
Jenny Toro: tatuar y bordar la memoria
Asimetría de fuerzas, muestra de la artista Jenny Toro, estará exhibida hasta el 17 de abril en el Museo de Arte de Pereira. Esta exposición da cuenta de la historia de violencia vivida por los colombianos durante décadas, vista a través del lente de una familia militante, la familia de la artista.
La exposición Asimetría de fuerzas se acerca a la memoria a través de costuras, huellas y escombros. Y, por medio de una resignificación estética del pasado, cierra heridas, recoge pasos y reconstruye lo que estaba roto.
La artista Jenny Toro creció en una familia políticamente activa, muy consciente del conflicto que para ellos no era –ni es– una experiencia ajena a lo doméstico. Los familiares de la artista fueron militantes durante los años más álgidos del conflicto y sufrieron una pérdida irreparable en medio del fuego cruzado. Según ella, “esta muestra surge de la experiencia directa de tener un familiar desaparecido. El hermano de mi madre fue desaparecido justo antes de que yo naciera y a mí me costó mucho tiempo entender que toda esa añoranza e inquietud se queda en el árbol genealógico. Por la ausencia del cuerpo, por un duelo que no se alcanza a realizar. Son huellas invisibles y de las que muy poco se habla, precisamente por ese tabú ideológico que hay en torno a la izquierda”.
La muestra, exhibida en el Museo de Arte de Pereira, está compuesta por los diversos medios que explora la artista. Por un lado, están las piezas bordadas: una serie de trapos amarillos de cocina con trazos en hilo rosa –recordatorio de lo familiar que es el olvido– y una chaqueta verde militar que narra, también en hilo rosa, un fragmento de la violenta historia del país que los padres de la artista vivieron muy de cerca. Por otro lado, están los vestigios materiales de varias acciones performáticas llevadas a cabo por Jenny: ladrillos rotos que antes estuvieron atados a sus pies durante un doloroso camino hacia el pasado, y el registro fotográfico de un tatuaje que la artista hizo sobre la piel de un amigo quien prestó su cuerpo como superficie para reelaborar estéticamente la herida de su hermano perdido en el conflicto. Y, por último, una serie de videos muestran cómo la artista se aproxima a la naturaleza y a lo político valiéndose de elementos tan disímiles como un banano o el fuego.
La elección de cada uno de estos medios implica una intención. La convergencia entre el tatuaje y el bordado no es una simple coincidencia formal delineada por las agujas que se utilizan en ambas técnicas. Como en el exquisito cuento “Bordado” del brasileño Rubem Fonseca, tatuar es una forma de bordar sobre la piel y bordar es un recordatorio de que el textil es también una segunda piel sobre la cual trazamos rastros de nuestra identidad. La artista borda sobre los trapos de lo cotidiano y reescribe la historia sobre los trapos de otras guerras; la artista quema y sofoca, la artista pela y desafía; la artista tatúa cráneos de hermanos que se pudren en fosas comunes y tatúa sobre su piel la frase “Made it Vietnam”, una alusión al referente principal de las guerrillas latinoamericanas: ese país que desde el monte venció a los gringos abriendo una herida que no ha podido cicatrizar ni con todas las agujas de Hollywood.
Los ladrillos, el fuego y el banano, protagonistas de los otros dos ejes, son igualmente premeditados. Los primeros son la célula de construcción con la cual se edifica la frontera entre lo público y lo privado; el fuego es la guerra viva y el humo su vestigio oscuro y asfixiante; el banano, fálico y tropical, es para Jenny el cruce entre el patriarcado y el colonialismo, entre el machismo y las Bananeras, dos formas de una misma violencia.
Tres ejes recorren la exposición: la historia, la memoria y el olvido. Este último, aparente antítesis de los dos primeros, es en realidad un statement político por parte de la creadora. Para ella la violencia tiene una fuerte carga personal que la libera de retóricas planteadas desde la comodidad de la distancia: aquellos que ven la memoria como “un ejercicio”, como un “pretexto narrativo” o como “una línea de trabajo social” con frecuencia no han vivido de cerca las experiencias que intentan preservar. En el caso de Jenny Toro, la memoria es una urgencia, el conocimiento de la historia constituye una forma de empoderamiento y el olvido no se contrapone a ellas; “se trata de un olvido necesario: de la necesidad de darle vuelta a la página, de olvidar para poder seguir viviendo”.


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