuando recibe la noticia de que él se casará con otra mujer. Entonces Julia jugará a ser quien impida el matrimonio con sus artimañas, lo que llevará a probar con más fuerza la calidad de ese amor.

Aprendemos a desear el amor por mediación de las historias y, a la vez, anhelamos historias para desear, como si fuera la palabra y la figura de alguien más, un susurro quizá venido de la nada el que nos sugiere el lugar donde anida nuestro deseo. Más allá de la fantasía y del sexismo que se le suele adjudicar a la comedia romántica, este género se pregunta por qué amar cuando el amor no es necesario, de qué le sirve a una mujer amar en una época en la que ha alcanzado la independencia económica y a las carreras brillantes les sigue una amplia posibilidad de conciliar la maternidad; de qué le sirve a un hombre amar cuando le exige renunciar a su lugar para dejarse afectar por el mundo y poner su palabra en él.
Pienso en los increíbles personajes de Abajo el amor, Barbara Novak y Catcher Block. Barbara es la escritora de un bestseller que le enseña a las mujeres a dejar atrás la idea del amor y Catcher Block un donjuán que pierde su éxito con las mujeres a causa del libro de Barbara. Catcher jugará a ser el hombre perfecto para que Barbara se enamore y pierda; sin embargo, terminará descubriendo que ella ha movido las piezas del juego antes que él, entonces se encontrará a sí mismo transformado y deseando genuinamente lo que en un principio fue solo una interpretación.
Quizá la lección moral de esta fábula tenga que ver con la metamorfosis: amar para aprender a renunciar a ciertos papeles que la herencia y el capricho nos han asignado y saber en qué papel del mundo queremos realmente participar y con quién.
La comedia romántica es un sneak peek. Y por eso deberíamos entender que los disfraces brillantes se visten solo en algunos momentos del teatro de la vida. ¿Antes y después? Viene la contrariedad, la ambigüedad que hace de la realidad lo más preciado, el cristal más ancho y a la vez más fino. Las historias nos han llevado a creer en lo imposible, nos han vestido para asistir al encuentro, esa joya es suficiente para que sea pulida por lo prosaico. Pues esa inmensa realidad que es nuestra vida se desvía de la fábula, y entonces encontramos un tono propio, un matiz, una coloración que se ajusta a nuestra particularidad.
Vistas así, las comedias románticas nos engañan en tanto nos hacen creer que sus personajes son hombres y mujeres, cuando son palabras y papeles, virtudes y vicios en mezcladas proporciones. Así, los personajes de todo buen teatro conjuran la magia que precede a la realidad, son la figura y la mediación de nuestras preguntas. Y como ellos, nosotros también somos palabras y papeles, nos vestimos cada tanto para salir al mundo y cambiamos de disfraz cuando nos damos cuenta de que ya no nos funcionan. Contrario a lo que podríamos pensar, no se trata de falsedad, sino de juego e interpretación. Pero quizá lo bello de ese juego sea ponerlo en el terreno de la realidad.
Lo dice César Aira al hablar del don que recibe Aladino al encontrar la lámpara mágica del genio:
En este punto hay que recordar una precaución fundamental: los dones de la magia se gozan en la realidad, y no en una realidad embellecida y pasada en limpio, sino en una realidad menos mágica, la más chata y cotidiana. Inmediatamente después de producirse la magia, debemos volver a la realidad, pisar la tierra y administrar en ella lo que obtuvimos.



Pisar la tierra y administrar en ella lo que obtuvimos: pagar facturas, buscar un apartamento en arriendo, tramitar un matrimonio en la notaría, turnarse la limpieza de la casa. Si pretendiéramos prolongar la magia, «perderíamos todo el placer de su beneficio», dice César Aira, el placer de ser testigos de lo que somos capaces. Es lo que sucede al día siguiente del matrimonio de la princesa y el príncipe. Es lo que sucede con la maduración de los protagonistas, en el fuera de cuadro de la película.
Un gran personaje de la maduración es Hanna Horvath, protagonista de esa gran comedia que fue Girls. Hanna inaugura la serie con su presencia de joven narcisista que anhela la fama y el amor, y a lo largo de las temporadas recibe estos dones con todos sus matices y contrariedades. Al final, somos testigos de su transformación en una mujer que renuncia a los disfraces de la juventud, pues ha sabido cuando termina una época y cuando comienza algo nuevo.
La fábula del amor está hecha de pócimas y mediadores angélicos y diabólicos, encuentros de la fortuna y coqueteos con el deseo; es la historia del capricho juvenil y el umbral hacia la atención y la voluntad que requiere la madurez. Saber decir sí a lo imposible que es renunciar al disfraz que más nos gusta para encontrar nuevas formas de asentarnos en el mundo. Aprender a jugar el juego del tiempo, que es inevitable y puede endurecer una vida. Las fábulas vienen a recordarnos que la experiencia humana es sorpresa y repetición, que nos gusta ser engañados y también redimidos, que nuestro corazón se conmueve de manera espontánea.

El otro día, pensando en el orden que llevaría este texto, salí a caminar con los perros y me encontré observando el patio de un colegio, donde los estudiantes de noveno o décimo practicaban la coreografía de “You’re the one that I want”, la icónica pieza musical que interpretan Olivia Newton y John Travolta al final de Grease. En ella, Sandy, una estudiante ejemplar, decide disfrazarse de femme fatale, el tipo de mujer del que se supone debería estar enamorado Danny, el playboy de la secundaria, y así captura su atención para luego afinar la diferencia y la complicidad entre ambos.
Al ver este reenactment adolescencial, pensaba en cómo seguimos conjurando el juego en sus distintas formas, con sus distintos avatares, a pesar de las imposiciones y los giros de nuestro tiempo, y me imaginaba que en secreto una de esas parejas adolescentes bailaba en serio bajo la máscara de la escena, y se decían sin decirlo: you’re the one that i want.
Suscríbase a nuestro boletín
Sin spam, notificaciones solo sobre nuevos productos, actualizaciones.
Dejar un comentario