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Estampación

El Hecho: telas vivas

Tinturar puede ser un arte del encuentro entre el mundo, la paciencia y la curiosidad. Ese ha sido el corazón de El Hecho, una marca de ropa, taller y proyecto de la diseñadora Daniela Martínez, combinando la alquimia de los tintes naturales con procesos lentos en San Pedro de los Milagros en Antioquia. La autora nos cuenta.

Uno se impone al medio ambiente, el otro lo crea.
Uno está diseñado para la naturaleza, el otro está diseñado por ella.

Neri Oxman

Los primeros registros de la historia, esos dibujos sugeridos de siluetas humanas, bisontes atravesados por lanzas, ciervos en movimiento y símbolos en apariencia ritual, hechos en cavernas alumbradas por el fuego o sobre murales de roca, fueron posibles porque emergió la idea del pigmento; de usar los residuos de leños quemados, arcillas y óxidos para reflejar ahí lo que se veía. Con el tiempo, se sofisticaron los modos y se buscó entre hojas, raíces, frutos, cortezas, rocas, flores, insectos y moluscos la posibilidad de extraer tintes diversos que ayudaran a replicar la realidad polícroma o a adornarla. Ese, más o menos, es el trabajo de Daniela Martínez, creadora de El Hecho.

San Pedro de los Milagros queda al norte de Antioquia y es frío. El paisaje contiene vacas, crucifijos, neblina, cuerpos de agua, quesos, sembrados de papa y tomate de árbol, y en la vereda Santa Bárbara, además, pueden verse cada tanto, tendederos repletos de telas coloreadas con plantas. El Hecho queda allí, en una finca con un taller anexo donde Daniela hace prendas de ropa y piezas artísticas con fibras naturales y tinturas extraídas de plantas y residuos orgánicos que con paciencia recoge, extrae y altera; su cosecha, como escribió alguna vez, “es un acto de agradecimiento a lo que nace de la tierra y luego de las manos”. 

Para que una pieza de El Hecho suceda lo primero es, entonces, la tierra. Daniela nació en Medellín, pero su papá trabajaba en el ejército y cada año lo trasladaban a una brigada diferente, esto significó para ella un movimiento constante: vivió en Cali, Neiva, Bogotá, Cúcuta, Ibagué y Caquetá en batallones de los que salía poco pues adentro tenían todo lo que en apariencia es necesario para vivir: supermercado, dispensario, colegio, parque. Luego de ese movimiento vivió en Medellín, en Buenos Aires (donde estudió Diseño de Indumentaria y Textil en la UBA) y pasó varias temporadas en Uruguay, pero nunca habitó el campo; lo más cerca que estuvo fueron algunos años de estudiar Veterinaria y Zootecnia, una carrera que no terminó porque le parecía una paradoja aprender a curar y operar los mismos animales que luego le enseñaban a diseccionar para vender como alimento. Hace cinco años, sin embargo, llegó a San Pedro. 

Cuando aterrizó en esas montañas ya había experimentando con la indumentaria: vendió ropa interior en Buenos Aires, tuvo una marca en Medellín del mismo tipo de prendas y fantaseó con trabajar entre textiles. Por eso fue natural que, durante la pandemia, decidiera tomar un curso de tintes naturales que luego en el entorno de San Pedro pudo explorar con la materia prima al frente. Esta búsqueda la inició porque cuando trabajaba con ropa interior se dio cuenta de lo costoso —tanto para la producción como para el medio ambiente— que podía resultar tinturar, y pensó que tal vez en las plantas podía encontrar una solución. Tenía razón.

Para hacer una prenda de El Hecho son necesarias de 70 a 150 horas dependiendo de los detalles. El primer paso es tener una fibra natural como algodón, lino, viscosa o seda y descrudarla, que es lavarla bien con agua caliente y jabón para que le salga todo el apresto, el polvo y la contaminación de fábrica; luego prepara litros y litros de leche de soja a partir de los porotos, para hacer un baño de proteína a las telas durante varias horas; esta leche es el pegamento. Las deja secar y las mete en piedra lumbre y agua caliente que es el mordiente, el que permite que se encapsule luego el color en la tela, que cuando le acerca el tinte a la fibra, esta lo agarre y lo fije. Han pasado ya varias horas y la tela sigue en blanco.

El agua que Daniela usa para todo el proceso es lluvia. En el taller tiene un tanque de mil litros que recoge a través de canaletas; lo hace porque su intención es causar el menor impacto ambiental posible y porque el agua que viene del cielo, cae más pura. En un proceso de tintura el PH es muy importante y el cloro usado en los acueductos puede alterar los resultados: “Si el agua es muy ácida, los colores tienden a ser más claritos; si el agua es muy alcalina tienden a ponerse más oscuros y un PH neutro te ubica en la mitad”. La necesita limpia para poder manipularla; para poder luego con ácidos como limón o vinagre, bicarbonato de sodio, sulfatos de hierro o hierros oxidados variar a su antojo la tonalidad de las tinturas.

Paralelo a preparar la fibra, empieza la recolección. Aunque históricamente se han estudiado ciertas plantas por sus propiedades tintóreas y Daniela tiene guías que le permiten entender qué tipo de insumo le funciona y cuál no, su trabajo es sobre todo probar. Buscar cortezas, hojas, flores, residuos de alimentos y jugar con ellos para ver qué colores pueden salir de ellos.

Los materiales que más usa son la feijoa que da un color beige que modificado con hierro puede llegar a gris oscuro o negro, corteza de acacia que da un tono palo de rosa similar al que da el aguacate (que puede llegar hasta el morado), y cebolla que pinta amarillo intenso y verde oscuro.

Si va a tinturar toda la tela o a pintar con el pigmento, suele poner la materia orgánica a remojar, la cocina, la cuela y deja que repose para poder usar ese extracto. También usa otro método cuando quiere que figuras de hojas y flores queden plasmadas en la tela: “Se hace con calor y presión, pongo las hojas sobre la tela y con un tubo de cobre enrollo duro y lo pongo en una olla; el tubo genera una transmisión de calor de adentro hacia afuera y el vapor de la olla de afuera hacia adentro, eso está tan caliente que los pigmentos de las hojas salen y quedan adheridos a la tela”. El proceso de entintado natural tiene mucho de alquimia.

Esta alquimia, que se hace entre telas que se deben escurrir y doblar, plantas que se recolectan y se escogen con la minucia de los dedos, ollas que se sujetan y se llenan y se ponen al calor, cuadernos que requieren de unas manos para registrar la memoria de los experimentos de tonos, Daniela la hace con dolor. Hace diez años está diagnosticada con artritis reumatoide, una enfermedad inflamatoria y autoinmune que hace que el 70% del tiempo le duela todo el cuerpo: las muñecas, los codos, los hombros, las rodillas. A veces no puede hacer actividades simples, como abrir una botella o recogerse el cabello; sin embargo, en El Hecho sí recoge y dobla y experimenta, sí cocina telas que lava y pinta, sí usa las manos y mueve lo que pueda a merced de la tinta.

El dolor viene con cierta frustración y luego con fuerza: “¿Por qué cuando estoy tan enganchada con algo que me hace sentir tan bien tiene que ser tan costoso para mí, o tan difícil? Más allá de lo físico, tinturar con plantas sana muchas cosas en mí. Me emocionan los colores, lo que hay detrás de las fibras y textiles, la historia de estos sustratos. Darme cuenta de que así me duela, lo puedo hacer”. Por eso no busca producir en masa. En este momento hace máximo 30 unidades por diseño que pueden ser pantalones holgados, camisas y camisetas con siluetas simples, vestidos, shorts y pañoletas. Le gustan las prendas que pueda usar cualquiera y ajustarlas a su talla y a su estilo. Sin embargo, su idea es mutar la marca hacia un espectro más artístico. Piezas más contemplativas, que correspondan a un tiempo más pausado, y que le den una tregua de quietud; transformar lo que en este momento exige de ella cierta velocidad, a un oficio lento y escampado para su cuerpo. 

Este nuevo proyecto está igual anclado a seguir explorando el oficio de trabajar con tintes naturales, además, porque la mantiene en un entorno que para ella es favorable. La artemisa, que siembra en su casa junto con muchas otras materias primas, la usa para lograr colores verdes y grises y también aprovecha su contacto con ella para beneficiarse de su poder desinflamatorio. A veces, incluso, tintura según lo que necesite su cuerpo: “Uso mucho el durante o los residuos del proceso de tintura; por ejemplo, tomo la decisión de tinturar con eucalipto, porque tengo que hacerme vaporizaciones, porque tengo gripa; hay una realidad ahí y es que es una planta medicinal, la idea es tener un doble propósito si se puede”.

Otras veces la decisión es más estética o de disponibilidad de los recursos. Usa níspero para lograr rosados pasteles, y una vez barrió las calles, pidió a amigos y a quienes se encargan de la basura en la ciudad que le recogieran hojas de almendro –grandes, color café– que inundan las calles de Medellín por épocas, para lograr tonos marrón, verde y amarillo quemado y hacer una cápsula solo con esas tonalidades.

La tendencia en El Hecho la marcan las hojas que caen, las flores que adquieren, finalmente, cierto color. La marca, además, la curiosidad “de coger una hoja y descubrir como estampa, de escoger una rama y meterla en agua y ver qué colores va sacando, de ver que compraba pigmentos que me daban los mismos tonos de plantas que crecen como maleza en la casa”.

Daniela dice también que esta experimentación no acaba, que tiene todas las posibilidades del mundo y que todavía no ha encontrado todos los números de combinaciones que se pueden hacer entre plantas y alimentos y fibras y ácidos, sulfatos o hierros. Cuando empezó a dolerle el cuerpo, estaba desconectada de ella, “no había encontrado una fuerza de conexión conmigo o con algo, no me sentía útil, inteligente, creadora”. El Hecho cambió eso

Cuando empezó a preguntarse por el color y las plantas, la artritis le impedía caminar por ella misma, “estaba encerrada, súper tiesa, pero a la par que empecé con los procesos de investigación, me fui a vivir a San Pedro. Este proyecto me hace sentir suficiente, que aún con dolor puedo cargar mis ollas y hacer mis cosas, que soy más grande que esta inflamación, ¿cierto? No me quiero oxidar”. El Hecho no es una marca común porque lo que la teje no es común, es de ritmo pausado, de detenerse a ver cómo crece el suelo y qué colores permite, de buscar la belleza en lo que sobra; y de alguien que, como escribió Mary Oliver, “sabe cómo prestar atención, cómo tumbarse en la hierba (…) cómo pasear por los campos”.

Andrea Yepes Cuartas

Periodista. Ha trabajado escribiendo y creando contenidos sobre diseño, ciencia y diferentes formas del arte para El Tiempo, Bacánika, BOCAS, Lecturas y Habitar, entre otras publicaciones. Creó la revista Mamba sobre diseño, un podcast llamado Objituario sobre objetos perdidos pero no olvidados y una marca de libretas, NEA Papel. Le interesan el alemán y el inglés, los libros sobre los que hay que volver, y poner el diseño y la ciencia en entornos periodísticos y museográficos

Periodista. Ha trabajado escribiendo y creando contenidos sobre diseño, ciencia y diferentes formas del arte para El Tiempo, Bacánika, BOCAS, Lecturas y Habitar, entre otras publicaciones. Creó la revista Mamba sobre diseño, un podcast llamado Objituario sobre objetos perdidos pero no olvidados y una marca de libretas, NEA Papel. Le interesan el alemán y el inglés, los libros sobre los que hay que volver, y poner el diseño y la ciencia en entornos periodísticos y museográficos

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