Residencia de Bad Bunny: la resistencia de Puerto Rico hecha fiesta
Los 31 conciertos de Benito Antonio Martínez Ocasio en el recinto más emblemático de su país no son solo una histórica lección de marketing y estrategia, sino una invitación a preguntarnos qué le permitió lograr algo así. La autora, recién bajada de la fiesta, nos cuenta.
La Residencia de Bad Bunny en el Choli de Puerto Rico es de esos espectáculos memorables que te atraviesan el corazón cuando tienes a los tuyos lejos. Viajas a otro país y crees que vas a vivir una fiesta y resulta que esa fiesta te refleja una mezcla de cosas que están pasando adentro y no sabes bien cómo expresar afuera.
Uno vuelve de estas experiencias con la emoción hecha cuerpo. Son días viendo azules intensos en el horizonte, fiesta ambulante, alegría contagiosa, noche infinita, agradecimiento y maravilla constante. Es un viaje-complicidad compartido con extraños: sonrisas hasta con el personal de migración, el vendedor, el del taxi o el bar, el del asiento de al lado del avión o de la platea. Todos saben a lo que viniste, porque viniste a hacer historia.

Fueron 31 conciertos los que se ofrecieron en ese recinto, como los 31 años de edad tiene Benito, el artista que se ha consolidado en estos dos meses como fenómeno del mundo —más de lo que ya era— por todo su aporte a su cultura borinquen. 713 millones de dólares aportaron estos conciertos a la economía de la isla; aumentaron el PIB al 5%, recibieron 600’000 turistas e hicieron el milagro: PR ya no fue al mundo sino que, por primera vez, el mundo vino a PR.
Entonces, si en Colombia, México, Argentina o Miami hay tantas estrellas internacionales y venues de altísimo nivel para la música de nuestro tiempo, ¿por qué un concierto en Puerto Rico podría ser distinto? ¿Por qué ver a Bad Bunny en Puerto Rico en vez de esperar a que llegue de nuevo, por ejemplo, a Medellín?
Torrivilla, buen amigo y curador de arte en México, decía que Benito es el paroxismo de la mercantilización: “Nos gusta porque levantó la economía de Puerto Rico, porque educa como no lo hacen ya las instituciones, porque decoloniza, erotiza y enamora. Se ha convertido en el máximo producto redentor”. Y lo que exacerba esta afirmación es la implementación de una estrategia que empieza desde lo más orgánico que tiene, en particular, ese país: la sonrisa de su gente.

Bad Bunny ofreció una maximización de la experiencia identitaria de la isla al convertir su concierto en, prácticamente, una boda destino. Este es un viaje privilegiado, que aumenta el FOMO de quienes no pueden estar ahí, no solo por los precios, sino por el exotismo de descubrir una isla del Caribe a la que se necesita visa americana para entrar.
Los tickets para extranjeros incluían infinidad de regalos adicionales al concierto como hotel, pool party, sugerencias de restaurantes y tours, una bolsa de obsequios brandeados, casita inmersiva, tienda de merch exclusiva, tren urbano gratuito, toques de música tradicional en las estaciones, stands de concientización y un sinfín de activaciones de marca. Todo diseñado para que los turistas se quedaran más de una noche y obligatoriamente tuvieran que consumir local, pero también para que la misma experiencia puertorriqueña le diera sentido al título de la Residencia: “No me quiero ir de aquí”.
Benito no inventó el patriotismo en Puerto Rico. Pero usó como bandera (y perfecta estrategia) un patrimonio intangible que ya existe en el imaginario de los boricuas, un asunto en el que todos están de acuerdo: su amor desbordado por la isla.
En Puerto Rico, a pesar de que unos quieren ser independientes del control que ejerce Estados Unidos sobre la isla y otros tantos no, todo tiene tres colores, una sola estrella. Dicen: “Yo soy boricua, pa’ que tú lo sepas”. Tienen un “pasito” de varias octavas que hacen al unísono y en loop cada vez que están disfrutando una fiesta o cualquier concierto. Usan la bandera como estampado en ropa, accesorios, y como capa sin una ocasión especial, estén en su barrio o en otro país. Las casas, playas y parques públicos tienen la bandera izada siempre.
Por eso Bad Bunny no tuvo que remar contra la corriente, no fue contracultural solo por cantar trap sobre la base de la bomba, por componer una plena con la agrupación tradicional más reconocida entre los jóvenes o por invitar al actor de cine más querido a protagonizar su cortometraje. Su discurso político es algo en lo que todos los habitantes de la isla coinciden, vayan al concierto o no, les guste su música o no, y por eso celebran que, al fin, el mundo se entere de su gentilicio.
Benito decidió democratizar su discurso al transmitir por 24 horas en loop gratuito el último concierto de su residencia: la estocada final a la nostalgia del discurso identitario. El mundo, que con suerte se había enterado del show por redes sociales, pudo entender con tomas en primerísimo primer plano a qué se refería Benito con aquello de “Welcome to the Calentón”. Lo hizo en la conmemoración del aniversario 8 del huracán María, que devastó la isla y dejó casi 5’000 muertos en una población de 3’000’000 de personas y lo transmitió en el marco de un macro-acuerdo con Amazon que es más bien un manifiesto de la gestión de país que sueña: programas educativos, de agricultura, fondo de emergencia para desastres naturales, una vitrina para emprendedores locales y añadiduras como la donación de todas las plantas de la tarima principal a un comedor de Guanabo para ancianos y personas sin hogar.

Este es el discurso político más coherente que se haya podido escribir desde la música urbana durante los últimos años: el del arraigo de un país colonizado que vive con la misma alegría y la misma nostalgia, la herida abierta de su migración. Pero la consagración de Bad Bunny como fenómeno cultural Caribe no empezó en julio, durante su residencia. El 5 de enero, cuando lanzó su álbum “Debí Tirar Más Fotos”, algo en la dinámica de las calles de Puerto Rico cambió.
Mientras que para el resto de América Latina la fecha ponía fin a las Navidades, la isla en enero se preparaba para su celebración anual más importante: Las Fiestas de la Calle San Sebastián, el carnaval de la isla, y en la que este año, gracias al efecto Bad Bunny, recibieron un millón de asistentes que colapsaron El Viejo San Juan. Entonces Benito apareció en El Boricua, un bar universitario antisistema, a cantar en su tarima callejera y empezó la resignificación de su discurso: en unos días, la isla entera no solo se había aprendido cada acorde del álbum, sino que lo habían convertido a él, como ícono, en la omnipresencia de la isla.
Por la mañana café y por la tarde ron, en bucle interminable. Murales, afiches, camisetas, fiestas temáticas, tipografía, el sapo concho, la plena en la calle, los cabezones con el rostro de Benito, el perreo desplazando a la salsa como género nacional. La pava y la flor de maga, los accesorios jíbaros, dejaron de ser exclusivamente para los campesinos y se convirtieron en una moda cool; los “chamaquitos” empezaron a corear al Gran Combo de Puerto Rico que casi no conocían hasta entonces; las “matrículas” de las clases de baile aumentaron en la isla, y las sillas blancas de plástico en el patio de la casa -desiguales, como en la portada del álbum- cobraron más sentido.
“No Me Quiero Ir de Aquí” se ha convertido en una lección de marketing e identidad que no hubiesen podido advertir ni los más grandes gurús y de la que los grandes artistas urbanos deben estar tomando todos los apuntes. Empieza con un tema que salió en plataformas incluso después de los primeros shows de la Residencia, tiene una producción que se aleja del convencionalismo del bling bling del urbano y logra teatralizar una historia que atraviesa el pecho de cualquier persona que ha visto a su gente partir.
Este espectáculo muestra cómo se puede hacer una mega producción sin quedarse en el estereotipado convencionalismo del lujo, el sexo y la pirotecnia. De hecho, las bailarinas no llevan escote y se menean vestidas de jíbaras con zapatos Adidas, discurso que se une poéticamente con el de los apagones, la gentrificación, la migración y la privatización de las playas públicas en canciones como “El Apagón” o “Lo Que Le Pasó a Hawaii”, que interpretan músicos tradicionales con su güiro, el cuatro y el tambor que tocan “para que nunca sea tarde”.

Benito nos está mostrando todo su universo, que es también el imaginario de la isla, a través de sus invitados. Está contando la historia de su origen con quienes interpretan sus canciones. Y esa es la honestidad que celebramos cada noche. La de un artista supo hacer de su voz una marca personal consolidada que sorprende en escena, porque todo cuanto es, lo ha logrado gracias a ella: críticas y alabanzas, la honestidad de cantar sin playback, de presentarse con sus dos nombres y sus dos apellidos para decir frases tan emotivas e importantes como sencillas: “De todas las opciones, el amor siempre va a ser la mejor”.
En Puerto Rico, los géneros tradicionales se bailan todos los días en sus calles sin excusas. Las mujeres llevan consigo una falda o bufanda que les permita bailar bomba, si se encuentran un jangueo en la calle. Todas las semanas hay plenazos, perreo, salsa. Cuando un boricua va a bailar, no va simplemente a una fiesta, sino a celebrar su cultura.
Benito decidió no ir de gira a Estados Unidos, dice que por las políticas migratorias de Trump, pero pareciera que la coyuntura calza perfecta con la coherencia de su storytelling. ¿Cuántas estrellas están dispuestas a no girar por el país que les da más revenue y prestigio, únicamente para sostener un discurso?
La gran lección de Bad Bunny es haber creado un imaginario que no solo le resuena a su audiencia, sino que incluye la narrativa de todo un país, con el que incluso otros pueden sentirse identificados y adoptarlo como propio. Benito nos ha enseñado a que este producto comercial puede ser el motor que enciende una ola de masificación enorme que puede catapultar a un artista y sostenerlo en el tiempo, pero también a un país que se consolida como destino turístico exótico, y como herencia cultural para quienes están viviendo este momento histórico para la música latina y que aspiran en convertirse en los juglares del discurso a medida que el tiempo pase.

Benito es parte de una generación que encuentra en el mundo su propia manera de mirar hacia adentro para transformarse y poder expresar, desde esa nueva mirada, su voz. Con “Debí Tirar Más Fotos” y “No Me Quiero Ir De Aquí” está reflejando exactamente eso: buscar en sus orígenes, en su historia, en sus raíces, una manera de no solo evolucionar como un artista que rompe todos los récords de venta y se vuelve caso de estudio, sino de reivindicar el derecho de alzar su voz como ejercicio de resistencia a una isla que no ha podido hacerlo en momentos claves de su historia.
Por eso Bad Bunny está dejando la vara tan alta y nadie puede advertir qué viene después de esto, aunque todavía no haya empezado la gira. Son 22 ciudades desde Santo Domingo hasta Tokyo o Sidney donde se va a presentar con “Debí Tirar Más Fotos World Tour”, un show con otro nombre, otra web para comprar los tickets, otro escenario. La apuesta es que esos 600’000 turistas que fueron a PR se vuelvan embajadores de la experiencia y repitan en sus ciudades. Que los puertorriqueños del mundo se hagan sentir con sus banderas. Y que, sin importar las millas lejos del Caribe o la partida de nacimiento de quienes estén ahí, ese río indomable entre boricuas y extranjeros se vuelva un baile inolvidable.
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