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Cuentos macabros del centro histórico

Cuentos macabros del centro histórico de Bogotá

Ilustración

Dicen que en cada esquina de la Candelaria habita un fantasma. Una atmósfera tan mística como lúgubre invade las calles por las que a diario pasan miles de personas. No alcanzamos a imaginar las miles de historias que han tenido lugar en esas calles desde los tiempos de la conquista española. Aquí le contamos algunos de los relatos de los caídos de este histórico y fantasmal lugar guiados por Viajarte Colombia.

Cuentos macabros del centro histórico

Cuentan los vecinos cercanos al callejón de la calle 9a con carrera 1a, que el encargado de empedrar las calles de la Candelaria fue Alex Mogollón, un ingeniero jóven, que en sus ratos libres solía entregarse al  amargo placer de la chicha. 

El ingeniero tenía un plazo de 6 meses y seis días para terminar las calles, que de no cumplirlo lo condenaría al destierro. Y entre sus habituales borracheras, se olvidó del plazo determinado. Dice la historia, que la última noche, para escapar de la condena, Mogollón invocó al diablo para pedirle que terminara de empedrar completamente la calle en un plazo máximo de seis horas, a cambio de su alma. 

Sellado el trato, el diablo y sus duendes empezaron a, poner piedra por piedra. Dicen los más viejos, que sus antepasados pudieron escuchar el sonido de las herramientas y las risas de los duendes mientras hacían el trabajo. 

Clareando la mañana, aún con los rezagos de la pasada borrachera, Alex revisó junto al diablo el trabajo realizado, pero al doblar el callejón de la calle 9a con carrera 1a, se dió cuenta de que faltaba una piedra. Y el trato era claro, de faltar una sola piedra el diablo tendría que regresar al inframundo sin el alma de Mogollón. Así fue como el ingeniero salvó su alma, se libró del destierro, y siguió empinando el codo, mientras cada noche en el callejón de la novena aparece alguien tratando de cuadrar la piedra número 666.

Cuentos macabros del centro histórico

Hace más de cien años, cuando las aguas del río San Francisco todavía corrían por lo que hoy conocemos como el eje ambiental, muy cerca de la taquilla de Monserrate y el sendero ecológico de San Francisco o Vicachá, pasaban las mujeres desde el cerro de Guadalupe, para lavar la ropa. Entre este grupo, conocido como las lavanderas, estaba Filomena la floja,una mujer joven que le hacía el quite a los quehaceres cada vez que podía, y se burlaba de las demás cuando las veía trabajar. Hasta que una extraña enfermedad se la llevó de pronto.

En aquel tiempo, solo los que podían pagar para descansar cerca a los pies de Cristo reposaban en la iglesia, de modo que una lavandera sencilla sería enterrada en la tapia de su casa. Así fue enterrada Filomena.

Poco después de su muerte, las lavanderas dejaban la ropa en remojo por la noche y, al día siguiente, la encontraban ya lavada y tendida. Nadie sabía quién realizaba el trabajo. La curiosidad llevó a una de las mujeres, doña Ernestina, a hacer guardia una noche. Y para su asombro, lo que vio fue al espíritu de Filomena lavando la ropa. 

Años después, cuando el muro de tapia pisada donde Filomena estaba enterrada se derrumbó, en noviembre de 1875, descubrieron su esqueleto. En sus manos aún sostenía un pedazo de jabón de la época. 

Cuentos macabros del centro histórico

La historia de Santa Fe De Bogotá, no se puede desligar de su pasado religioso, algo muy evidente en su patrimonio arquitectónico. En cada calle del centro, podemos encontrar una catedral, una capilla, un convento o un santuario. Entre los sacerdotes de la comunidad jesuita que por entonces vivían en el centro, vino a vivir desde España el querido y apreciado Padre Ricardo, un hombre guapo, alto, de cabello negro, ojos grandes y una frente bastante pronunciada. 

La llegada del padre Ricardo llamó la atención de María Larpí, una mujer famosa por ser la amante de más de uno en su barrio: quedó flechada, con cara de ternero enguayabado al ver al honorable Padre. Se propuso conquistarlo. 

En principio se le acercaba a seducirlo con una falsa bondad, aunque no era capaz de corromperlo. Entonces María se  ordenó monja en el convento de las Monjas las Clarisas, hoy en día conjunto residencial Calle del Sol, para tratar de tentarlo. De allí la mujer salió llena de rencor y frustración, pues el Padre Ricardo era el único hombre que se le negaba a ella. 

Cuando el Vaticano le encomendó al Padre Ricardo construir una iglesia, ella usó su influencia para que nadie del barrio lo ayudara, ni con materiales ni con mano de obra. A pesar del total abandono y la soledad, Ricardo, con su fe inquebrantable, logró edificar el templo él solo a lo largo de muchos años, inaugurándolo finalmente el 27 de noviembre de 1606. María, obsesionada, escribió al Vaticano con falsas acusaciones, lo que provocó que llamaran a Ricardo a Roma. Cuando el sacerdote emprendió su viaje, María le tendió una emboscada en el camino y lo asesinó el 15 de mayo de 1608. Luego desmanteló la iglesia y repartió todos sus bienes entre los vecinos.

Desde entonces se dice que en cada casa donde hubiese alguna de las pertenencias del padre, el fantasma de Ricardo aparecía; sin embargo, la gente que lo veía decía que en su presencia lograba sentir la paz de Dios y el amor que siempre transmitió estando en vida. Enterada de estas apariciones, María Larpí intentó recolectar todos los objetos del templo con la esperanza de ver o escuchar a Ricardo, pero ella fue la única persona que nunca logró percibir su fantasma. Murió de demencia el 29 de junio de 1657.

Cuentos macabros del centro histórico

En los años 1850 Bogotá estaba, como hoy, sumergida en la inseguridad y la delincuencia, a causa de la desigualdad entre clases sociales. En medio de la violencia, el doctor Russi era el abogado de los pobres y débiles: se atrevía a defender lo que todos juzgaban. Para Russi un ladrón era un ser humano en problemas que, por falta de trabajo y apoyo, tomó el camino incorrecto. No hacía apología al delito, pero trataba de hacer más humana la justicia. 

Por supuesto a los aristócratas, terratenientes, clérigos y militares no les simpatizaba su obra, para ellos Russi era un estorbo y debía ser eliminado. Un día, frente a su casa en el barrio Egipto, apareció el cadáver de un hombre, y todos quienes lo odiaban, culparon a Russi de haberlo asesinado.

El abogado no dejaba de alegar su inocencia pero nadie lo escuchó. Fue condenado a muerte, y llegado el día, fusilado en la Plaza de Bolívar ante cientos de testigos. Su cuerpo fue humillado y sepultado en el Cementerio Central de Bogotá.

Tiempo después, quienes lo inculparon empezaron a sentir que alguien los perseguía todas las noches por las calles de Bogotá, e incluso uno de ellos lo escuchó hablar. Unos lo veían por un lado y otros al otro lado de la ciudad. Todos lo describían como un ciudadano elegante, con pantalón negro, camisa impecablemente blanca, capa negra y sombrero de copa; con la cara ensangrentada.

Cuentos macabros del centro histórico

A finales del siglo XIX Bogotá era conocida como la “Atenas de Sudamérica”, por los artistas, poetas, y escritores extranjeros que vivían y también por los que visitaban la capital, quedando maravillados por la enorme oferta cultural e intelectual que poseía. Así también la llamó el rey del tango, Carlos Gardel, quien sin saberlo le ofreció a la ciudad el último recital de su vida. 

Gardel llegó a Bogotá con el brillo de una estrella que parecía no conocer el ocaso. Desde el 14 de junio de 1935 realizó en Bogotá 12 presentaciones hasta el 23 del mismo mes. Los teatros Real, Olympia y Nariño, fueron los testigos de los aplausos sin final, de la sonrisa de Gardel y su porte impecable, y de cada corazón conmovido por la presencia del Morocho del Abasto.

El 23 de junio, cerca de las once de la noche, por medio de la emisora La Voz de la Víctor y de los altavoces ubicados en la Plaza de Bolívar, Carlos Gardel tuvo un gesto generoso al ofrecer sus canciones, acompañado de sus músicos, a quienes no habían podido escucharlas en los teatros. 15.000 gardelianos pudieron escuchar las letras de Insomnio, Cuesta abajo, Tengo miedo de tus ojos, Melodía de arrabal y Tentación. 

Antes de entonar su última canción, Tomo y obligo, Gardel se despidió de Bogotá con estas palabras: Gracias por tanto cariño. La emoción no me deja hablar. Gracias, gracias, no les digo adiós sino hasta siempre…

El 24 de junio, el avión que abordaba Gardel hacia Medellín levantó vuelo desde Las Playas, y una ráfaga lo desvió hacia otra aeronave. Pero esa tragedia alimentó la leyenda: Gardel no se fue del todo. En cada esquina del centro, donde suena un bandoneón, en cada tango susurrado, se dice que sigue vivo.

Valeria Herrera Oliveros

Realizadora audiovisual y periodista, nacida en Bogotá. Su pasión por el arte la llevó a aprender a través de la práctica. Comenzó tocando el violín, luego se dedicó al dibujo y la pintura, para luego preguntarse cómo se hacen las películas y convertirse en cineasta. Ha escrito y dirigido cortometrajes, y valora la escritura como el nacimiento de todas las ideas. Melómana, amante de los perros, de las flores, de las Taylor’s Versions y de las buenas historias.

Realizadora audiovisual y periodista, nacida en Bogotá. Su pasión por el arte la llevó a aprender a través de la práctica. Comenzó tocando el violín, luego se dedicó al dibujo y la pintura, para luego preguntarse cómo se hacen las películas y convertirse en cineasta. Ha escrito y dirigido cortometrajes, y valora la escritura como el nacimiento de todas las ideas. Melómana, amante de los perros, de las flores, de las Taylor’s Versions y de las buenas historias.

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